“¿Qué se hicieron las damas de antaño?”, se  pregunta el poeta francés Francois Villon en uno de sus versos más célebres. Parafraseando, idéntico interrogante nos planteamos los aficionados: ¿Qué se hizo la alegría de ayer?

 

Por / Gustavo Colorado Grisales

Como todos los actos de la vida, el fútbol es puesta en escena, representación que hacemos ante la mirada de los demás.

Sin ésta última no hay relato, testimonio. Y sin narración no hay vida. Sin testigos somos apenas fantasmas vagando en la mente de una divinidad autista.

Jorge Valdano, tan buena pluma como gran futbolista, lo expresa con claridad : “Sólo adquirí conciencia de la importancia  del gol mío que le dio el título a la Argentina  en el mundial de México 86, cuando -muchos años después- lo escuché narrado en la voz del legendario José María Morales”.

Y Valdano tiene razones de sobra para saberlo.

Presionadas por el monto de los irracionales salarios que les pagan a los deportistas de élite, así como por los contratos de publicidad y televisión, las  grandes ligas del mundo han decidido reiniciar de a poco sus calendarios con partidos a puerta cerrada.

Alemania fue la experiencia piloto.

No  muy convencido de las bondades de la medida, empecé a formularme preguntas : ¿Utilizarían  tapabocas los futbolistas?, ¿ no les generaría problemas para respirar?, ¿ cómo se las arreglarían para mantener el “distanciamiento social”?, ¿expulsaría el árbitro a quienes se saltaran las normas de bioseguridad?

Al final, fiel devoto como soy de ese juego que los argentinos elevaron a la categoría de experiencia mística, me senté frente al televisor. Transmitían el reinicio de la liga alemana.

Mi primera gran impresión la produjeron los rostros de  narradores y comentaristas: parecían una procesión de resucitados que se examinaban mutuamente y se congratulaban por estar de vuelta en el mundo.

Luego, las cámaras ampliaron el ángulo de mira y, de entrada, supe que algo andaba muy mal: esas tribunas vacías, sin banderines, sin tambores, sin camisetas, sin cánticos. A miles de kilómetros de distancia podía percibirse la perturbadora presencia de una ausencia.

La ausencia, el vacío dejado por la gente al morir. Era  como estar ante una de esas consolas donde los jóvenes “juegan fútbol” en sus aparatos digitales. Es fútbol pero no es.

Y luego, en el campo de juego, los futbolistas mirándose con desconfianza a la hora del saludo. Ni siquiera la nacionalidad común podía vencer la aprensión.

A lo mejor querían abrazarse y festejar el simple hecho de estar vivos, pero  tenían que dar buen ejemplo. Según reza un viejo tópico, el mundo  entero los miraba y estaban obligados  a un comportamiento modélico.

Lo peor llegó después. Promediando  el primer tiempo, una avanzada de argelinos, brasileños, cameruneses, colombianos, argentinos, congoleños y alemanes hilvanó una de esas jugadas que hacen delirar al más frío de los mortales. La maravilla en estado puro.

La pelota, claro, terminó en la red.

Pero la magia, si duró, no duró nada.

Siguiendo un impulso ancestral, el autor del gol corrió hacia la tribuna y, de repente, se frenó en seco. Su expresión de estupor lo dijo todo. Con seguridad, lo asustó el vacío, el silencio reinante, la legión de fantasmas levitando sobre las gradas.

Desconcertado, se volvió hacia sus compañeros, que a duras penas contenían las ganas  de abrazarlo y disolverse en  ese amasijo  de goce y sudor que tantos poetas y escritores amantes del fútbol han asociado al orgasmo.

Grave asunto: en estos días, el orgasmo es considerado cuestión de alto riesgo por la Organización Mundial de la Salud y por las dictaduras que hacen de las suyas durante la cuarentena.

Al final de su desamparo, el goleador apenas atinó a elevar su mirada al cielo,  sólo para descubrir que los dioses del juego lo habían abandonado para consagrarse a cuestiones más urgentes.

Ni siquiera la mano de Maradona acudió en su auxilio.

Era pues, un ritual muerto en el momento de nacer, como esas religiones reducidas a mero formalismo después de siglos de usos y abusos.

Algo así como sentarse a la mesa frente a un plato que alguna vez fue exquisito, pero que perdió todos sus aromas y sabores después de varios meses confinado en el congelador.

Sobra decir que no terminé de ver el partido.  Mi entusiasmo se esfumó. Era  el equivalente a participar en una fiesta sin música ni festejantes. Incluso los ritos funerarios precisan de público.

“¿Qué se hicieron las damas de antaño?”, se  pregunta el poeta francés Francois Villon en uno de sus versos más célebres. Parafraseando, idéntico interrogante nos planteamos los aficionados: ¿Qué se hizo la alegría de ayer?

Por algo, hasta hace apenas tres meses jugar a puerta cerrada era un castigo impuesto a los clubes por una falta grave.

Así que me niego a ver partidos a puerta cerrada. No quiero ser testigo del momento en que el pobre Messi, luego de  tejer una de esas jugadas suyas que rondan el milagro, se vuelva hacia la tribuna para descubrir que la arremetida de la covid -19 lo dejó abandonado en mitad de un juego fantasma.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada