En realidad se trata de una hábil estrategia de mercadeo concebida por la cadena Fox y los dueños de la Confederación de fútbol, con tres únicos propósitos: vender publicidad, facturar por derechos de televisión y transferir jóvenes futbolistas por sumas millonarias hacia los mercados del exterior, en una cadena de negocio de la que participan empresarios, periodistas deportivos como Fernando Niembro, entrenadores, representantes, padres de familia y una larga lista de intermediarios.

GUSTAVO COLORADO IZQPor: Gustavo Colorado Grisales

Setenta cadáveres desperdigados sobre un monte gélido no tienen apelación.

Salvadas proporciones, el llanto de un niño abrumado por una derrota más de su equipo favorito tampoco la tiene.

Sobre todo si ambos dramas están surcados por muchas cosas turbias.

Por una de esas fuerzas que algunos llaman azar y otros destino, la noche del 28 de noviembre de 2016 fue testigo de dos historias cruzadas: la eliminación del Deportivo Pereira en su pugna por el ascenso, y la muerte en un accidente aéreo de los integrantes del club brasileño Chapecoense, uno de esos equipos de pueblo o de barrio, capaces todavía de embarcarse en empresas románticas.

Como la de los jóvenes del Deportivo Pereira que anhelaban volver a la primera división.

Un hombre. Un grupo de hombres emprenden el vuelo hacia la gloria y se encuentran de frente con el desastre.

Los cuerpos y las ilusiones se van a tierra y se quedan ahí: mudas expresiones de no se sabe qué.

“Los hados funestos”, llamaban los antiguos a esas cosas.

Sucede que detrás de las dos historias alientan asuntos más prosaicos y rastreros. Como el negocio infame en que se convirtió el fútbol, por ejemplo.

Los muchachos del Chapecoense partían a cada juego internacional con el aire de una panda de colegiales en su primer día de vacaciones. Noventa minutos sumados suponían un paso más hacia “La otra mitad de la gloria”, como bautizaron a la Copa Sudamericana los creadores del engendro.

En realidad se trata de una hábil estrategia de mercadeo concebida por la cadena Fox y los dueños de la Confederación de fútbol, con tres únicos propósitos: vender publicidad, facturar por derechos de televisión y transferir jóvenes futbolistas por sumas millonarias hacia los mercados del exterior, en una cadena de negocio de la que participan empresarios, periodistas deportivos como Fernando Niembro, entrenadores, representantes, padres de familia y una larga lista de intermediarios.

Como todo negocio, el del fútbol baja costos para optimizar ganancias y por eso los jugadores del Chapecoense volaban en un avión maltrecho y de alto riesgo. Ya lo dije: se trata de un equipo de pueblo grande, no del FC Barcelona o el Real Madrid, esas poderosas multinacionales de la pelota.

Mientras los chicos brasileños agonizaban con su alijo de sueños en la misma tierra que vio morir a Carlos Gardel, un niño de Pereira   mordía el polvo abrazado a una bandera roja y amarilla, ignorante de lo más oscuro: el equipo que aprendió a amar aferrado a la teta de su madre no puede ascender a la primera división. Aunque quiera. Aunque tenga con qué. Sus dueños- o quienes fungen como tales- lo precondicionan a la derrota, así falten apenas  unos segundos para el pitazo final.

Como lo han advertido tantos, si caen a la segunda división para los equipos fundadores del fútbol profesional colombiano resulta más rentable permanecer allí. Reciben comisiones por publicidad y derechos de televisión. Pero hay todavía más: pueden transferir a jóvenes promesas hacia ligas lejanas por jugosos fajos de dólares que se desvanecen en muchas manos ávidas de renta rápida.

Es la lógica de la especulación financiera llevada al terreno del deporte.

Mientras eso sucede, los últimos románticos que son los hinchas de fútbol padecen lo suyo, recurriendo incluso a la mendicidad o al delito para agenciarse la boleta de ingreso al estadio. Viajan en la parte  trasera de camiones apestosos y se despellejan los nudillos contra los muros luego de una derrota por nocaut. En un intento desesperado por comprender lo inefable, deciden creer en maleficios que les impiden a los suyos alcanzar la meta.

En el entretiempo, después de pronunciar llorosos discursos sobre los féretros de los futbolistas, los forajidos del maletín negro se frotan las manos pensando en el siguiente negocio. Después de todo, el show debe seguir.

NOTA: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

 https://www.youtube.com/watch?v=zSZQ8iFRvUA