GUSTAVOCOLORADOLa saga de trampas y sobornos que va desde los presidentes de las confederaciones hasta el mismísimo trono de Joseph Blatter, hace ver a los mafiosos convencionales como aprendices sin norte.

Por: Gustavo Colorado

Hace ya  veintisiete años,  en el mundial de México 86, Diego Armando Maradona le marcó un gol con la mano a Peter Shilton, el último de los grandes porteros ingleses, en un juego de cuartos de final. El árbitro era el tunecino Alí Bin Nasser, quien fue uno de los pocos mortales aficionados al fútbol que no quiso,  no pudo o no supo ver el tamaño de la infracción. Trepado en la cima  más alta de su gloria el diez argentino despachó el asunto con una frase destinada a la eternidad: “Lo hice con la mano de dios”, sentenció el genial Diego con su humor particular amasado a partes iguales con el barro del arrabal y la poesía. Años después el escritor  mexicano Juan Villoro titularía un libro suyo con una idea parecida: Dios es redondo.

La dirigencia de la Fifa, encabezada en ese entonces por el brasileño Joao Havelange, tampoco quiso verlo. Al fin y al cabo Maradona era entonces su niño consentido, capaz de garantizar millonarias audiencias de prensa, radio y televisión que reportaban pingües ganancias a los participantes en el negocio.

Apenas ocho años después, los mismos dirigentes expulsarían al Diego del mundial de Estados Unidos. ¿El pretexto? El jugador dio positivo en una muestra de laboratorio tomada  después de uno de los juegos. Por supuesto, nadie se creyó la historia de indignación moral y posterior castigo para el de sobra conocido consumo de cocaína del muchacho de barrio convertido en leyenda. Existían razones de peso para el escepticismo: en realidad a  Maradona le cobraban el haber denunciado los abusos de los organizadores de un torneo creado para  masificar el fútbol en un mercado tan apetecido como el de los Estados Unidos, monopolizado hasta entonces por el béisbol y el baloncesto. El capitán de la  selección campeona en México hizo público su descontento y el de buena parte de sus colegas por los horarios en que los obligaban a jugar para garantizar televidentes en Europa y otros continentes. Y no le faltaba razón: un partido jugado a pleno medio día del mes de junio en lugares de suyo calurosos como Texas representaba un atentado para la salud misma de los deportistas. Cuando  recibió la noticia de su expulsión  Diego Maradona comprendió que el deporte responsable de su redención personal estaba en realidad manejado por la mano del diablo.

Las razones para ello son largas de enumerar, pero podemos avanzar algunas. En Sur América abundan los ejemplos: equipos arruinados como instituciones mientras la mafia de los empresarios particulares  llena sus arcas con las transferencias de los futbolistas, cuyo monto alcanza cifras de delirio. Un alto porcentaje de los partidos se juega en  estadios vacíos porque los aficionados ya  no le interesan a nadie. En realidad el negocio está concebido para la televisión y la publicidad. Por eso se multiplican los torneos año tras año y con ellos se incrementan las lesiones de los deportistas, muchos de  ellos carentes de los mínimos servicios de seguridad social.

Hace cosa de una década se empezaron a multiplicar en Europa las ONG creadas con un solo propósito: rescatar en las calles de las grandes ciudades a cientos de niños y jóvenes abandonados por los traficantes de piernas –así los llamó el escritor uruguayo Eduardo Galeano- cuando no pueden pasar las rigurosas pruebas de las grandes escuelas. Claro: no todos pueden ser Messi, Ronaldo o Ibrahimovic. Nada más en mi ciudad, conocí la historia de un  par de muchachos  abandonados en territorio español por uno de esos vendedores de ilusiones.

 Para completar el cuadro surgen ahora los escándalos de corrupción ligados a la adjudicación del  mundial 2022 al emirato de Qatar, el  segundo país más pequeño del Golfo y el más rico del mundo, según los eruditos de las finanzas. La saga de trampas y sobornos que va desde los presidentes de las confederaciones hasta el mismísimo trono de Joseph Blatter, hace ver a los mafiosos convencionales como aprendices sin norte. Entre tanto, millones de niños en las aldeas más pobres de la tierra seguirán viendo en un balón el camino más corto para divertirse y de  paso  salir de  su miseria de siglos. No importa si lo suyo se parece cada vez menos a ese jogo bonito forjado por híbridos de poetas y deportistas llamados Garrincha, Pedernera, Sotil o Maravilla Gamboa.