HONRARÁS A TUS MUERTOS

El escritor reflexiona sobre la muerte y la virtualidad. Los ritos funerarios, antes de la órbita privada, se han convertido en una prolongación más de la gigantesca marea digital que acabará por anegarlo todo.

Escribe / Gustavo Colorado Grisales. Ilustra / Stella Maris

Internet es pródiga  en autorreferencias.  De hecho, en si misma la red es un juego de espejos que multiplican las imágenes  hasta el infinito, formando una trama cuya principal característica es la fragmentación.

pixelación, para usar el lenguaje digital.

En uno de esos espejos leo que la transmisión de funerales durante  la pandemia de Covid -19 a través de medios como Facebook live  y Youtube se incrementó  mes tras mes desde que los rituales de  velación y  entierros desaparecieron al ritmo del miedo y de las restricciones impuestas por la emergencia .

Y, claro, los visitantes pulsan el inefable Megusta, esa suerte de santo y seña de los tiempos utilizado de forma indistinta para calificar tanto las cosas buenas  como las malas.

Desconozco  si esos visitantes obedecen a una suerte de solidaridad a distancia,  o si son movidos por  el viejo y conocido impulso humano de arremolinarse en  la calle alrededor de quien acaba de morir atropellado por un automóvil, acribillado a tiros o fulminado por un infarto.

Ustedes ya saben:  asomarse  al abismo de la muerte y experimentar el repentino goce de  comprobar que el  difunto no es uno. Todos conocemos ese instante de dicha suprema y egoísta que nos hace tan humanos. La muerte ajena como un espectáculo propio de los dioses olímpicos.

Sólo que ahora se ha trasladado al reino de la virtualidad.

A lo mejor eso explica el aumento de las visitas  virtuales a ceremonias fúnebres durante la pandemia: la certeza de nuestra finitud, lo más inapelable y acaso lo más importante que nos sucede en el breve tránsito por la tierra,  convertido en  algo distante, impersonal, etéreo y acaso inexistente. Dije lo más importante, pero es más preciso decir: lo único importante. Lo que cierra el círculo y le da sentido a la vida. Lo demás son anécdotas, hermosas o terribles, pero anécdotas al fin y al cabo.

La muerte como  ilusión plantea así su contrapartida: la vida es, entonces, otra ilusión.  Y , miren por dónde, estaríamos ante la demostración de las viejas intuiciones de los sabios budistas. Internet como recurso para descorrer el velo de Maya.

Pero estamos lejos de  alcanzar ese reino de silencio sugerido por los sabios de oriente. En nuestro caso es al revés : si hay algo que nos agobia en la red,  es la perorata eterna de quienes han decidido desconectar la mente y dejarlo todo en manos de otra palabra mágica: ¡Click! . No por casualidad hemos acuñado el verbo cliquear para referirnos a lo fácil que es unirse al coro. Es cuestión de segundos, resulta  barato y, lo más importante, no tenemos que asumir responsabilidad alguna, porque siempre podemos  escondernos detrás de un avatar, otra palabra heredada en parte del lenguaje budista.

¿Los asistentes  a los funerales  en la red serán reales o son avatares creados por una mente  traviesa cuyo objetivo es conseguir que los dolientes se sientan acompañados? Por lo que sabemos,  los políticos y los expertos en mercadeo ya han dado pasos de  gigante a la hora de crear audiencias imaginarias cuya principal  conquista consiste en convencer a  los consumidores de  que se encuentran frente a un producto de propiedades milagrosas, dado que lo avala tanta gente.

Siempre he pensado que el único homenaje  respetuoso que se le puede hacer al difunto y  a quienes lo querían es el silencio.  Si la muerte es inexorable ¿para qué explayarse en verborreas inútiles?

Pero, de nuevo, los humanos transitamos en otra dirección. La muerte ajena suele desencadenar una absurda sucesión de palabrería plagada de lugares comunes, que agobia en lugar de sanar. Incluso los que detestaban y envidiaban al finado- o mejor, lo  odiaban porque codiciaban sus bienes y logros- son presa del paroxismo y sólo hallan virtudes donde  antes  veían lacras. Certero como es, el lenguaje de la calle acuñó una frase  para referirse a esa  paradoja: “ No hay muerto malo”.

En tiempos de redes sociales, el fenómeno se ha multiplicado. Muchos de quienes soltaban por aquí y allá su dosis  diaria de veneno se convierten de un momento a otro en amigos entrañables del finado. La lista de lugares comunes puede hacerse interminable: “amigo del alma”, “pérdida irreparable”, “nunca te olvidaremos, “vacío infinito”, “hermano incomparable”, “dechado de virtudes”, “ser humano insustituible” –como si pudiera ser de otra manera-.

Para variar,  hasta en esas circunstancias los campeones de la corrección política encuentran un atajo para salir del apuro: “ Mi dolor es tan hondo que no tengo palabras para expresar lo que siento”, escriben y dan ¡Click!

Si hemos de ser justos, debemos reconocer que esas maneras han estado siempre allí. Sólo que los viejos y reducidos libros de visitas que la gente firmaba en las funerarias antes de  escapar  a toda prisa ahora se hicieron públicos y masivos. Qué le hacemos: es una de las características de los tiempos.

El único consuelo lo brinda la certeza de que, en menos de una semana,  tanta agitación será olvidada y sustituida por algún otro evento capaz de suscitar atención: el paso de Messi al París Saint Germain, el embarazo de una actriz, la avanzada de un nuevo virus de tintes bíblicos o las declaraciones de un político, no importa cuál ni a propósito de qué. Sólo entonces, el difunto podrá descansar en paz y nosotros entender el sentido de aquella  dosis de lucidez consignada en los libros del Chilam Balam y, de paso, honrar por fin a nuestros muertos:

Toda luna, todo año,

todo día, todo viento

camina y pasa también.

 también, toda sangre llega

al lugar de su quietud.