GUSTAVOCOLORADOSi tuvieran la lucidez y la capacidad para burlarse de sí mismos no  se verían involucrados en situaciones tan patéticas  y no tendrían que salir a rectificar cuando les llueven los cuestionamientos.

Por: Gustavo Colorado

Como buenos hijos de un país de gramáticos, al final rectificaron: “quisimos decir otra cosa, el propósito del proyecto no es ese, el texto resultó mal redactado”. En resumen, el  ponente de  la iniciativa  liderada por los congresistas  Juan Manuel Campo Eljach, Diego Alberto Naranjo Escobar y Augusto Posada negó que la idea contemplada en el proyecto de ley 001 de 2012 tuviera entre sus objetivos imponer alguna forma de censura o prohibición al ejercicio de la parodia o imitación de personajes públicos como forma de expresión política y artística.

Pero los temores quedaron en el aire. Después de todo habitamos un país donde cada cierto tiempo algún vocero de la caverna más oscura  sugiere la posibilidad de revivir el delito de opinión como mecanismo de control de las conciencias críticas y con él las distintas expresiones  de ese  liberador ejercicio de salud mental y social que es el humor, desde las caricaturas hasta los más lúcidos aforismos.

Ustedes conocen la escena. “¿Acaso no sabe quién soy yo?”, le grita el político, el empresario, la actriz, el músico o el deportista célebre al representante de la autoridad cuando lo sorprende  en alguna irregularidad o a sus  colaboradores cuando no lo atienden con la reverencia que cree merecer. Todos ellos padecen de un mal peligroso: carecen del sentido del humor y la ironía.  Por eso se toman demasiado en serio a sí mismos. En otras palabras, olvidan su frágil condición mortal, su carácter de briznas susceptibles de ser borradas por el más leve temblor del aire.

Cuando esa condición es puesta a prueba por la sátira, la parodia, el sarcasmo, la ironía o alguna otra forma de humor,  algunos poderosos montan en cólera, ordenan una leva… o radican un proyecto de ley  para prohibirlas. Poseídos por esos raptos olvidan algo muy sencillo: si tuvieran la lucidez y la capacidad para burlarse de sí mismos no se verían involucrados en situaciones tan patéticas y no tendrían que salir a rectificar cuando les llueven los cuestionamientos. Al fin y al cabo, el buen humor, el fino humor es hijo inevitable de la inteligencia.

Proscribir la risa siempre ha sido una tentación para los regímenes totalitarios. Si a algo le teme el poder absoluto en este mundo es a la  capacidad de la irreverencia para corroer sus pedestales, para poner en duda la misma lógica de sus designios. Alguien empecinado en mostrar nuestras debilidades y contradicciones resulta siempre peligroso. Por eso individuos como Mao, Stalin, Hitler o Franco, que reemplazaron la risa clara por una sonrisa velada diseñada en los talleres del infierno. persiguieron con especial saña a los humoristas, a esos tipos capaces de desbaratar toda pompa y solemnidad con el más leve guiño, recordándole de paso a la  grey que el emperador está desnudo.

Hace más de una década, el entonces presidente Andrés Pastrana sufría una pataleta cada vez que los humoristas del programa radial La Luciérnaga la tomaban con sus yerros. Fue tanta la  presión ejercida, que en un acto de servilismo -de pragmatismo empresarial, dijeron algunos- la cadena radial Caracol acabó plegándose a los deseos del mandatario. El hecho le costó el cargo al periodista Edgar Artunduaga, encargado de  disparar los más agudos dardos.  Pero el tiempo acabó dándoles la razón a los libretistas: la política contemporánea   tiene muchas cosas en común con el  circo como para que alguien en su sano juicio se la tome en serio. “Si no fueran tan temibles nos darían risa/ si no fueran tan dañinos nos darían lástima”, canta el poeta catalán Joan Manuel Serrat en uno  esos versos suyos  sembrados de ironía. Esa ironía imprescindible para  sobrevivir en medio del cinismo y la desfachatez que rondan hoy el ejercicio de lo público en todas partes.

Allá por el año 423 antes de Cristo, el comediógrafo Aristófanes  se vio envuelto en líos con los emisarios del poder. Consideraban riesgosa esa socarrona mirada suya sobre los asuntos revestidos de  solemnidad, empezando por los razonamientos de Sócrates. Siglos después les sucedería a escritores del talante de Jonathan Swifft o Ambroce Bierce. En esa  feria de las vanidades llamada Hollywood, Groucho Marx padeció lo suyo por su negativa a tomarse en serio a los integrantes del Panteón. De modo que nada tiene de original la iniciativa de los  legisladores colombianos, aunque hayan podido rectificar a tiempo, alertados tal vez por la oleada de risas que se les echó encima.