Mateo Ortiz GiraldoBusquemos pues a la señora Libertad, a su hermana indeseada Justicia y a la infanta enferma Democracia, bajo los escombros de la política colombiana, escombros de un edificio que se derrumbó antes de ser construido.

Por: Mateo Ortiz Giraldo

“Política”, es una palabra esdrújula, con acento diacrítico, con múltiples connotaciones lingüísticas; herencias latinas, griegas y romances, además de contar con una trascendencia cultural delineante: de tendencias gubernamentales, de hábitos actitudinales y, ante todo, conductas jurisprudenciales. La política es pues, gramaticalmente hablando, una palabra rica en aplicaciones y significados; pero la realidad respecto al uso de ella resulta pobre y decadente, por lo menos en el ámbito colombiano.

Colombia es un país donde pululan como bacterias los ideales políticos con miras a la participación ciudadana y por consiguiente a la administración pública. Estos llamados “partidos políticos” están estructurados sobre bases fanfarronas, slogans llamativos con letreros de neón, logos inspiradores y convergencias, que más bien lucen como conveniencias, políticas.

En los tarjetones para la Cámara de representantes, Senado, alcaldías, gobernaciones y para la presidencia, encontramos: Banderas rojas ondeantes; caballeros de alto rango con la mano derecha sobre el lado izquierdo del pecho, con frases trasnochadas adornando su candidatura; señoras y señores con sus labios contraídos por simulaciones de sonrisas y con sus puños alzados como si de enardecidos europeos se tratase. Todos estos próceres de la nación, ilustres abanderados de la política nacional, se pavonean con sus plumas coloridas y brillantes, por toda la jungla gubernamental educada en refinadas aulas europeas, norteamericanas o, con un bajo porcentaje, colombianas; caminan por todo el territorio nacional esparciendo con discursos casi religiosos su ganas disimuladas de llenar sus arcas monetarias con salarios estrambóticos y regalías típicas de la megalomanía a la que nos acostumbramos o nos acostumbraron.

Ellos, los politiqueros, creen o nos hacen creer que pregonan pensamientos nuevos, revoluciones socio-político-económicas; los “anhelados cambios” que los colombianos llevamos esperando por años (El mismo tiempo que llevamos deseando ser “primer mundistas”, desarrollados, alguien ante los ojos de la globalización. Esto se traduce en los años que llevamos plantados como sembradíos del patio trasero de nuestros colonizadores) Pero en realidad estos ladrones de cuello blanco, percudido ya de tanto ser lavado con sabotajes, chantajes y sobornos, no promueven ninguna re-estructuración, no, ellos continúan patrocinando el único sentido que hemos conocido de la política: Manipulación sazonada con auto-analfabetismo. Hay que tener en cuenta que aquí la política, salvo por algunos mártires, no ha sido aplicada como debería ser (¿Cómo debería ser? Allí está el quid del problema, no sabemos nada sobre la aplicación de la política, nos limitamos a leer con ojos soñadores el significado de esta palabra ¡Ojalá la Real Academia de la lengua Española diese lecciones para aplicar los significados de las palabras que se encarga de definir!)

Aquí sólo hemos conocido la politiquería, es decir, la prostitución más baja de la política. Sentimos orgullo al hacerle marketing, al abrirle venta cada cuatro años al único y maltratado medio de inclusión gubernamental. En este sistema politiquero los ciudadanos comercializan sus conciencias, las subastan al mejor postor, éste les paga con el dinero de las contribuciones públicas y el compatriota considera esta acción como una transacción satisfactoria. La politiquería es la denigración del hombre organizado en sociedad.

Me gustaría pensar que las libertades que nos tomamos al aplicar la política como medio para elegir a quienes nos gobiernan, no nos llevará sobre sus quema alas directo a la perdición que es la desesperanza y el desinterés ¿Cómo permitimos que la frágil democracia contrajese este mal de miopía política?

¡Qué cortos de visión somos al elegir siempre a los mimos cínicos! Nietzsche tenía razón con su planteamiento del eterno retorno. Nos condenamos, con nuestra ceguera política, a seleccionar casi al azar del mismo lugar: Coaliciones; uniones patrióticas; polo bajo cero; liberales atados; conservadores sumergidos en formol; uribistas que son del partido santista; santistas de la U con desviaciones al centro democrático corrido un poco a la derecha; porta voces de dios que con sus “discapacidades” le es permitido aún ingresar a su iglesia / directorio político.

Busquemos pues a la señora Libertad, a su hermana indeseada Justicia y a la infanta enferma Democracia, bajo los escombros de la política colombiana, escombros de un edificio que se derrumbó antes de ser construido.