La guerra no tiene rostro humano. Lo primero que sucede de hecho en una confrontación armada es que se pierde la consideración del otro como un igual, como un ser humano. El otro, el enemigo sin rostro, es un objetivo militar, no alguien que tiene familia, sueños, esperanzas…

 

Por: Gloria Inés Escobar

A propósito del atentado terrorista en Barranquilla el fin de semana pasado, Yolanda Ruiz, directora de RCN radio, decía que si el ELN, a quien se le atribuye este asalto, decía estar al lado del pueblo cómo mataban a policías que también son gente del pueblo. No son exactamente sus palabras, pero el sentido sí. Pues bien, esta afirmación me resulta realmente ramplona.

Cuando las personas ingresan a las organizaciones armadas, sean estas oficiales y legítimas como la policía y las fuerzas armadas, por ejemplo, o ilegítimas como los grupos subversivos, paramilitares o delicuenciales, entran a un mundo en el que la dinámica de la guerra se convierte en lo esencial, lo demás pasa a un segundo plano o deja simplemente de existir. En ese mundo los otros seres humanos se dividen en amigos o enemigos, en malos y buenos, en los de aquí y en los de allá, es decir, en los aliados o en los opositores. No hay más.

Puede parecer tosca una visión del mundo tan maniquea pero así funciona el sistema de la guerra. Si eres mi amigo no hay problema, pero no si no lo eres, tengo que perseguirte y matarte porque eres mi enemigo y a los enemigos, en una guerra, se les elimina o se les reduce a la fuerza, se les encarcela, se les neutraliza.

La guerra no tiene rostro humano. Lo primero que sucede de hecho en una confrontación armada es que se pierde la consideración del otro como un igual, como un ser humano. El otro, el enemigo sin rostro, es un objetivo militar, no alguien que tiene familia, sueños, esperanzas… La guerra deshumaniza, convierte a quien participa en ella en máquina de guerra y lo hace no solo porque de ello depende su propia supervivencia, sino porque hay todo un adoctrinamiento que ayuda a ver al otro como al que hay que combatir porque está en contra de la organización a la cual se pertenece. El bueno es el que está a nuestro lado; el malo, el que pertenece al bando contrario.

Por eso, cuando la guerrilla mata policías lo que está haciendo es matando a su enemigo, está cumpliendo con su deber. De igual manera, cuando el ejército o la policía mata a un guerrillero o delincuente, mata a su enemigo, no a un ser humano, está haciendo lo que le corresponde. Ni los policías ni los soldados ni los subversivos, todos, en su mayoría gente humilde, gente del pueblo, matan a los de su misma clase social porque sí o porque, como lo afirma la periodista mencionada, se contradicen en su discurso; no, se matan entre sí porque pertenecen a bandos opuestos. Y se matan no solo en combate, se matan cuando tienen la oportunidad de hacerlo mientras no haya tregua.

La guerra ni es bonita, ni humana. La guerra es violenta y puede llegar a ser terriblemente sanguinaria y puede, además, salirse fácilmente de su cauce y engendrar fenómenos tan terribles como los falsos positivos, o ataques a quienes no están directamente involucrados en el conflicto.

La guerra daña, deshumaniza, se desborda, no se limita, convierte todo lugar en campo de batalla y no importa quién muera mientras se tenga en la mira al enemigo. No entender esto es obviar que en la guerra el mundo no funciona con la misma lógica que cuando no se está en ella.

Sobre si la guerra es o no necesaria, es otra discusión.