LA VIRTUALIDAD NO DEBE SER EL FUTURO DE LA EDUCACIÓN

Muchos de los usuarios de educación pública superior habitan en veredas y barrios periféricos, donde la conectividad virtual no les facilita acceder a una clase, sin mencionar las desconexiones, fallas de audio, ruidos externos que son pan de cada día.

 

Por / Alberto Antonio Berón Ospina

En la actualidad se han publicado cientos de artículos, relacionados con la pandemia, clamores de organizaciones sociales, quienes han demostrado que la conservación de la salud y la vida resulta un privilegio de pocos, especialmente en América Latina.

Nos referimos a contar con un vehículo propio, trabajar para el estado, contar con una actividad estable que nos permite laborar desde un ordenador, ser jefe, habitar en un lugar de mayor asepsia o aislamiento.

Apoyándonos en una de la tesis de Henri Lefebvre acerca de la producción social del espacio, consideremos al mundo que vivimos como reordenado a partir de la optimización. Quienes no cuentan con el privilegio de la distancia, se ven obligados a estar en ciudades diseñadas bajo la lógica de la optimización económica.

Se amplían los negocios, pero se estrechan las viviendas. Las aceras de peatones cada vez más reducidas, las sillas de los transportes públicos terrestres pensados para introducir el mayor número de usuarios, igual sucede con los aviones.

Se trata de un mundo que vive de contactos, intercambios, flujos, circulaciones comerciales. Por lo anterior, algunos discursos empresariales sugieren reactivar esos flujos rotos; el planteamiento tiene eco en distintos ámbitos de nuestra sociedad, incluso en la misma educación.

Como docentes universitarios podemos disfrutar de algunas de las condiciones de la distancia, convirtiéndonos en testigos de primera mano, a través de la “teleclase”, y las redes sociales, de un sinnúmero de dificultades materiales y emocionales que viven nuestros estudiantes, sin mencionar lo que puede estar pasando en los colegios, que resulta todavía más inquietante: escuelas con computadores obsoletos, niños que en sus casas carecen de equipos.

Las universidades han sacado pecho, asumiendo la virtualidad como si por siempre hubiésemos estado inmersos en ella, sin tener en cuenta las condiciones de conectividad y los equipos que poseen la mayoría de los estudiantes. En algunos casos han pretendido suplir esa situación suministrando dispositivos de capacidad muy limitada pues no les permite participar de las clases, únicamente les alcanza para leer documentos.

Muchos de los usuarios de educación pública superior habitan en veredas y barrios periféricos, donde la conectividad virtual no les facilita acceder a una clase, sin mencionar las desconexiones, fallas de audio, ruidos externos que son pan de cada día.

El perro que ladra, la mamá que llama, todo el sonido de la cotidianidad.  En este momento, el acceso a la conectividad y la tecnología representa otro privilegio, complementario al de estar en casa.

Por lo anterior, más que transferencia de conocimiento, lo que nos ha permitido el recurso de las “teleclases” es saber sobre las condiciones materiales de vida para un sector de nuestros estudiantes de educación pública, a partir de lo que ellos mismos cuentan o experimentan: la violencia en el interior de las familias, desempleo, el consumo de sustancias como  consuelo de vecinos y propios, trapos rojos en las ventanas, temor a lo frágil de las condiciones de la salud pública, personas que buscan salir a la calle para sobrevivir.

Finalmente, la educación en la red no reemplazará el “aquí” y “ahora” de la interacción real.  Paradójicamente, la frágil e inequitativa virtualidad puede proteger más vidas en este momento de la expansión de la pandemia en Colombia, que un regreso, por escalonado o sectorizado que sea, a la universidad presencial.

Estudiantes y trabajadores hacen uso del transporte público, realizan recorridos de una hora o más, donde tienen contacto con distintos seres humanos. ¿Quién responderá por esas vidas, justificándose en el cumplimiento de la totalidad de los currículos? La vida es lo único que no se puede negociar, el resto se puede postergar.

¿A qué se debe la premura por terminar un semestre, como si estuviéramos en condiciones de normalidad? En el afán hemos perdido la oportunidad de tramitar el duelo, que ha significado distanciarnos espacial y emocionalmente de seres queridos, de amigos, de los mismos estudiantes, compañeros, lugares donde nuestra existencia usualmente transcurría, así mismo el análisis del hecho histórico del cual estamos siendo protagonistas.

Detenernos por un tiempo, vivir en un ritmo más lento. Pareciera que nuestra civilización   se rehúsa, a pesar de estar gravemente herida, a pausar, por lo menos cambiar de velocidad, para talvez así encontrar un futuro distinto a la tragedia de la cual la covid 19 es apenas una muestra.