En verdad, a pesar del nuevo “look” que luce hoy la sociedad, con su imparable y sorprendente desarrollo tecnológico, y sus aires de modernidad, en lo más profundo de ella, el machismo sigue vivo y gozando de muy buena salud…

 

Por / Gloria Inés Escobar

Que muchas cosas han cambiado en la sociedad es cierto, pero esos cambios son sobre todo de forma, de apariencia, pero no de contenido. En otras palabras, la mayoría de los cambios son cosméticos pero el sustrato sigue inalterado. La situación de las mujeres, por ejemplo.

Hoy, como ayer, las mujeres han trabajado, fuera y dentro del hogar, pero su trabajo ha sido menos valorado económicamente en el primer caso e ignorado, en el segundo.

Hoy, como antes, las mujeres han sido violentadas física y sicológicamente por hombres que las consideran y tratan como objetos de su propiedad.

Hoy, como en el pasado, las mujeres son educadas, desde el hogar y las instituciones culturales, principalmente para ejercer las labores domésticas y el cuidado de los demás: hijos, padres, hermanos… es decir, siempre para estar al servicio de los otros.

Hoy, como hace siglos, las mujeres han sido controladas por los hombres, por las religiones, por las instituciones patriarcales.

Hoy, como ayer, las mujeres son tratadas como seres humanos de segunda categoría.

Hoy, como antes, las mujeres a pesar de ser la mayoría, están sometidas a la cultura patriarcal que determinó que el amo y señor es el varón.

Hoy, como hace siglos, las tradiciones siguen reforzando la supremacía masculina.

Hoy, como en el pasado, las mujeres siguen creyendo que su destino es parir y su espacio, la casa.

Sí claro, hoy las mujeres estudian más, participan más en la vida política y económica, aparecen en foros y en eventos mundiales, dictan conferencias, presiden juntas, regentan Estados… pero en todos los aspectos siguen a la zaga y frente al abrumador número de hombres que hacen lo mismo, dichas mujeres apenas si resultan visibles. Ellas encuentran lo que se ha llamado un techo de cristal que no las deja llegar sino hasta un límite, límite velado que les impide seguir escalando profesionalmente más allá de él.

Hoy, también, se discute sobre el machismo, se hacen protestas contra la violencia que sufren las mujeres, se piden condiciones de igualdad, se reclaman derechos, se hacen leyes para protegerlas… pero la realidad de las mujeres sigue igual y sigue así porque el patriarcado sigue incólume y las costumbres lo refuerzan y la cultura lo valida, y seguimos repitiendo y asumiendo que las mujeres somos menos capaces que los hombres, y que ellos son los llamados a dirigir la sociedad por su supuesta superioridad.

Sí, hay mujeres que ganan mucho dinero y tienen bastante poder; hay millones de mujeres “empoderadas” en todo el mundo; millones de mujeres viviendo una sexualidad sin tapujos; millones de mujeres deambulando por las calles copando espacios antes prohibidos… pero en lo fundamental, en el día a día, en la intimidad del hogar, en la cotidianidad, en la interacción, en las relaciones, las mujeres seguimos siendo discriminadas, subyugadas. Los férreos roles establecidos por la cultura machista siguen determinando la vida de hombres y mujeres en su totalidad.

En verdad, a pesar del nuevo “look” que luce hoy la sociedad, con su imparable y sorprendente desarrollo tecnológico, y sus aires de modernidad, en lo más profundo de ella, el machismo sigue vivo y gozando de muy buena salud, por lo cual la lucha por la destrucción del patriarcado y la liberación de la mujer sigue siendo una meta por alcanzar.

Una meta que exige todo nuestro esfuerzo por hacer evidente lo que se esconde detrás del brillo de las sedas y los collares; detrás de los discursos, los poemas, las canciones, las imágenes que ensalzan todo aquello que nos oprime; detrás de las costumbres que tienen la función de perpetuar el pasado; detrás de las ilusiones y espejismos que nos vende el mundo del espectáculo, la publicidad y la diversión; sí, debemos esforzarnos sin tregua por quitar máscaras, destruir mitos, rechazar las doctrinas que nos atan a los más viejos prejuicios sobre la moral, el cuerpo y la mente de las mujeres.

Hoy, la lucha por la liberación de las mujeres, sigue siendo necesaria y urgente. Súmate, un mundo diferente es posible.