Todos esos Infantinos, Domínguez, Bedoyas, Vélez y Jesurunes me provocan una acidez estomacal que solo puede aliviar uno de esos tragos largos de ron Tres Esquinas que el poeta Aranguren desembarca por cajas  luego de sus viajes a Santa Marta.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

El día del alumbrado estaba de regreso, borracho, lúcido y feliz.

Aunque, tratándose del poeta Aranguren, esto último es una redundancia.

Tocó a mi puerta la noche del siete de diciembre cuando ya las últimas velas del alumbrado estaban a punto de extinguirse.

¡Coooññoooo, compadde, podd fin mi Unión Maddalena del alma volvió a la primera divijjión!

Gritó, blandiendo una botella medio vacía de  ron Tres Esquinas.

Yo, que  me declaré apóstata desde que el crimen organizado se apoderó del fútbol, intenté desviar la conversación hacia el más reciente absurdo: que la final de la Copa Libertadores Boca- River se jugara a diez mil kilómetros de casa, en ese templo de la asepsia, el clasismo y el racismo llamado estadio Santiago Bernabeu.

La vida es sabia y da lecciones, poeta –le dije-. Al tiempo que el presidente Macri recibía a sus colegas del G20 con la esperanza de recoger algunas migajas, la dirigencia deportiva de su país era incapaz de organizar y controlar dos partidos de fútbol.

Un aguacero primero y una pedrada después hicieron trizas el hiperbólico lenguaje de los periodistas porteños, que hablaban de El partido del siglo y anunciaban -apocalípticos- que el perdedor de ese juego desaparecería de la faz de la tierra por lo menos durante veinte años.

¡Qué Boca ni qué Rived, coooññooo! Te  estoy hablando del Unión Maddalena, replicó, dispuesto a echarme las manos al cuello.

Y sí. Como siempre, Aranguren tenía razón. El equipo cantado por Carlos Vives y por más de un juglar vallenato está de regreso a la primera división, después de un calvario  de trece años en la B.

Salió campeón en 1968, con una nómina en la que brillaban el gran Alfredo Arango, Aurelio Palacios y el paraguayo Ramón Rodríguez, entre otros.

A partir de ese momento empezó a desvanecerse, cuando cayó en las garras de una familia de  mafiosos que lo utilizó para lavar dineros provenientes del  tráfico de marihuana plantada en la Sierra Nevada de Santa Marta.

En 1979 , una década después de alcanzado  su único título, disputó las finales con el América de Cali, que también estaba en manos de otro clan de narcos, el de los Rodríguez Orejuela.

Luego cayó en picada hasta las tinieblas de la segunda división.

Durante todo ese tiempo, como corresponde a los nacidos para perder, vivió del recuerdo de haber visto surgir en su cantera al grandísimo Carlos “El pibe” Valderrama.

Pero el poeta Aranguren, romántico al fin y al cabo, nunca dejó de amarlo.

Durante sus periódicos viajes a la costa caribe, lo siguió por pueblos más o menos perdidos que lo acogieron durante su exilio de equipo sin estadio.

¡Miedddaaa, podfin volvijte a  la senssatej! Me dijo, ya calmado, como uno de esos fanáticos religiosos que recuperan la cordura cuando uno les dice que sí, que sí, que tranquilos, que su Dios es el único Dios verdadero.

No es para tanto, viejo- le respondí- De cualquier manera, no  puedo evitar pegarles una puteada de vez en cuando a esos que secuestraron el juego que aprendí a amar desde el remoto día de mi infancia en que mi  abuela Ana María, alma bendita,  me regaló la primera súper bola número cinco que cayó a mis pies.

Todos esos Infantinos, Domínguez, Bedoyas, Vélez y Jesurunes me provocan una acidez estomacal que solo puede aliviar uno de esos tragos largos de ron Tres Esquinas que el poeta Aranguren desembarca por cajas  luego de sus viajes a Santa Marta.

La Santa Marta de sus versos, sus vallenatos, sus mulatas y su “Ciclón Bananero”.

Así le decían al Unión Magdalena en  sus breves tiempos de gloria.

Aunque, la verdad, hoy no sea más que un vientecillo incapaz de empujar la más ligera embarcación.

Pero eso a Aranguren no le importa.

Al menos por ahora.

PDT:  les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada