VictoriaPrimero se cae un mentiroso que un cojo. Ese es el Presidente que pretende seguir jugando con Colombia cuatro años más, como si fuésemos una carta de póker.

Por: Carlos Victoria

 Las posibilidades de reconciliación entre los colombianos son cada vez esquivas. Utópicas. La salida de Petro de la Alcaldía de Bogotá, tras la decisión de Santos, al no acatar las medidas cautelares de la CIDH, se pueden inscribir en el macabro espectro de la venganza política que sigue regulando la confrontación entre las élites y sus adversarios. Petro es víctima de ese pulso.

En el pasado reciente el modus operandi de la retaliación cobró la vida de destacados dirigentes que buscaron salidas políticas a la crisis institucional determinada por factores como la desigualdad social, la injerencia mafiosa en el Estado y la inoperancia de la justicia. Hoy la metodología ya no consiste exclusivamente en el asesinato, sino en chuzar y promover la muerte política de los contradictores.

Desde el mismo momento en que Petro se posesionó como alcalde, los sectores hegemónicos incrustados en lo más profundo y oscuro del régimen bipartidista se dieron a la tarea de descalificar, bloquear y estigmatizar su gobierno. El pasado guerrillero del Alcalde capitalino nunca le fue perdonado, y menos aún los debates en su condición senador que condujeron a La Picota a decenas de congresistas por cuenta de la CSJ, al comprobar su estrecha relación con organizaciones al margen de la Ley.

 Petro no sale de la alcaldía por corrupto. Todo lo contrario: por haberlos combatido en el terreno de lo público y lo jurídico. Recuperar para la ciudadanía la gestión de los residuos en manos de agentes del mercado, amparados en el laberinto institucional y mediático, fue suficiente para que desde lo administrativo y no en lo penal, como ordena la Ley, fuese destituido y lo peor: inhabilitado por 15 años para ejercer cargos de elección popular.

 Como otros miles de colombianos no he votado por Petro. Pero también como otros tantos compatriotas sentí indignación ante este hecho que tendrá graves repercusiones en todas las esferas de la vida nacional, no solo se presume la violación de la Constitución por el mismo jefe del Estado, sino que perturba aún más las negociaciones de paz, vinculadas a cálculos politiqueros y cercadas por el odio de los vencedores.

 La caída en una bicicleta de Santos en Apartadó horas después de su decisión, en medio de sus correría reeleccionista, caricaturiza el episodio. No obstante haber prometido a Petro que acataría las recomendaciones de la CIDH en diciembre pasado, optó por lo contrario. Muchos pudimos haber recordado entonces lo que decían nuestros abuelos: primero se cae un mentiroso que un cojo. Ese es el Presidente que pretende seguir jugando con Colombia cuatro años más, como si fuésemos una carta de póker.

Su caída en las encuestas tampoco es gratuita. Es el correlato de lo peor que le puede pasar a un gobernante: su falta de credibilidad.