La ciudad y los perros

 

SIMON BLAIR (IZQ)Por: Simón Blair

No sé ni lo que estoy haciendo. No me gusta el fútbol -podría precisar que ningún deporte-en esta etapa de mi vida, pues durante mi infancia jugué con entusiasmo y creo que alguna vez desee llegar a ser jugador profesional. Pero tuve una corazonada: de algún modo quería estar entre la gente el día del partido de Colombia versus Costa de Marfil; sí, quería recorrer la ciudad y ver qué sucedía. Hace muchísimo tiempo no veía un partido de fútbol –y, para aclarar, me pareció aburridísimo excepto cuando se anunciaban intentos de gol o definitivamente el marcador crecía-. Los últimos partidos que vi fue al lado de mi papá: un fervoroso hincha de un equipo local que tenía plagada la casa con afiches de cada copa ganada y jugadores emblemáticos que ocupan un rinconcito de la historia. No sólo él: en España mi tío acostumbraba vestirse con la camiseta de Barcelona y se ensayaban, de vez en cuando, algunos juegos en la playa.  Mi abuelo paterno tenía un amor incontrolable por el equipo de su ciudad natal que resultó un contagio para mi abuela. Mi otro abuelo no fue jamás un aficionado al fútbol, aunque sí disfrutaba muchísimo viéndolo y lanzando chifles de descontento cuando algún jugador cometía una burrada. Es extraño, pues, que yo no sienta ninguna pasión por este deporte aún cuando viví todo el tiempo rodeado de balones, posters, directores técnicos aquí, jugadores allá, televisión ilimitada y una variedad de equipos y tempestades emocionales que me acribillaban todo el tiempo.

Yo pronto comencé a interesarme por otras cosas: el cine, la literatura y la música. Durante un tiempo le comí cuento a Borges con lo de la estupidez universal y a Marx con lo del opio ese, pero después me di cuenta que, aunque en cierta medida guardan algo de verdad, no puede definirse el fútbol así de tajo como una válvula para medir los grados de idiotización. Tampoco le como cuento a los que creen que si prefiero quedarme leyendo es porque soy un pedante, amargado y presuntuoso.  Es, simplemente, una cuestión de gustos. Creo que los que discuten sobre esto han creado un conflicto que no existe.

Quería escribir no sobre fútbol, sino sobre la gente que siente el fútbol. Pero no  me siento capaz de hacerlo, a lo sumo puedo decir lo que muchas personas ya han dicho a lo largo de estas dos semanas: que una emoción sin igual, que un sentimiento estúpido, tristezas, el hinchamiento colosal de un sentimiento nacionalista, los riesgos de los extremismos, las celebraciones desconsideradas y la gaminería sin tregua.  No lo sé, es dificilísimo explicar aquellas sensaciones sin sentirse un poco traicionado.

Entonces intenté escribir sobre la ciudad.  Noventa minutos y Pereira no era más Pereira, los problemas de espacio público quedaron anulados, los trancones desparecieron del mapa. Sentí la ciudad que siempre quise tener. Veía, a través de las vitrinas, grupos enormes de personas vestidas de amarillo frente a gigantescos televisores. Sí, el trabajo se detuvo. Empresas automovilísticas, cafeterías, talleres de mecánica, tiendas de repuestos, almacenes de ropa, zapaterías, parqueaderos, los parques públicos quedaron reservados para los pájaros y los perros callejeros y, lo más gracioso, una misa vacía en la Catedral de Nuestra Señora de la Pobreza que parecía no ubicada en un plaza colombiana, sino en una provincia suiza. Me subí a un bus conducido por un fantasma que ante cualquier sospecha de gol se le ocurría detenerlo y gritar por las ventanas “qué, qué, cómo va”.  Sentí que mi vida acaba en esos segundos mientras esa apabullante felicidad me ignoraba para siempre.  Pero sentía cosas lindas: ver de pronto a un par de amigos abrazados, una familia reunida, unos dementes que a pesar de su condición no molestaban a los no-dementes. La ciudad era sacudida por desmanes telúricos cuando se marcaban goles y lo demás es historia.

De regreso, me pareció divertido entrar a la biblioteca y encontrarme con los tristes, pedantes, amargados y presuntuosos individuos que no atosigaban a los demás.