GloriaOjalá valores como la sumisión, la obediencia, el temor a las figuras de poder, la decencia y el pudor femenino, el amor heterosexual, el matrimonio falsamente monogámico, la familia patriarcal y otros tantos esperpentos, se quebraran y fueran reemplazados por otros que no lesionaran la dignidad de los seres.

Por: Gloria Inés Escobar Toro

Cuando escucho los discursos sobre la decadencia de nuestra sociedad y las cantaletas acerca de lo mal que anda la juventud, no puedo evitar traer a mi mente el recuerdo de la excelente novela histórica Sinuhé, el egipcio, del escritor finlandés Mika Waltari, en la que se hace una descripción del estilo de vida del Egipto de aproximadamente 4.000 años atrás. Recuerdo perfectamente la impresión que me causó leer algunos de sus párrafos pues inmediatamente me sentí transportada a la época actual. Las quejas y reclamos que en el libro se relataban sobre el menoscabo de la sociedad y lo perdida que andaba la juventud egipcia de aquella época, podían aplicarse perfectamente a nuestros tiempos; lo que allí se mencionada no difería en mucho de los llamados de hoy. Una de las reflexiones que en ese entonces me generó el libro fue que la sociedad, los seres humanos, no han cambiado mucho en su contenido, sí en su forma.

Que en un espacio tan diferente y en un tiempo tan lejano encontrara ecos de las voces que hoy se escuchan fue toda una confirmación de mi sospecha acerca de la “edad avanzada” de los valores que la sociedad, en voz de los Ordoñez, Bush y otros fundamentalistas laicos y cristianos que existen en todas las culturas, se defienden a capa y espada.

Y claro, pensándolo bien, este hecho no tiene nada de sorprendente porque la mayoría de comunidades humanas antiguas y contemporáneas, excepto tal vez aquellas en las que el “desarrollo” no ha llegado, comparten valores muy similares: el respeto irrestricto de los hijos hacia a los padres; la sumisión de la mujer frente a su marido; la devoción de la feligreses hacia la iglesia; el temor a dios, cualquiera sea su nombre; la decencia y el pudor de las mujeres; el amor heterosexual y el matrimonio; la familia patriarcal; la obediencia hacia la autoridad y otra muchas “buenas costumbres”.

Estos valores se comparten con pequeñas variantes y matices de acuerdo a la mayor o menor laxitud con que se exijan, en la mayoría de culturas, no por casualidad sino porque todas ellas a pesar de sus diferencias tienen una estructura socio-económica basada en la desigualdad de los seres humanos. De este modo lo que desde una perspectiva moralista se llaman “males” de la sociedad, han existido desde que los seres humanos fueron obligados a segregarse y dividirse en nombre de mandatos divinos, “deficiencias” de natura o “lógicas” provenientes del razonamiento humano.

Los valores por tanto, se corresponden y son creados para sostener y legitimar esa espina dorsal de la sociedad que es la estructura económica. Son los facilitadores y los garantes para que dicha estructura permanezca y se solidifique. De allí que los “males” de la sociedad no residen en sus valores o en la pérdida de ellos sino en la estructura que les dio vida. Los valores son solo la “carne” del esqueleto que la sostiene y que permanece oculto sino se lo devela. Si la estructura es deforme, pútrida y corrupta, la piel que la envuelve lo es de igual manera. Por ello, echarle la culpa de la degradación de la sociedad a la pérdida de valores es simplista y errado. La sociedad en la que vivimos, que efectivamente no es realmente ejemplo de un buen y sano vivir, está descompuesta porque la manera como se ha organizado en su producción es injusta, desigual, violenta y perversa.

Pero ni esta es la única manera como una comunidad humana puede organizarse ni estos los únicos valores posibles, ni por supuesto, los mejores.

La forma en la que malvivimos desde que aparecieron en la historia de la humanidad, la propiedad privada y la división de los seres humanos en múltiples categorías, es entonces una consecuencia lógica de tales engendros. La sociedad que padecemos hoy, refinación de esos primeros tiempos de oscuridad, es hechura humana, por lo tanto dicho malvivir no es algo inevitable e inmodificable, al contrario, al ser el resultado de la acción y voluntad humanas, puede derribarse, con lo cual se irían a pique, ahí sí, los valores que algunos gritan estamos perdiendo y por ello, yendo hacia al despeñadero.

Los clamados valores que nos acompañan están haciendo agua, están mostrando la camisa de fuerza que son, la impostura que significan; son la evidencia de que el modelo económico en el que vivimos no resiste incólume el avance del tiempo, son el indicador de las fallas estructurales de una arquitectura que desde el comienzo nació coja y maltrecha.

Ojalá valores como la sumisión, la obediencia, el temor a las figuras de poder, la decencia y el pudor femeninos, el amor heterosexual, el matrimonio falsamente monogámico, la familia patriarcal y otros tantos esperpentos, se quebraran y fueran reemplazados por otros que no lesionaran la dignidad de los seres, no impusieran una única manera de relaciones afectivas y no exigieran el sacrificio de unos –muchos- para el beneficio de otros –pocos-. Pero esto no es posible mientras que la columna que los sostiene siga en pie.

No nos hagamos ilusiones, los guardianes del sistema y sus valores no van a cejar en su esfuerzo por recomponer su estructura, por dar una cara nueva a sus normas morales así para ello tengan que echar mano de las técnicas más onerosas de maquillaje, a los trucos más inverosímiles, a los engaños más sofisticados, como una forma de reciclar a la usanza moderna los vetustos valores que les son tan cercanos a sus afectos y necesarios a sus propósitos. Pero que los dueños del mundo tampoco se engañen, cada vez más aumenta el número de quienes se rehúsan a vivir bajo una moral única y favorable al poder que por mucho que se camufle no puede esconder la vergüenza de su origen.