“Me parece que soy de la quinta

   que vio el Mundial setentiocho

 Me tocó crecer viendo a mi alrededor 

paranoia y horror”.

               Andrés Calamaro

 

Por Gustavo Colorado Grisales                                                       
I

Cambio de piel

Nada como escuchar las conversaciones de la gente en la calle para tomarle el pulso a la vida.

En una sola frase se sintetizan los temores, los anhelos, las expectativas, las fobias y las filias que mueven nuestro trasegar  por el mundo.

Y nada como un mundial de fútbol para aproximarse al estado de ánimo de un pueblo.

Incluso los que dicen odiar ese deporte acaban enfrascados en discusiones que pueden pasar del atavismo más visceral  a reflexiones filosóficas de  alto vuelo.

Después de todo, un gran número de discutidores coinciden en algo que ya se volvió  lugar común: que el fútbol cala tan hondo en todos los rincones de la tierra porque sus razones y sinrazones son las de la vida misma.

Uno lucha, se afana, padece angustias, se ilusiona, cae y se levanta para volver a caer. De vez en cuando nos roza la dicha de un gol inesperado, para acabar sucumbiendo en la tanda de los penales.

De esta última no se salva nadie. Si acaso se gana en una ronda se perderá en la siguiente.

Los dioses griegos hubiesen sido dichosos asomados desde el Olimpo al césped de un estadio de fútbol.

El destino en forma de pelota. O de árbitro. O de arquero ataja penales.

Las parcas tejiendo su red infinita desde la tribuna de un estadio.

Solo ese deporte puede conseguir que un país donde la gente se odia por sus idiosincrasias regionales se vuelva uno solo cuando once tipos saltan a la cancha dispuestos a jugarse el pellejo.

Costeños, paisas, caucanos, vallunos, nariñenses, santandereanos, llaneros, pastusos y bogotanos firman una tregua para consagrarse a urdir una trama que a veces se aproxima a los acordes de una banda sinfónica.

Bueno, al menos eso sentimos quienes amamos este deporte que alguna vez se jugó, como tantas cosas de la vida, por puro y físico amor.

Al menos antes de que el cartel mafioso de la Fifa lo hiciera suyo.

Pero bueno, volvamos a las conversaciones de la gente en la calle.

“Ahora que nos eliminaron en Rusia, roguemos para que Nairo saque la cara por nosotros en la Vuelta a Francia”, le dijo un borracho a su contertulio luego de la derrota colombiana ante Inglaterra.

Así de simple es el asunto. Necesitamos aferrarnos a alguien, a algo, para no disolvernos en la suma de desaciertos que es nuestra historia colectiva desde las guerras de independencia.

Pobre Nairo, pensé. De dónde va a  sacar fuerzas para cargar con la desazón de casi cincuenta millones de fulanos reacios a asumir su propio destino.

Como si no bastara con enfrentarse a montañas imposibles y descender por desfiladeros de espanto.

Pero así somos. Cambiamos de piel al ritmo de nuestras negligencias. En asuntos de política no dudamos en volver a un pasado de violencias, impunidades y corruptelas si eso nos libera de asumir el riesgo de intentar  otros caminos.

Quedó demostrado en la segunda vuelta presidencial del 17 de junio.

Es el mismo país que se pone la mano en el  pecho y se desgañita cantando el himno nacional cuando juega la selección.

 Lo dicho: así en el fútbol como en la vida.

II

La parábola de Yerry

La mayoría de los colombianos no habíamos oído hablar de  Guachené hasta que Yerry Mina se empinó sobre sus casi dos metros de estatura y asaltó las porterías rivales con tres cabezazos mortíferos.

Tan mortíferos como las balas que segaron la vida de siete hombres en el municipio de Argelia, en el  mismo Departamento del Cauca del que hace parte Guachené.

Como ustedes saben, la última noticia se conoció cuando Colombia jugaba contra Inglaterra en los cuartos de final del Mundial de Rusia.

La algarabía por los cobros de la tanda de penales no dejó escuchar el estallido de los disparos en las montañas del Cauca.

En ambos casos perdimos.

Solo que los hombres asesinados en el Cauca ya no tendrán una segunda oportunidad sobre la tierra.

Y nosotros, los cómplices silenciosos, perdimos algo todavía más importante: la dignidad, el sentido del deber, de la responsabilidad histórica.

Como tantos, sospecho que esos asesinatos son el anuncio de la nueva guerra. O mejor dicho: de la continuidad de las viejas guerras. Las de la independencia, la de los mil días, la de liberales y conservadores, la de las guerrillas, la de los paramilitares, la de los narcos y la de las fuerzas del Estado.

El tamaño de la complicidad de todos es tal, que los periódicos más influyentes del país titularon casi igual en la primera página el miércoles 4 de julio.

¡Gracias por dejar el alma en la cancha!  Dice el titular de El Tiempo.

¡Gracias, muchachos, dejaron el alma! Escribió a su vez El Espectador

Y abajo, bien abajo, en letras así de chiquitas, ambos redactaron:  Masacre en Cauca y  Autoridades atribuyen al Eln la masacre  en Argelia (Cauca).

Lo grave es que los asesinados en el Cauca perdieron el cuerpo y el alma al mismo tiempo.

Allí reside todo el valor de la parábola de Yerry Mina: su cuerpo de guerrero no solo se alzó para marcar tres golazos que los aficionados agradecemos.

Sin ser consciente de ello, su proeza hizo que emergieran del mapa dos lugares cercados por el miedo, la violencia, la pobreza y el olvido: Argelia y Guachené.

Guachené y Argelia. No sé a ustedes, pero a mi esos nombres me suenan a un llamado para que los cómplices silenciosos empecemos a alzar la voz.

Como en el fútbol, todavía nos queda el tiempo suplementario.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.