Marchar el 21 de noviembre no es apoyar a ninguna corriente política, no es ser de izquierda, no es “desestabilizar el gobierno”, es un acto cívico, es ser parte de una protesta ciudadana que alza la voz en contra de lo que está mal.

 

Por: Camilo Andrés Delgado Gómez

La ejecución extrajudicial de un líder campesino que, se dijo falsamente, fue en medio de un enfrentamiento, y el caso de ocho niños –entre ellos una niña de solo 12 años–| también asesinados en una operación militar en la zona de San Vicente del Caguán el pasado 30 de agosto fueron las grandes revelaciones que hizo Roy Barreras en la sesión de la moción de censura el pasado martes 5 de noviembre.

Toda la culpa al respecto se la achacaron al entonces ministro de defensa Guillermo Botero (hoy, por fortuna, exministro), quien se excusó diciendo que se cumplieron las normas del Derecho Internacional Humanitario y que no se sabía de la presencia de los menores. Al menos esto último es falso pues el personero de Puerto Rico en inmediaciones a la zona del bombardeo, el alcalde de San Vicente del Caguán y la Defensoría del Pueblo habían informado sobre la presencia de niños en los campamentos guerrilleros por reclutamientos forzados, tal como informó La Silla Vacía.

Fue tanta la sorpresa que generó la revelación de estos hechos que incluso el (tambien por fortuna) expresidente Uribe, en tono de regaño, le exigió explicaciones a Botero hacia el final de la sesión de la moción de censura y, luego de la misma, tuvieron una conversación muy tensa de más de 20 minutos en la que, de seguro, el regaño continuó. Pero ¿realmente la culpa la tiene solo Botero?

Permítanme salir del tema un momento para responder a la pregunta. Cuando los alemanes nazis perdieron la guerra, algunos (o muchos, no hay certeza al respecto) de los altos mandos del Tercer Reich huyeron a Argentina. Uno de ellos, Adolf Eichmann, fue capturado en 1961 en este país suramericano y trasladado a Israel para ser juzgado por los crímenes de la guerra, específicamente por el holocausto.

Hannah Arendt, tal vez la teórica política más importante del siglo XX, como periodista del New Yorker fue enviada a cubrir el juicio de Eichmann y, como resultado, dos años después publicó un libro de nombre Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal en el que recopila los reportajes hechos. En el libro, como se ve al leer su subtítulo, introduce un término que en su momento generó mucha polémica, especialmente entre la comunidad judía, este es el de la “banalidad del mal”.

El término no quiere decir, como normalmente se interpreta, que el mal es banal, que no tiene importancia, sino que expresa que las acciones de un hombre como Eichmann, clave en el holocausto, no se debieron a que él fuera una persona mala, tampoco a que fuera un enfermo mental, ni a que tuviera una mente retorcida; realmente él era una persona normal que ayudó a matar a casi 12 millones de personas porque “era su trabajo”.

En todo caso, Eichmann cumplía su deber, obedecía órdenes y nunca quebrantó la ley, pero ¿eso lo exculpa? Desde luego que no. Con su término Arendt busca dar cuenta precisamente de eso, de que el sistema puede ser el malo, de que una persona común y corriente puede ocasionar las peores tragedias de la historia de la humanidad por seguir las lógicas y las órdenes de un sistema que permite y motiva estas. Pero la culpa no es solo del sistema, sino que también del individuo que por “hacer su trabajo” o por “cumplir órdenes” hace daño a personas iguales a él sin tan siquiera parar y sentarse a reflexionar sobre las consecuencias que sus actividades conllevan.

En últimas, el concepto de la “banalidad del mal”, que no ha sido del todo explorado y explotado, propone la necesidad y abre la posibilidad de pensar en una moral para un mundo que, como el actual, le falta unos lineamientos de conducta básicos, una moral distinta a la tradicional que nos permita mantener un comportamiento ético, es decir, que nos posibilite convivir con el otro sin que, aunque sea distinto, aunque “piense y diga diferente”, lo consideremos como un enemigo u objeto de nuestro odio, tal como sucede hoy.

Entonces, ¿Botero es el único culpable? No, lo son también todos y cada uno de los que, aun sabiendo que en ese campamento había niños, siguieron adelante con el bombardeo sin decir una palabra, incluidos los militares. Pero estas personas no son monstruos, son ni más ni menos que personas normales, con familias, con sus propios hijos y madres que se preocupan por ellos, con esposa o esposo que los espera en casa, con amigos que los quieren; son personas “tenebrosamente normales”, pero matan niños.

Además, por extensión, la culpa es de todo aquel que no hace nada al respecto, que no es capaz de levantar su voz ante este sistema que normaliza la matanza e invisibiliza a todo aquel que no piensa como él. Es culpable todo aquel que no está dispuesto a hacer algo para cambiar de rumbo esta sociedad que se dirige a un barranco.

Por esto llama a apoyar y marchar en el paro del 21 de noviembre contra un sistema que debe ser cambiado, que como va es insostenible. Llamo a protestar en contra de un sistema que es injusto, que es irresponsable y que a la fuerza nos está arrastrando de vuelta a la guerra que, con mucho esfuerzo y de a poco, estábamos dejando atrás.

Marchar el 21 de noviembre no es apoyar a ninguna corriente política, no es ser de izquierda, no es “desestabilizar el gobierno”, es un acto cívico, es ser parte de una protesta ciudadana que alza la voz en contra de lo que está mal. Aclaro que antes de lo revelado en la moción de censura no tenía ninguna posición con respecto al paro, pero con los nuevos hechos es evidente que hay que cambiar este país para que ningún niño vea una bomba caer sobre sí.

Adenda: ojalá Claudia López tenga la mejor administración que ha habido en esta ciudad, que demuestre que una mujer homosexual puede hacer mejor las cosas que los patriarcas que en los últimos años han gobernado; especialmente espero que le vaya bien porque si no los muros que tumbó con su triunfo pueden volverse a levantar.