KEVIN MARÍNEntonces me encomendé la tarea de investigar un poco sobre el asunto: hay miles y miles de escritores afrodescendientes, en Colombia se comprende un centenar.

Por: Kevin Marín

Hasta este momento no conocía a ningún escritor afrodescendiente, en realidad no conozco a ninguno por sus escritos, salvo por un abanico de nombres que nos ofrece la historia o el Internet.

El profesor de matemáticas llegó muy temprano al colegio, y después de empezada su clase en la que expuso algunos problemas relacionadas con gráficas de imagen y dominio -de las que por demás entiendo nada-, comenzó a hablar de un acto cultural que se realizará en el colegio, conmemorando el día de la afrodescendencia. Habló de las actividades a realizar: danzas, cantos, teatro y, finalmente, poesía.

Llamó la atención especialmente cuando lanzó unas palabras de reto: “Apuesto a que nadie aquí, en este salón, me puede decir el nombre de un poeta o escritor negro”. Y se hizo el silencio. Un canto de grillos.

Durante un tiempo me quedé pensando y, curiosamente -estúpidamente más bien-, lo único que se me venía a la mente eran músicos de blues y de jazz. Finalmente y ya vencido, le pregunté al profesor algunos nombres. Citó aproximadamente tres, de los cuales hoy no queda ninguno en mi memoria; a diferencia de la literatura indígena, de la cual se tiene un poco más de conocimiento, como mínimo con el relato Yuruparí y el Popol Vuh.

Entonces me encomendé la tarea de investigar un poco sobre el asunto: hay miles y miles de escritores afrodescendientes, en Colombia se comprende un centenar.  Esto, para muchos es algo obvio, que no tiene ni esconde nada nuevo, sin embargo, si hacemos el ejercicio de preguntar en la calle, por ejemplo, a los transeúntes los nombres de varios de estos escritores, nos daríamos cuenta con mucha facilidad cuál sería la respuesta, manifestada en un silencio.

Nombremos algunos escritores afrodescendientes colombianos: Manuel Zapata Olivella, con su novela Changço, el gran putas; Alfredo Vanín con Cimarrón en la lluvia, Rómulo Bustos con El oscuro sello de Dios. Y así sucesivamente con Óscar Collazos, Candelario Obeso, Hugo Salazar, Pedro Romero, e incluso la destacada Hazel Robinson y su novela “No give up!, !No te rindas!”, de la cual el Ministerio de Cultura realizó varias ediciones en el 2010.

El tema predominante de la literatura afrodescendiente se manifiesta casi siempre en torno a la esclavitud; el  valor de la historia como punto de partida para la reorganización del presente y el futuro, las tradiciones de los pueblos y los problemas inherentes a todos los seres humanos que no distinguen por color de piel. Es muy conocida, a modo de ilustración, la ocasión en que Candelario Obeso es ofendido por el político liberal Javier Zaldúa (después presidente), en la Plaza de Bolívar en Bogotá : “El poeta estaba a gatas simulando un caballo y entonando coplas subidas de tono; uno de sus amigos iba a horcajadas encima de él y el otro le tiraba de la corbata.   Cuando Zadúa vio tal escena, exclamó: “¡Es un macho negro!” . Obeso le respondió:

“¿Soy un macho negro?
¡Pues de ello me alegro!
Soy negro y soy macho,
como dice usted.
Y siempre prefiero ser un macho negro a ser burro blanco
como su merced.”

A pesar de tanta historia, anédoctas, del transfondo legítimo y doloroso, y de las reediciones que se hacen de las obras, que es un esfuerzo enorme, aún no es suficiente para conocer el trabajo de estos escritores que en nada se diferencian de aquellos que comúnmente conocemos, ya sea por sus escritos o por tener sus nombres en la memoria.

La literatura, ni nada, deben aceptar discriminaciones o distinciones de ninguna clase, muchos menos por la cantidad de melanina que cada uno de nosotros tenemos en la piel.