GUSTAVOCOLORADOCuando se produce  un cambio de gobierno se repite la situación: en cumplimiento de sus atribuciones los nuevos funcionarios  revisan los documentos y expiden un oficio conminando a Jaime Ochoa a marcharse con sus libros  a otra parte.

Por: Gustavo Colorado

Al  escritor Euclides Jaramillo Arango, autor entre otros textos de  un libro titulado “¡Terror!: crónicas del viejo Pereira, que era el nuevo”, se le atribuye una frase destinada a caracterizarnos como sociedad. “A los pereiranos las únicas letras que les interesan son las letras  de cambio”, le dijo un día al profesor Jaime Ochoa en  medio de una tertulia. Su reflexión aludía, claro, a nuestra proverbial indiferencia -cuando no desprecio absoluto- frente a las producciones intelectuales.

Décadas después la sentencia en cuestión se volvería premonitoria. Por enésima vez Jaime  Ochoa acaba de recibir notificación perentoria para que devuelva  el espacio del antiguo Palacio de Rentas Departamentales, ubicado en  la carrera 10 con calle 17 de Pereira, donde  funciona  con carácter provisional el centro de documentación conformado por miles de libros publicados en la región  a lo largo de más de un siglo y recopilados con paciencia de lector devoto durante toda su vida por el profesor. No sobra advertir que los ejemplares fueron adquiridos con dinero de su bolsillo y organizados durante muchas horas de trabajo, sin una remuneración distinta a la de su fervor por la palabra escrita.

El centro de documentación es un espacio abierto a lectores, investigadores, profesores, estudiantes, académicos o simples curiosos, atendido por el propietario de los libros en el tiempo que le dejan libres sus obligaciones como maestro. Cuando se produce  un cambio de gobierno se repite la situación: en cumplimiento de sus atribuciones los nuevos funcionarios revisan los documentos y expiden un oficio conminando a Jaime Ochoa a marcharse con sus libros  a otra parte. Entonces se reinicia una peregrinación por despachos oficiales atendidos por burócratas despistados, así como por las sedes de los  medios de comunicación en busca de una  fórmula de salvación para su patrimonio  bibliográfico, fórmula que siempre resulta provisional.

Desde hace  cuatro años, cuando empezó de manera formal el tránsito hacia la celebración del sesquicentenario de Pereira, la palabra memoria se convirtió en parte de la retórica oficial, al punto de que está  en marcha un programa denominado  “Cápsula de la memoria” cuyo nombre fue tomado de un producto mercadeado por el periódico El Tiempo unos años atrás. El vocablo reaparece cada vez que se menciona la necesidad de hacer un  alto  en el camino para inventariar los bienes materiales y culturales edificados  hasta el presente y a partir de allí trazar una ruta de viaje en el corto, mediano y largo plazo.

Que la memoria es clave para inventar y consolidar un destino individual y colectivo  resulta algo evidente. Sin embargo, esa lógica no opera en el caso del Centro de Documentación. Todo lo contrario: en lugar de asumir los libros como parte  irrenunciable de nuestro patrimonio, a sucesivas administraciones locales y regionales se les volvió un problema su conservación y difusión. Y ni siquiera se trata de un edificio generador de grandes costos. Es apenas una habitación donde conviven, apretujados, títulos como Las andariegas, de Alba Lucía Ángel; Las espirales de septiembre, de Juan Guillermo Álvarez; El laberinto de las secretas angustias, de Rigoberto Gil Montoya; Los hijos del agua, de Susana Henao o El río corre hacia atrás, de Benjamín Baena Hoyos, para mencionar solo algunos entre los centenares de títulos alojados allí.

Don Euclides Jaramillo Arango acabó exiliado en Armenia, donde pudo desarrollar a plenitud su trabajo literario y periodístico. Además, participó en la creación de instituciones académicas tan importantes como la Universidad del Quindío. En sus textos  nos legó un fino humor capaz de conmovernos hasta nuestros días. Al profesor Ochoa, quien –ironías de la vida- es además miembro de la Academia Pereirana de Historia, no le resta salida distinta a la de recorrer las calles, tocar puertas muchas veces protegidas con doble cerrojo, desahogar su impotencia con el primer contertulio que se le cruce en el camino y convencerse de que, a fin de cuentas, la realidad acabó dándole la razón a don Euclides.