IAN LOPEZ (NOV 2013)Para el padre de familia funciona así: matricula al hijo en un buen colegio, le compra los útiles, le paga una suscripción de por vida a las loncheras de Ramo y Yupi, trabaja fuertemente para producir el dinero que se le va tan fácil, y termina su labor: lo demás es cosa de mujeres y del colegio…

Por Ian Lopez

Mi mito urbano favorito es que el proceso educativo y formativo de las personas es responsabilidad única de la academia: primero el preescolar, luego la escuela, más tarde el colegio y, quizá después, la universidad. El descuido de algunos padres de familia frente a la formación de sus hijos es tal, que su labor pareciese hubiese finalizado en el momento del parto, con una pequeña cláusula de alimentación y manutención a término fijo y, así, así cualquiera tiene hijos, porque en caso de que alguno le salga mal, le puede echar la culpa al sistema, y eso es profundamente cómodo.

Para aquellos padres que aún no lo sepan, sea por descuido o desconocimiento, los seres humanos desarrollamos nuestras capacidades físicas, fundamentalmente por el proceso de imitación que empezamos desde una temprana época del desarrollo; y entre sus aprendizajes fundamentales están: las primeras palabras que almacenamos en nuestra mente, los primeros fonemas que balbucearemos, la estructura sintáctica de las primeras frases –para diversión de todos; menos nuestra–,  y el desarrollo como seres humanos miembros de una comunidad, es decir, si acatamos o no las normas establecidas en el contrato social, tales como no robar, no mentir, no estafar y no matar; pero también nuestra forma de reacción frente a la interacción con el entorno: los puños, los insultos, los empujones, la lucha incesante por vencer, por ser el primero, por ganar, la competencia desleal, el engaño y la traición.

Resumiendo, los primeros malos vicios, actitudes, recelos, resabios y hasta malas costumbres que tiene el menor, las aprendió en el hogar, en la charla con los grandes, en el querer que el niño despierte, en las conversaciones subidas de tono que se tienen en torno a unos buenos whiskeys, en las peleas entre sus padres frente a él, etc. Lo mismo sucede con el comportamiento corporal, la expresividad, o carencia, de afecto, y su capacidad de generar lazos de amistad y confianza con alguien más. Y todo esto, damas y caballeros, niños y niñas, lo conservamos, casi intacto, durante toda nuestra vida, amoldándolo suavemente a las necesidades del paso del tiempo; pero, casi siempre, marcado por una tendencia: descuido y negligencia en el hogar.

Para el padre de familia funciona así: matricula al hijo en un buen colegio, le compra los útiles, le paga una suscripción de por vida a las loncheras de Ramo y Yupi, trabaja fuertemente para producir el dinero que se le va tan fácil, y termina su labor: lo demás es cosa de mujeres y del colegio, al fin que bien caro que sí sale; pero se le está escapando que ese hijo aprende también de los errores y los vicios con que lo deleitan, que si no hay alguien que le revise su proceso, que se muestre interesado por sus logros y que lo regañe por sus errores, se va a relajar más: él, sin su ayuda, no entiende que tiene responsabilidades.

Hay algo que se ha repetido mucho entre las personas; pero que no se ha hecho nada positivo al respecto, todos al escuchar la frase hacemos cara de “estoy reflexionando”, y la dejamos pasar de nuevo: la primera educación viene desde el hogar (tómense un segundo para reflexionar acerca de la frase, si se pueden pasar la mano por la barbilla sería perfecto. Eso, muy bien).

Con eso que usted y su familia le dan al menor, éste llega a la escuela, y todos tranquilos porque allá lo están puliendo para el futuro, allá lo están haciendo una mejor persona, allá lo tienen que arreglar, a esos precios más vale que nos den uno nuevo a final de año. Y los padres pretenden que en el aula de clase se corrijan cosas que deben establecerse desde el hogar, por simple responsabilidad social, como el respeto por el que habla, el acatamiento de las instrucciones, el aseo personal y la interacción con el otro.

Y que no haya confusión, si los que ya tienen el hijo más grande se sienten fuera de esto: menos. Muy probablemente, a causa del comportamiento repetitivo y la alcahuetería por parte de ustedes, han creado vicios de por vida en ellos, como lo son: la pereza, el facilismo, la mentira, el irrespeto, etc, cosas por las cuales, quizá después, tendrá  que castigarle -y no le digo que no lo haga, ya esas son medidas de contingencia contra la crisis-.

Pero, ¿qué hacer? Si bien nunca es tarde para embarrarla, tampoco lo es para arreglarla, como dice mi santa madre: “¡Apriétele la rienda!”.

Para este momento, seguro algunos habrán determinado no volverme a dirigir la palabra, alejar a sus hijos de mis ideas y mandarme extraditar; pero quiero hacer salvedad en algo: hay padres muy buenos, hay padres regulares, que solo necesitan corregir un asuntico en su proceso de crianza; pero también los hay que caen en todas las acusaciones que aquí les mando. Y este párrafo, como Pilatos: para lavarme las manos con los inocentes.

No digo que para los padres sea fácil, pero si ya tiene el hijo, ya hay que sacarlo adelante, ¿Qué más va a hacer? Piénselo de esta manera: probablemente ya es muy tarde para abandonarlo en un moisés cerca al convento, y un hijo bien educado y formado va a ser una persona productiva en el futuro, así que: ¿Pretende usted vivir algún día de su hijo o pretende que su hijo viva siempre de usted? Y si sienten que para ustedes es difícil, imagínense lo valiosa que es la labor de un maestro, que en un aula de clase se enfrenta al genio, la disposición y las malas costumbres y muchas otras cosas más, de 30 o más niños. Pero esto ustedes ya lo saben, la información más reciente que se menciona en este artículo es Indiana Jones, y para el momento que salió su primera película, a mí aún no me dejaban ir a cine, más que nada porque mis papás aún no me habían gestado.

Para quienes ya no recuerdan, porque su infancia fue hace mucho tiempo, yo se los recuerdo, que no soy tan joven; pero como pescado seco y lleno crucigramas para mantener la memoria: hay tres cosas que uno como hijo nunca perdona: que no le den la barbie o el carrito que pidió de aguinaldo un diciembre, que de pequeño le den la carne más grande a sus hermanos mayores y/o a su papá, y que no le presten la atención que requiere. Y hablo de todos los campos: que se interesen por sus logros y fracasos, que compartan tiempo con él y lo premien a la par que lo castigan, que le enseñen cosas interesantes y otras que no tanto; pero todo encaminado a moldearlo a uno mejor.

Por otro lado, si usted, como joven, ya se dio cuenta que lo hecho, hecho está, pare la cabeza y empiece a buscar salida del pantano, porque, para bien o para mal, usted ya está en el mundo y tiene que superarse para algún día educar mejor a sus hijos, o para dañarlos mejor, como bien le parezca. Pero sobre todo, deje de culpar a su papá y a su mamá de sus errores, deje la actitud de rebeldía y bipolaridad -que su nombre científico es adolescencia-, y ubíquese en el planeta que algún día usted será ese adulto responsable, o irresponsable, que lo mantiene, lo mantuvo, lo retuvo o mandó, por entre un tubo.

PD: Ningún docente murió en las torturas infligidas durante semanas para extraer estos pensamientos, muy comunes, entre el profesorado de múltiples colegios; sin embargo, los mártires, se reservan el derecho al anonimato.