En ese momento también sentí vergüenza por haber imaginado que un encuentro con ellos era imprescindible para mi escasa experiencia como periodista. Lo que realmente importa, por supuesto, son todas las personas que vivían bajo su vigilancia e injusticias.

 

Por: Jhonattan Arredondo Grisales

El 10 de octubre de 2016, antes de regresar a la ciudad de Medellín, recorrimos algunos lugares del corregimiento El Valle (Bahía Solano, Chocó). Andrés Felipe Mosquera, el fotógrafo que me acompañaba, hasta ese momento no me había preguntado si corríamos algún tipo de peligro. Sin embargo, los dos sospechábamos que era lo más probable: en determinado momento, sujetos desconocidos, nos podrían detener para preguntarnos “qué se nos había perdido”. No fue una exageración ni nada por el estilo, pues, de acuerdo con las entrevistas que habíamos realizado, la presencia de paramilitares en la zona era más que evidente. En todo caso, luego de tomarnos un delicioso caldo de pescado, alistamos los instrumentos de trabajo y nos dispusimos a cumplir con las tareas que teníamos previstas.

En efecto, después de caminar un par de cuadras, un par de hombres que viajaban en una motocicleta de bajo cilindraje —uno afro, el otro mestizo— se detuvieron a un lado e inmediatamente me preguntaron “que qué se nos había perdido”. Uno de ellos, al ver que no contestaba —por soberbia, por coraje o por miedo seguramente— dirigió su mirada hacia mi compañero, quien, sin titubear, respondió que sólo éramos periodistas. Entonces, aquel hombre ordenó que le mostrara las fotografías que había logrado atrapar durante el breve recorrido. En ellas no había nada extraño, es decir, nada que nos sirviera como material de denuncia. Exceptuando, eso sí, el innegable abandono que se puede apreciar en casi todo el lugar.

No obstante, para demostrar quién tenía el poder, quiénes eran los que realmente mandaban, señaló, tajante, cuáles fotografías tenía que eliminar. Andrés, sin nada que pudiera hacer, accedió sin reparos. Luego continuamos caminando en completo silencio. Ninguno de los dos nos atrevimos a pronunciar una sola palabra. Estas desaparecieron con cada paso que avanzábamos entre los escasos transeúntes que a esa hora de la tarde se encontraban reposando el almuerzo o más bien ocultándose del sol bajo los techos de sus humildes casas.

Recuerdo que le pregunté a mi compañero, entre  el estupor y la profunda nostalgia que me había embargado, si sí comprendía lo que había acabado de suceder. Después, otra vez en silencio, decidimos regresar al lugar donde nos hospedamos mientras unas minúsculas goteras se convertían en un intenso aguacero. En ese momento también sentí vergüenza por haber imaginado que un encuentro con ellos era imprescindible para mi escasa experiencia como periodista. Lo que realmente importa, por supuesto, son todas las personas que vivían bajo su vigilancia e injusticias.