CARLOS VICTORIALa ropa sucia de los ex presidentes no ha sido capaz de ser despercudida por cuenta de los detergentes mediáticos que le son fieles. La memoria de estas pugnacidades también refleja la fragilidad de unas instituciones incapaces de prodigar transparencia y publicidad, como lo dejó establecida la Constitución del 91.
Por: Carlos Victoria
“Es muy peligroso cuando las élites actúan públicamente  contradiciendo las bases de algún principio de su poder”. Traigo a colación esta frase de James Scott (1), a propósito de los señalamientos entre los expresidentes Pastrana y Uribe, contra Santos, en medio de la desmemoria que nos caracteriza. ¿Pero qué hay tras bambalinas?: ¿política propia de una república bananera o en realidad los vestigios de las rupturas decimonónicas a través de las cuales han coexistido las élites del poder en Colombia?
Volviendo a Scott todos sabemos que una cosa es lo que las élites gubernamentales mencionan en público y otra cosa muy  distinta lo que se debate en privado. Los Wikileaks para el caso colombiano, o al menos lo que  se filtró en la prensa nacional, dejó entrever la sumisión a los Estados Unidos de algunos de nuestros dirigentes. Vergonzosa, a pesar de la retórica contraria cuando han apelado a la defensa de la soberanía  y los “intereses de la patria”. Este y otros expedientes no desencriptados los desmienten.
Al actual presidente, por ejemplo, se le nota libreteado cada vez que sale a poner la cara en horario triple A: “Colombianos vamos por buen camino…”. La realidad de las cifras económicas y otras en diversos frentes demuestra todo lo contrario, pero hay  que contagiar de entusiasmo a un auditorio caviloso y menos proclive a la mentira. Y es justamente el juego de máscaras el que oculta no solo el embuste, sino también las pretensiones de los contradictores si es que  lo son en realidad. Peleas de comadres por puestos, escucho decir en los corrillos.
Todos sabemos que los epítetos de Pastrana contra Carrillo, el actual ministro del Interior, son tan ciertos como que su  purga en el exterior estuvo asociada a los desafueros que a nombre del Estado cometió en tiempos de Pablo Escobar, cuando el capo pasaba vacaciones forzosas en La Catedral. Como este y otros altos funcionarios su rabo de paja los ha hecho prisioneros en medio de la impunidad, el silencio, el olvido y el escepticismo ciudadano.
Otros dirán conmigo que se trata de una farsa, de un teatro democratero en víspera de la consumación de los acuerdos políticos en camino a las elecciones de 2014. Pero también hay quienes no subestiman el hecho y plantean que en el fondo se trata de la profundización de las contradicciones de unas élites políticas cada vez más fragmentadas por los acuerdos de paz en La Habana. La hipótesis no es descabellada.
Hartlyn (1993) nos recuerda que al interior del mismo partido liberal, tras el asesinato de  Jorge Eliecer Gaitán en 1948, mientras las facciones regionales apoyaban la guerra, la facción nacional quería la paz. El problema, desde entonces, es que quienes apelaron a la violencia hizo que la “pertenencia partidista y el enriquecimiento personal se confundieran”. Hoy, con algunos retoques, el hilo histórico se sostiene entre quienes con perfume apuestan por la perpetuación del conflicto, como los sectores de la extrema derecha aglutinados alrededor del Puro Centro, y las expresiones democráticas de la sociedad que apoyan una salida negociada al conflicto.
La ropa sucia de los ex presidentes no ha sido capaz de ser despercudida por cuenta de los detergentes mediáticos que le son fieles. La memoria de estas pugnacidades también refleja la fragilidad de unas instituciones incapaces de prodigar transparencia y publicidad, como lo dejó establecida la Constitución del 91. A cambio tenemos sórdidas declaraciones que le ponen sal a la herida, y de paso dejan abierta la tumba donde se han enterrado las “razones de Estado”, a través de la cual han pretendido gobernar.

No obstante, como lo dijo La Silla Vacía esta semana, lo que hay detrás del juego de máscaras es un malestar, por la repartición del botín burocrático y la ruptura de los acuerdos que en esa materia llevaron a Santos a la Presidencia a través de la Unidad Nacional. En conclusión: “están peleado por tripa”, como de modo eufemístico se afirma en los mentideros políticos. Pero la cosa no termina allí: en una de las fotos de la semana  aparecen  Santos y Petro desde la olla del Bronx en Bogotá. ¿Se les verá juntos el 9 de abril día de la marcha por la paz? Algo insólito hace unos años, pero es la política de alianzas y deslealtades las que están mediando la agenda electoral de 2014.

Veremos, entonces, que valdrá más: si la paz electorera o la paz con justicia social.
(1)  Los dominados y el arte de la resistencia