De modo que el 2 de octubre comienza la tarea más difícil: cumplir los pactos y reinventar el lenguaje. Por ahora tenemos un mes para empezar a recomponer el camino. Llenarnos de argumentos en favor del sí, respetando a quienes opten por el no.

GUSTAVO COLORADO IZQPor: Gustavo Colorado Grisales

Pero también aquella estirpe

Fue desdeñosa de los dioses

Y cruel y hambrienta de masacres

Y violenta: conocerás que habían

Nacido de la sangre.

(Ovidio. Metamorfosis, I. 160-2)

Sucedió a las tres de la madrugada del domingo 28 de agosto en una taberna de mi vecindario. Como bien sabemos, a esa hora todos los borrachos del mundo se vuelven cantantes. Y como, desde luego, no saben cantar, se desgañitan en coro tratando de compensar a gritos sus carencias.

Pues bien, el día mencionado no cantaban: discutían sobre el plebiscito en el que el 2 de octubre los colombianos deberemos   resolver el rumbo de uno de nuestros muchos conflictos armados: el del Estado, una parte de la sociedad y la guerrilla de las Farc.

Empiezo por corregirme: los borrachos no discutían: se insultaban y se trataban de arrodillados o de bandidos, dependiendo del bando escogido para terciar en la controversia. En medio de la contienda se escuchó un estropicio de vidrios rotos que, por fortuna, no tuvo mayores consecuencias.

Antes de levantarme, pensé que así hemos vivido los colombianos el tránsito hacia esta oportunidad que nos brinda la historia: confundidos, exaltados y más prestos a insultar al contradictor que a escuchar sus razones. Faltos de lucidez y pobres en argumentos, apelamos al escarnio como instrumento para silenciar   a los otros.

Por mi parte, votaré por el sí a la paz el domingo 2 de octubre. Mis razones son simples: he visto correr demasiada sangre por ríos, calles y caminos. He oído demasiado llanto de huérfanos y viudas. Por eso, como en la canción del viejo y querido John Lennon: “Todo lo que pedimos es que le den una oportunidad a la paz”.

Pero mucho me temo que antes de silenciar los fusiles, debemos desmontar el arsenal oculto en el lenguaje. Ustedes y yo guardamos bajo la lengua toda una batería de palabras y frases dirigidas a descalificar las razones del otro, cuando no a destruirlo.

Veamos unas cuantas:

Todos los políticos son ladrones”, afirmamos, cuando bastaría con examinar la gestión pública de hombres como Antanas Mockus o Antonio Navarro Wolff para desmentir el aserto.

“Prefiero un hijo ladrón o asesino a un hijo marica”, proclaman todavía cientos de padres, ignorantes de la dimensión del despropósito que equipara las inclinaciones sexuales a un crimen.

“¡Vieja bruta! ¡Mujer tenía que ser!”, gritan automovilistas y peatones ante la menor infracción de tránsito protagonizada por una dama al volante.

“¡Este sí es mucho indio!”, decimos ante la muestra de torpeza de quien camina a nuestro lado.

“Esa es una zorra”, sentencian cientos de mujeres -y hombres también- cuando sus congéneres asumen el libre disfrute de su cuerpo y su sexualidad.

“Ese tipo es un lambón”, se dice de quienes en el barrio o en el trabajo muestran espíritu cooperativo.

Podríamos seguir enumerando y no acabaríamos. Vivimos levantados en armas. La palabra, cuya función primordial es comunicar, devino entre nosotros material explosivo.

Sabemos desde siempre que las palabras sanan o hieren. Sin embargo, a menudo obramos como si lo ignoráramos.

De modo que el 2 de octubre comienza la tarea más difícil: cumplir los pactos y reinventar el lenguaje. Por ahora tenemos un mes para empezar a recomponer el camino. Llenarnos de argumentos en favor del sí, respetando a quienes opten por el no. Hasta ahora hemos permitido que la búsqueda de la paz se convierta en una rebatiña de dos políticos y sus seguidores sacándose los ojos en los medios de comunicación, en las plazas, en las redes sociales y, como los borrachos de esta historia, en las esquinas y tabernas.

En 1641, en un bello y breve libro titulado Meditaciones metafísicas, el pensador René Descartes nos enseñó un principio fundamental: “Los actos de la voluntad deben estar precedidos de los actos del entendimiento”, escribió el francés. Dicho de otra manera: debemos pensar antes de obrar.

Esas palabras deberían servirnos de punto de partida para emprender la reflexión, el análisis y la búsqueda de argumentos que nos lleven a tomar la más lúcida de las decisiones, ahora que la vida y los avatares de la política nos otorgan esta oportunidad.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada