Carta dialogante con la columnista Yolanda Domínguez del Huffington Post. Maluma, cuyo nombre artístico no es más que un acróstico que reúne las iniciales de los miembros de su familia, su mamá Marlli, su papá Luis y su hermana mayor Manuela (¿amor o insuficiencia creativa?)  es inflado en los medios de comunicación colombianos, uno de ellos antioqueño, como el Pretty Boy…

 

MIGUEL ÁNGEL RUBIOPor: Miguel Ángel Rubio Ospina

El diccionario de la Real Academia de la lengua, DRAE, el cual de seguro es una  rara avis para aquellos llamados “compositores” de reggaetón y despecho, define la palabra ramplón en su primera acepción como un adjetivo que significa vulgar y chabacano.  Y no es para menos, ya lo afirmó algún anónimo: “las mayorías, por el solo de hecho de serlo, son estúpidas, imbéciles y vulgares”, quizá en un arranque de indignación como el suyo frente a la canción del cantante colombiano (por desgracia para nosotros) Juan Luis Londoño, más conocido en nuestro país y en el suyo  como Maluma, cuya imagen invade los cuadernos de las estudiantes de las aulas en las que doy mis clases y del cual sus canciones retumban en las emisoras locales de estas ciudades provincianas colombianas.

Este jovenzuelo, oriundo de la muy mentada ciudad de Medellín, ciudad que en mi país despierta pasiones de todo tipo, la tierra de los escritores Fernando Vallejo y Héctor Abad Faciolince  o de aquel filósofo peripatético llamado Fernando González Otraparte, ciudad musa del poeta irredento Gonzalo Arango (Medellín a solas contigo).

La ciudad colombiana que más se ajusta a su canon europeo de polis, con metro urbano y sistemas alternos de transporte público, una ciudad que le agarró la ventaja a la siempre fría y mojigata Bogotá y que  siempre ha soñado ser independiente con Antioquia a cuestas (como su Cataluña y Barcelona). Tierra de futbol, tangos y cuentos, vio nacer en el año de 1994, hace apenas 22 años, al hoy famosísimo Maluma.  La misma ciudad que soportó a Escobar, o que tuvo de alcalde al hoy senador otrora presidente Álvaro Uribe Vélez, principal opositor de nuestro proceso de paz.

Maluma, cuyo nombre artístico no es más que un acróstico que reúne las iniciales de los miembros de su familia, su mamá Marlli, su papá Luis y su hermana mayor Manuela (¿amor o insuficiencia creativa?)  es inflado en los medios de comunicación colombianos, uno de ellos antioqueño, como el Pretty Boy, y para las niñas de su generación y menores se le idolatra en los íntimos altares de la lujuria femenina, siempre  sutil, como el sex symbol del momento.  

Me ha puesto usted, Yolanda, a escribir de nuevo, desde el otro lado del mundo, en una ciudad llamada Pereira, apodada hace tan solo tres años atrás como “Capital mundial del despecho”, una denominación nefasta en todo sentido y que trataré de explicarle del modo más claro posible. Le solicito me disculpe si esta disertación se pone tediosa al aclararle qué significa el término despecho para el colombiano y para el pereirano promedio,  pero se dará cuenta que se requiere para saber por qué somos el país de la ramplonería.

El Despecho es un género musical en el cual la primera condición es tener el mínimo de talento vocal y mucho menos de composición lírica o rítmica. Su tono es una balacera eterna de lamentaciones amorosas, que denigran del amor mismo, de la mujer (y de qué forma), y del hombre, pues  existen cantantes mujeres de este género,  que están convencidas que denostando  del género masculino (al cual no saco en limpio) se reivindican en su propia sexualidad y se solidarizan con las demás mujeres.

El origen de este llamado género musical, que produce millones de pesos como industria, lo mismo que el reggaetón, es de origen rural y campesino. Sus canciones, que antes tenían algo más de estética, hablan de penas de amor, de licor, de infidelidad, de triángulos amorosos, resuelven cada pena de amor de manera fatalista. Diremos con el señor  Darío Gómez, llamado en los medios masivos el Lord, lo siguiente: “Por qué eres tan tirana/ con el que sabe amarte/ tendría que matarte para ya olvidarte”. Estrofas de este cariz suenan en emisoras, buses, cafés, calles, barrios; donde sobran el trago, las jovencitas y jovencitos en pleno hervor de sus hormonas y la plata por doquier. Ni qué decir de sus videos, una reivindicación consuetudinaria de lo que el profesor Mockus denominara “cultura traqueta”. Este concepto, columna vertebral que alienta el despecho y  el reggaetón; estos videos, carentes de toda producción audiovisual y cuyo factor relevante es el menos gasto posible en técnica, muestran la silicona, la narcocamioneta,  la cadena de oro macizo en el cuello del cantante y el licor a borbotones.  

Dejando de lado ya la suficiente ilustración de ese género; y volviendo al tema de su columna en el Huftington Post del pasado 4 de diciembre, en la cual usted levanta su voz de protesta por la forma en la que el cantante Maluma muestra  a la mujer, cito sus palabras “como una apología de violencia hacia las mujeres que las describe como meros cuerpos intercambiables y disponibles al servicio del deseo sexual ilimitado, irrefrenable e incontrolable de los varones.”. Déjeme decirle una cosa que le hará indignarse el doble sobre la misoginia y el machismo que usted le aduce al paisano de Juanes y de la grandiosa banda de metal Kraken. En Colombia, las mujeres son expertas en denigrarse ellas mismas en muchas facetas de la vida colombiana y en la música sí que lo hacen.

Verbigracia. Una cantante colombiana,  nacida en el eje cafetero,  llamada Francy, nombre que aquí es más común que el agua de panela,  se ha autodenominado La Voz popular de América,  y es oída y seguida por un millar de personas de los estratos más populares y bajos de Colombia, y de los altos también, pues son conscientes del poder ideológico que el melodrama y la lástima suponen para las masas adormiladas en su cotidiano acontecer. Ella es  la manifestación preclara de que no es necesario un macho que las ponga a gemir en la cama y las pordebajee, ellas mismas lo hacen y lo gritan a los cuatro vientos en sus canciones.

 

Que porque sea bonito…

Buen amante y bien parado…

No crean que he de llorar…

Es verdad que está muy bueno…

 

Empieza la hermenéutica. Lo primero, la  cantante hace una clara alusión sexual al aspecto físico del tipo, y su desempeño sexual, lo que de plano ya la auto ofrece como objeto mismo del placer ajeno. Sin embargo, busca un falso consuelo con ella misma cuando dice que no llorará, y remata su frustración sexual amorosa, aceptando lo bueno que está el tipo. La palabra o expresión está bueno, o está buena, se usa para dar una clara alusión a un gusto sexual. 

 

Que todo lo hace bien hecho…

Mas no le voy a rogar…

Yo no soy como las otras…

Que a sus pies se han humillado…

 

La canción continúa, dejando claro que la mujer siempre se humilla al tipo “buen catre”, como en conversaciones picarescas le dicen en mi país las mujeres al tipo que es bueno en lides de cama.

Como quien dice, no importa lo atarván que sea, lo importante es que me coja bien, que en el inconsciente femenino colombiano resuena como un eco.

 

Suplicando su querer…

Yo si bebo estoy contenta…

Lo que tengo es verraquera…

Y para él SOY MUUUCHAAA MUJEEERR…

 

Si se fue, se fue…

Que no vuelva más…

Que vaya y le aguante los resabios su mamá…

Que yo buscaré…

 

Quien me dé pasión…

ME SIENTO MUY HEMBRA…

Pa’ llorar por un GUEVOOONN…

Si jamás yo fui su reina…

 

El trago no puede faltar en las letras del despecho, como bien lo muestra la segunda línea de  la primera estrofa. ¿Quiere esto decir que solo bebiendo la mujer insatisfecha, resuelve su cuita amorosa? Y pregúntese por qué, yo no he podido contestarme eso de que es ser mucha mujer, ¿acaso que la hace menos mujer  para el caso de esta canción?

En la siguiente estrofa, la mujer manda al tipo a fritar espárragos donde su progenitora, una alusión directa a que la mujer sigue en Colombia reducida al oficio de la maternidad en casi todos los estratos sociales.

La palabra hembra es una forma despectiva en la que el macho dominante, el traqueto de barrio, el proleta, trata a la mujer, implica propiedad inexpropiable. Hembra es una palabra que se utiliza con una clara connotación sexista de parte de ella misma, inexorablemente busca quién la subleve, su rabia no es por el yugo, sino por no encontrarlo, y remata nuestra “Voz popular de América” con la palabra güevón, que para el caso colombiano, supone un pendejo o tonto, el equivalente a su gilipollas o el boludo de los gauchos. Palabra soez en Colombia, que raya en el insulto y la ramplonería.

Y doña Francy, en su rabia sexual, porque no puede ser otra cosa esta canción, trata al hombre perdido de loca (homosexual). En este sentido, la mujer es más machista que nunca, pues al tipo que no le camina en el sexo, se le dan atributos sexistas. ¿No debería esto suponer una protesta airada de la comunidad LGBTI? Y línea tras línea, hasta el final, solo reivindica, en sí misma, la mujer objeto, la mujer sexo, la mujer vacía y sumisa al capricho sexual de cuanto Maluma merodea por las calles de este país ramplón.

Que el hombre tenga esa visión de la mujer en un país como Colombia no me extraña, este sigue siendo un país quedado en el siglo XVIII, y que las canciones y la ideología imperante masculina perpetúe, o siga pretendiendo perpetuar este prototipo, es el común denominador en Colombia.

Sin embargo, que la misma mujer se denigre a sí misma en cada canción del popular despecho (esto suena desde la Guajira hasta Pasto, ciudades al extremo norte y extremo sur del país) y las masas enardecidas, femeninas en su mayoría, corean estas canciones, quizá ansiosas también de un Maluma que como en  su protesta deliran para que se lo hundan; deja entrever por qué  este es el país de la ramplonería.

@rubio_miguel