Así, en una misma bolsa mezclan un festival de teatro, el menú de un restaurante, un canal de televisión y un poderoso equipo de fútbol como el Atlético Nacional. Un detalle: este club factura más que todas las actividades artísticas y culturales juntas.

Por: Gustavo Colorado Grisales

Leí en la sección Hacienda del diario económico La República el siguiente titular: Economía Naranja mueve hasta $ 18 billones anuales.

Esa es una cifra considerable.

Solo que debe ser desglosada, con el fin de comprender su impacto en un sector específico: el del arte y la cultura.

Porque nos han vendido la idea de que el concepto de economía naranja se refiere solo a estos últimos.

Y eso crea de entrada una confusión estadística y de conceptos.

Para empezar, todavía no tenemos claro el significado de esa etiqueta, promovida a nivel global desde hace más de diez años.

En el Tercer Mundo somos proclives a imitar conductas y programas diseñados desde los grandes centros de poder político, social, económico cultural o académico.

Por eso, a menudo nos comportamos al modo de los cardúmenes que siguen –en masa y a ciegas– a un líder o gurú, sin tener idea de su lugar de destino.

Esa misma fe ciega nos impide someter los discursos y teorías a cuestionamientos que permitan identificar su validez en un contexto y en un tiempo determinado.

Igual que si se tratara de una nueva moda de vestidos, consumimos y desechamos ideas sin que nos dejen provecho alguno. En el campo de la administración pública y privada se despilfarran millones en la contratación de expertos y en el pago de propiedad intelectual por fórmulas que en muchos casos no funcionaron ni siquiera en sus sitios de origen.

Sucedió con la Revolución Francesa, que en nuestro continente adquirió muchas veces tintes de esperpento.

Pasó con el intento de trasplantar el modelo norteamericano de democracia, concebido como escenario de participación política a partir de igualdad de oportunidades económicas.

Solo que nosotros omitimos este último detalle y ya vemos cómo nos va.

Podríamos seguir enumerando y siempre llegaremos a la misma conclusión: nos volvimos expertos en injertar tejidos ajenos en nuestro cuerpo, sin fijarnos en su capacidad de asimilación.

Y todo con la excusa de que la globalización es ineludible.

Esto es cierto, pero su buena aplicación debe estar precedida por la pregunta acerca de su pertinencia y sus beneficios.

De lo contrario, los efectos no solo son impredecibles: pueden llegar a ser devastadores.

Eso es lo que sucede hoy en Colombia con la Economía Naranja, que ya tiene visos de fiebre.

La expresión visible de esta última son las Industrias Culturales.

“¡El Muro de Berlín cayó en 1989! ¡El socialismo es cosa de mamertos! ¡Es la hora del mercado y de las Industrias Culturales! Le escuché decir a un exaltado director de teatro.

Por lo visto, al hombre no le interesaba fijarse en su propia contradicción: dedica buena parte de su tiempo a gestionar recursos del Estado, según lo establecido en la Constitución de 1991, que define a la cultura como la base de la nacionalidad.

Como llevo oyendo distintas versiones de esa idea desde que el profesor Fukuyama proclamó su célebre evangelio de El fin de la Historia, me concentré en seguir algunas pistas, escudriñando por igual en fuentes documentales y testimoniales.

Los resultados no fueron muy alentadores.

Por ejemplo, la noción de Economía Naranja no solo alude a la cultura y el arte, sino a la infinita gama del entretenimiento en general.

Así, en una misma bolsa mezclan un festival de teatro, el menú de un restaurante, un canal de televisión y un poderoso equipo de fútbol como el Atlético Nacional.

Un detalle: este club factura más que todas las actividades artísticas y culturales juntas.

Por eso es mejor andarse con ojo de águila.

Y esto implica no desconectar lo cultural del ámbito político.

En Europa, donde muchas políticas culturales siguen forjándose al amparo de la socialdemocracia, Estados como el francés subsidian a los artistas o agrupaciones locales o extranjeras que acrediten un mínimo de treinta y dos presentaciones públicas al año.

Los Estados Unidos en cambio, fieles a su política del dejar hacer, lo ponen todo en manos del mercado y sus inciertas leyes.

Siguiendo lo trazado en la Constitución, en Colombia se le asignan responsabilidades al Estado y a los gobiernos en el orden local, regional y nacional.

Y en este punto afloran grandes contradicciones y riesgos.

El supuesto florecimiento de las Industrias Culturales en Colombia puede darles argumentos a los técnicos para recortar recursos, amparándose en pretextos como la crisis y la austeridad.

Eso dejaría sin aire a un amplio sector de la cultura.

Para ilustrarlo va un dato: en Pereira, producir una obra teatral de calidad demanda –como mínimo– unos cien millones de pesos (USD$ 33.300) de inversión inicial.

A escala internacional esa cifra puede parecer exigua. Pero para muchas agrupaciones recuperar esa suma puede representar un calvario, cuando no un imposible.

Es en ese momento cuando cobran importancia las políticas y los recursos del Estado.

Es decir, la otra cara de la Economía Naranja.

El lenguaje nunca es inocente ni gratuito.

Por eso, resulta necesario revisar- y repensar- esos modelos antes de injertarlos en nuestra vida cotidiana.

No vaya a ser que el organismo produzca sus propios anticuerpos y –revalidando el viejo refrán–   corramos el riesgo de hacer del remedio algo peor que la enfermedad.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

 https://www.youtube.com/watch?v=RhA32xzHc5o