Tampoco se trata de aspirar a ser una nueva Cuba, o a unirnos con un cordón umbilical al fracaso del modelo venezolano, no, se trata de entender el equilibrio que debe primar entre la economía de mercado, los impuestos a los más ricos, las ayudas a los más pobres

 Por: Miguel Ángel Rubio Ospina

En medio del estruendo que pueden generar las balas, los asaltos a poblaciones pobres y el terror, han iniciado los diálogos de paz en La Habana. Estos buscan poner fin a casi 60 años de conflicto interno en Colombia y convertir a las FARC, después de casi 50 años, en una fuerza política con incidencia democrática en la nación.

La lectura que han venido haciendo los medios sobre este tema es de modo claro cuestionable, pues  de manera abierta y franca han dado mayor eco a voces disidentes que no quieren diálogos de paz, y solo soslayadamente propician mediocres debates entre los que sí creen que los diálogos de la Habana en este intento, sean una forma de conseguir la resolución del conflicto armado (la paz viene después)

El problema, entonces, tiene que ver con el discurso de Márquez, vocero de las FARC,  y la respuesta de De la Calle, vocero del equipo negociador del Gobierno (que no del país), en la instalación de la mesa en Oslo. Quienes saben de resolución de conflictos entienden que estos, a veces, se logran entre balas y muertos, por duro, cruel y difícil que pueda sonar; quienes entienden de la guerra saben siempre, que la otra arma, a la que tanto temen y a la que tanto huyen, la de los diálogos, la de las conversaciones y los debates, son a la larga la más clara muestra de inteligencia y cordura. Son los diálogos lo único que suena más duro que una metralleta, aun cuando su sonido es más suave, pero ante todo, los diálogos (no negociaciones) son la brecha abierta con argumento, no con fusiles, de un camino hacia la paz que hoy está lleno de maleza.

Lo complejo es el discurso de Márquez, a pesar de todo, aun cuando las FARC estén equivocadas en su forma (el problema no son las armas, eso lo sabemos, el problema es contra quiénes las usan), aun cuando la barbarie se recrudece, aun cuando las víctimas no acaban de hacer sus duelos y amainar sus rencores, aun cuando no aprendemos a perdonar y mucho menos a reconciliarnos, aun cuando todo eso, hay que decirlo con franqueza, las FARC, tienen razón en sus reclamos. Tienen razón en la agenda que le proponen al país. Hoy Colombia, esta ad portas de una debacle ambiental en muy pocos años que sufriremos todos, sin distinción de clases, razas, o nivel socioeconómico, en eso la naturaleza no se fija. Es el medio ambiente su protección y cuidado, lo que está en juego en el mundo, las economías que le apuestan a una armonía ambiental hoy son las más estables del planeta.  Cito textualmente algunas de las consideraciones de Márquez y las FARC al respecto:

No se puede encadenar este proceso a una política enfocada exclusivamente en la obtención desaforada de ganancias para unos pocos capitalistas a los que no les importa para nada la pobreza que abate al 70% de la población. Ellos sólo piensan en el incremento de su botín, no en la reducción de la miseria. Más de 30 millones de colombianos viven en la pobreza, 12 millones en la indigencia, el 50% de la población económicamente activa, agoniza entre el desempleo y el subempleo, casi 6 millones de campesinos deambulan por las calles víctimas del desplazamiento forzoso. De 114 millones de hectáreas que tiene el país, 38 están asignadas a la exploración petrolera, 11 millones a la minería, de las 750 mil hectáreas en explotación forestal se proyecta pasar a 12 millones. La ganadería extensiva ocupa 39.2 millones. El área cultivable es de 21.5 millones de hectáreas, pero solamente 4.7 millones de ellas están dedicadas a la agricultura, guarismo en decadencia porque ya el país importa 10 millones de toneladas de alimentos al año. Más de la mitad del territorio colombiano está en función de los intereses de una economía de enclave.

 Esto solo es una parte del extenso y muy sentido discurso de Márquez en Oslo, claro que este también tiene chapuzones de retórica bolivariana, de retórica marxista y de mamertada universitaria, pero el trasfondo, si vemos más allá de la forma y la rimbombancia discursiva,  es certero y letal.

 No quiere decir esto que dejemos de lado la violencia, que esta fuerza combatiente sea ahora válida. Su accionar es erróneo hoy, cuando es evidente, que el debate sobre el narcotráfico del que se lucran no les interesa ponerlo sobre la mesa, cuando saben que la ley de tierras que tanto atacan no les convendría, por que perderían lo que han arrebatado a fusil y minas antipersonal, cuando saben que es la coca la columna vertebral financiera e ideológica  de los  últimos 25 años de conflicto. Fueron no solo los paramilitares los únicos herederos de las hectáreas de los narcos de los ochentas y noventas, desde el M-19, las guerrillas han estado aliadas con las mafias y los capos de la droga y hoy son quienes defienden rutas, siembran coca y controlan parte de un negocio redondo en ganancias tantas como las de Pacific Rubiales o cualquier minera de las que hoy explotan el territorio nacional.

 Entonces el gobierno, a pesar de todo, debe entender que sí está en discusión el modelo económico neoliberal y de mercados que hoy tenemos, un país como Colombia que tiene todas las posibilidades de sustentar suficientemente a su población de alimentos de sus propias tierras, hoy importa grandes cantidades de aalimentos que podrían perfectamente cultivarse aquí; Colombia puede estar también al borde una crisis alimentaria por desidia y voracidad de unos pocos.

 Tampoco se trata de aspirar a ser una nueva Cuba, o a unirnos con un  cordón umbilical al fracaso del modelo venezolano, no, se trata de entender el equilibrio que debe primar entre la economía de mercado, los impuestos a los más ricos, las ayudas a los más pobres y la industrialización estable del país. Salomon Kalmanovitz, quizá el más brillante economista colombiano, al respecto dice lo siguiente:

La desindustrialización que han vivido muchas economías que exportan petróleo y otros recursos valiosos no resulta de la aplicación deliberada de ningún modelo económico; es el efecto directo de una ley económica según la cual la renta que produce una bonanza exportadora hace que la moneda se revalúe, lo cual abarata las importaciones y hace menos rentables las exportaciones –de manera que baja la producción nacional de los bienes “transables”–. Es lo que se denomina “maldición de los recursos naturales”

Ahora, qué esperábamos en esta primer fase de diálogos sino una catarsis necesaria por parte de las FARC. Quienes querían un discurso moderado, pasaron por ingenuos. La cúpula guerrillera se ha manifestado, ha puesto sus cartas sobre la mesa, ha contado a la opinión pública cómo sueñan ellos desde el monte, desde las trincheras, desde los fusiles, el país. Lo otro es convencernos de que están en lo cierto. Ya el Estado con su línea dura de negociación ha respondido que solo se atiene a los cinco puntos acordados a priori, y eso está bien, es válida también su visión, al fin y al cabo es el gobierno que hemos elegido,  el pueblo será escuchado, se han prendido los motores, aún entre pelotones del ejército acompañando caravanas al Chocó, se han iniciado los diálogos a pesar de los trinos solitarios de Uribe; pero volveremos a Márquez, a pesar de todo, tarde que temprano.