Sin embargo, es probable que si de la Calle se postula como candidato presidencial por el Partido Liberal, incluso por un movimiento nacional, sea derrotado. Para la masa voluble que vota, los ortodoxos que se niegan a analizar opciones  y la legión de indiferentes que se abstiene, de nada valdrá haber servido a Colombia…

 

Por: Édison Marulanda Peña

Humberto de la Calle es el último exponente de las generaciones de políticos humanistas de Colombia. Aquellos que han buscado en la formación sólida que brindan varias disciplinas (las ciencias, las artes y la filosofía) maneras de entender las causas de los problemas graves, de explorar la condición humana y seguir una ideología de manera consecuente. Es una actitud que los diferencia de los políticos light, obsecuentes con los medios masivos de hoy dados a la trivialidad del «tema del día» para promover la indignación o aprobación hacia algo/alguien, en donde subyace el afán de generar empatía para ampliar el rating.

Sí, es una especie en vía de extinción a la que pertenece este liberal de discurso claro, abogado constitucionalista, lector y negociador con paciencia bíblica. Una especie que conformaban personajes que aguzaron los sentidos de la visión, el olfato y el oído para servir de puente hacia el futuro. Meditaban en los conflictos más acuciantes de la sociedad nacional para no improvisar y en cómo dialogar con la complejidad del mundo contemporáneo para no caer en el ostracismo. Desde luego, no todos tenían la coherencia suficiente.

Sin embargo, es probable que si de la Calle se postula como candidato presidencial por el Partido Liberal, incluso por un movimiento nacional, sea derrotado. Para la masa voluble que vota, los ortodoxos que se niegan a analizar opciones  y la legión de indiferentes que se abstiene, de nada valdrá haber servido a Colombia de manera oportuna durante el proceso de creación de la Constitución política garantista que nos adentró en la modernidad, ni el arduo trabajo de cuatro años como jefe del equipo de negociación del gobierno Santos en La Habana, para concertar una paz imperfecta, pero imprescindible para superar otro capítulo de nuestra barbarie cíclica. Esto es algo que seguramente la mitad del país, que no acepta todos los puntos del acuerdo firmado con las Farc, estará pronta a increparle más a que a valorar.

Él parece condenado a vivir ese desencuentro con su pueblo que Winston Churchill no pudo prever después de concientizar a su rey Jorge VI de proteger a Gran Bretaña y a la democracia del mundo occidental, poniendo sus dotes de estadista, de orador y escritor como armas para ayudar a liberar a Europa de las garras del fascismo alemán e italiano. Alberto Lleras, en un ensayo-perfil titulado El hombre del siglo, dice que el 8 de mayo de 1945, Churchill anunció la victoria de los aliados ante la Cámara de los Comunes. «Once semanas más tarde el pueblo británico concurrió a las urnas y dio espaldas a su héroe por margen aplastante. Parecía querer decir a su gran guía militar que lo había hecho bien, pero que los problemas de la paz requerían hombres diferentes», explica con su estilo caviloso Lleras Camargo (revista Visión, 1965).

A diferencia de Churchill, de la Calle quedará privado de recibir el máximo honor al que aspira un demócrata: gobernar su nación y no pasar inadvertido. Y como seguramente tras obtener el aval de candidato recibiría el apoyo del nuevo partido de las Farc, este sería el abrazo de oso que socavaría definitivamente su aspiración.

En su libro La civilización del espectáculo (2012) Mario Vargas Llosa dedica el capítulo 5 a examinar el cambio en la forma de relacionarse en tres temas cruciales para la vida en sociedad: cultura, política y poder. En una de sus reflexiones observa:

Ya hemos visto cómo, al compás de la cultura imperante –él la denomina civilización del espectáculo– la política ha ido reemplazando cada vez más las ideas y los ideales, el debate intelectual y los programas, por la mera publicidad y las apariencias. Consecuentemente, la popularidad y el éxito se conquistan no tanto por la inteligencia y la probidad como por la demagogia y el talento histriónico.

Esto resulta comprobado desde que ganó la presidencia de la república un personaje de la medianía de Andrés Pastrana.

Es por esto que quienes nos reconocemos como moderados de la franja de centro –no del partido Centro Democrático, la ultraderecha que orienta el expresidente Uribe Vélez–, debemos buscar un aspirante que tenga el perfil y la entereza de asumir los desafíos del momento. Entre los que están: proseguir la implementación de los acuerdos de La Habana y construir lazos de confianza con los sectores más escépticos; concertar la paz con otros actores armados ilegales (Eln, Bacrim, mafias del contrabando) y exigirles que entreguen, además de las armas, la mayor parte de su fortuna; tramitar con carácter de prioridad la reforma estructural de la justicia; atender las demandas de los sectores populares para reducir la brecha social y persuadir a los empresarios de que para crecer el consumo interno se necesitan mejores salarios; buscar con audacia, y apoyado por un buen equipo económico que conozca el país real –no el de meros egresados de Harvard, expertos en fórmulas que solo funcionan en los libros–, cómo aumentar el PIB para garantizar a todos las condiciones de una vida digna.

Por lo que indican varios sondeos de opinión y la polarización nacional no es la hora de Humberto de la Calle, sin desconocer sus calidades.

Hay que buscar otra figura que no esté desgastada por el acumulado de sus esfuerzos, que no pueda ser descalificada por sus acciones o aliados de otro tiempo, que tenga experiencia en la cosa pública y genere confianza en los gremios, con conocimiento de la economía para no actuar irresponsablemente como un populista ni tan insensiblemente como un neoliberal que aspira a un cargo en la OMC, que entienda qué es y el cómo de la educación para llevar a Colombia por la senda de un desarrollo sostenible, que sea capaz de comunicarse con claridad y fluidez, que no engañe simulando buena salud porque gobernar bien es quizá el trabajo más arduo –después de las maratónicas jornadas del conductor de taxi– que existe en nuestro país.

¿Será pedir demasiado?