¿Por qué, entonces, actuó deliberadamente presentando las mismas obras en la Alcaldía? ¿No sigue actuando en igual sentido, ahora que intempestivamente instaló estas imágenes en un corredor de la Facultad de Bellas Artes y Humanidades de la Universidad Tecnológica? 

Por: Margarita Calle

Hay imágenes que por su contenido resultan insoportables para quienes se enfrentan a ellas.

Bien sea por tabú o por lo grotesco de la representación, la reacción que despiertan es de rechazo y, por consiguiente, de censura. Una práctica común desde la antigüedad, fundada en la intolerancia, el fanatismo, los prejuicios fundamentalistas, y el apego a determinados patrones estéticos y culturales que, a pesar de las transformaciones y aperturas animadas por nuestro tiempo, siguen teniendo eco en los contextos donde se presentan.

Un ejemplo de esto lo encontramos en las acciones que llevaron al alcalde del municipio de Santa Rosa de Cabal (Risaralda) a retirar de los pasillos de la Alcaldía, la muestra de fotografías del artista Rodrigo Grajales, titulada “Obliteraciones”. No obstante el reconocimiento y respeto que tengo por el trabajo de este fotógrafo, quiero señalar que esta vez el alcalde actuó de manera acertada, y que tal censura está suficientemente motivada. Veamos por qué.

Se ha vuelto una práctica común que los artistas realicen obras en espacios privados, como lo son sus estudios o talleres, y que luego, por alguna coyuntura, decidan presentarlas en escenarios públicos, de circulación abierta, sin que medie ninguna relación con el contexto o con los públicos potenciales. Investidos por su condición cultural, los artistas actúan como los tiranos que tanto critican, imponiendo sus visualidades sin consideración alguna, como si los públicos no tuvieran la oportunidad de decidir qué quieren ver y cuándo desean verlo. Hacer arte público o arte para espacios públicos exige, en primera instancia, la práctica de la alteridad,como condición ética, estética y política para conjugar las intenciones del creador con las opciones del público espectador.

Es diferente cuando el artista produce su obra en las mismas condiciones subjetivas, pero con el fin de presentarla en un espacio destinado para este propósito, llámese galería, museo o sala de exposiciones. El público que asiste a estos escenarios lo hace con conocimiento de causa: va a mirar determinada exposición. Si por alguna circunstancia aquello con lo que se encuentra le disgusta, se retira del recinto y no suele pasar mayor cosa.

No sucede lo mismo en el caso de la censura que estamos refiriendo. Las personas que frecuentan una Alcaldía lo hacen por razones ajenas al mundo del arte. Lo más común es que si en este espacio se encuentran con una serie de imágenes de gran formato, de cuerpos desnudos y encapuchados, tengan alguna reacción. Raro sería que no pasara nada.

Recordemos que esta exposición se presentó por primera vez el 13 de abril de 2012 en la sala Yves Klein de la Alianza Francesa de Pereira. En un acto de consideración con los espectadores, el curador colocó un aviso, a la entrada de la sala, en el que se advertía que los menores de edad debían estar acompañados de un adulto responsable. Deducimos que el artista estuvo de acuerdo con que se fijara la advertencia, porque en conversaciones que sostuve con él hizo referencia al impacto que estas imágenes tenían en los espectadores. ¿Por qué, entonces, actuó deliberadamente presentando las mismas obras en la Alcaldía? ¿No sigue actuando en igual sentido, ahora que intempestivamente instaló estas imágenes en un corredor de la Facultad de Bellas Artes y Humanidades de la Universidad Tecnológica? 

¿No es esta, acaso, una expresión más del autoritarismo y la tiranía visual a la que nos someten repetidamente los productores de imágenes?

Habrá que esperar las reacciones de los nuevos públicos.