La mirada detectivesca

Por lo visto, conceptos como democracia y participación se desvanecieron con la escalada de la pandemia (…) Desafiando las normas, en realidad no piden nada del otro mundo. Un poco de sexo por aquí, unas copas por allá, una comilona más acá. Lo indispensable para seguir viviendo.

 

Por / Gustavo Colorado Grisales

En su libro de memorias titulado Contra toda esperanza, la escritora rusa Nadiezhda Maldenstam (Sarátov, 1890 – Moscú, 1980) habla de la mirada detectivesca para referirse a esa condición de los habitantes de la Unión Soviética convertidos por el régimen estalinista en vigilantes y delatores de sus vecinos, de sus amigos, de sus familiares y hasta de sí mismos.

Con un agravante: los delataban aunque no hubieran cometido ningún delito: los organismos del Estado ya se encargarían de inventar los cargos y los testigos.

Desde el  comienzo de los tiempos esa ha sido la gran tentación de los regímenes totalitarios, independiente de su filiación ideológica: encontrar culpables para destinar al destierro o al paredón de fusilamiento.

Cuanto más inocentes sean los condenados, mucho mejor. Así quedará demostrada la condición todopoderosa del régimen. ¿A cuento de qué preocuparse entonces por investigar, procesar y castigar un culpable, si tiene millones de inocentes a su disposición?

Pienso en  esas cosas, porque algo muy peligroso acecha a la humanidad desde el comienzo de la cuarentena, y no es propiamente la covid-19. Después de todo, convivimos con microbios desde mucho antes de convertirnos en humanos.

Y es seguro que esas criaturas impredecibles nos sucederán cuando termine nuestro tiempo sobre la tierra.

Aquí se trata de otra cosa: es la tentación de los totalitarismos, embozados detrás de las medidas de excepción tomadas  por los gobiernos  locales, regionales y  nacionales para enfrentar la emergencia planteada por el coronavirus.

Hasta ahí todo es comprensible. Pero ahí es donde empiezan los riesgos, porque muchas de ellas se quedarán cuando, una vez superada la emergencia, los aspirantes a reyezuelos se convenzan de su eficacia.

Cuando uno les hace seguimiento a las declaraciones de los mandatarios, pronto descubre que las palabras y las frases utilizadas se repiten con inusual frecuencia: ordené, decreté, mandé, decidí, convoqué, promulgué, solicité, establecí. Todo en primera persona del singular. La fascinación de convertirse en el Yo, el supremo de la novela de Augusto Roa Bastos salta a la vista.

Por lo visto, conceptos como democracia y participación se desvanecieron con la escalada de la pandemia.

Si a eso le sumamos los interrogatorios  a los que nos vemos sometidos los ciudadanos cuando intentamos adelantar gestiones que apenas cinco meses atrás eran rutinarias, existen motivos de sobra para inquietarse. Esos formularios en los que un funcionario aterrorizado por la eventualidad del contagio anota nuestros datos personales, se parece bastante a los utilizados por las burocracias nazi, fascista, estalinista o macartista en  sus peores tiempos.

Por ahora esa información se utiliza para preservar nuestra salud, y eso en sí es bueno. ¿ Pero qué pasará con toda esa masa de datos?, ¿en manos de quién quedará?

Creo que cuando las personas dejen de ser sospechosas de estar contagiadas, lo serán de cualquier otra cosa: de ser disidentes, terroristas, enemigas del orden social.

Porque la pandemia ha entronizado un concepto caro a las mentes totalitarias: el de la “disciplina social”. Por estos días, un  indisciplinado resulta más peligroso que el virus mismo.  Tanto, que los  castigos bíblicos establecidos para los hijos desobedientes se quedan cortos ante las penas pensadas para estos réprobos.

¿Y cuáles son sus delitos? Por lo que leo y escucho, el más reiterado es el de la asistencia a fiestas.

En Pereira, una ciudad que se define a sí misma como trasnochadora, los trasnochadores se volvieron sospechosos, al punto de que el vecindario les dedica esa “mirada detectivesca” tan temida en distintos momentos de la historia

Admirados y envidiados durante décadas, los rumberos tienen ahora el aura del apestado.

Desafiando las normas, en realidad no piden nada del otro mundo. Un poco de sexo por aquí, unas copas por allá, una comilona más acá. Lo indispensable para seguir viviendo.

Porque eso es lo incontestable: la vida no se detiene ni en las peores circunstancias.

Si les echamos un vistazo a los libros de Historia no tardaremos en descubrir que mientras las guerras y pestes diezmaban a la población, grupos enteros organizaban orgías par celebrar la vida, conjurar la muerte y, de paso, garantizar la reproducción de la especie, que, como ustedes bien saben, es uno de los efectos colaterales del sexo.

De modo que no asistimos a nada nuevo.

Insisto en que, de entrada, las medidas tomadas para enfrentar la pandemia no sólo son comprensibles sino necesarias.

Lo grave es  la mirada detectivesca que alienta detrás y todavía no hemos notado.

O peor aún: no queremos notar, porque lo consideramos bueno para “la disciplina social”.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=n-a2U6nTnU8