Lo que muchos suelen llamar hablas informales, desde la comodidad de sus hogares, es el influjo de la fuerza social que afectará la forma como se habla hoy en día y, posiblemente, en el futuro. Personas que creen hablar la lengua, sin embargo, no hablan más que una variedad de la misma.

 

Por: Jeins C. Cárdenas

En la calle, entre las cosas más gratas que se pueden hacer, está el escuchar. Sorprenden las maravillas que la lengua en acción permite ver. Como los sonidos de la naturaleza que traen consigo delicias a la mente, así también el caos de la ciudad –parques, barrios, cafeterías– tiene su magia, una magia que se expresa en el individuo hablante.

Personas que día tras día van llevando su cotidianidad y entre la charla, la risa y las emociones, dejan escapar de sus labios un sin fin de palabras. Diálogos al compás de un cigarrillo o un café, ambos, quizá. Conversaciones que van desde la política hasta la religión, momentos que dejan ver en los interlocutores todo un componente social, económico e ideológico. La lengua puesta en escena, en su hábitat natural: la calle.

Muchos son los registros que se dejan percibir, para nada estables, que van variando de un lado para otro. Por allí los señores: que la falta, que el penalti, que el mundial; sin duda alguna dejan intuir el tema del cual hablan. Unos pasos más allá dos vendedores guerreando con el día: que tres por mil, que con mucho gusto, que ya le devuelvo. A donde quiera que se mire habrá cantidad de situaciones llevándose a cabo, pequeños mundos dentro de la gran ciudad. “La fruta, el revuelto, a mil quinientos el kilo”, dice la señora en la plaza; “siga, siéntese, ¿quiere ver la carta?”, dice el mesero en el café. Cada labor y sus ciertas palabras, cada oficio y su uso del habla

Un encuentro de culturas, un encuentro de ideologías. La calle es y será el espacio propicio para maravillarse con lo que se dice o comenta, un choque de pensamientos se libra sin cesar. Brechas sociales separan a unos individuos de otros; son distintos los dialectos que se cruzan, cargados de tradición, creencias, saberes tan variados, pero inteligibles entre ellos.

¿Qué importa aquí la norma académica?, ¿de qué sirven esas normas lingüísticas en el trajín de la calle? Acá se encuentra desde un “buenos días, mi don, ¿necesita taxi?”, hasta un “buenas tardes, damas y caballeros, hoy les vengo ofreciendo un delicioso producto”. Individuos de aquí para allá, diciendo esto, comunicando aquello. Cada uno de ellos regidos por la misma institución, llena de normas que en ocasiones se desconocen, ya que “…los individuos son –expone Saussure – en gran medida inconscientes de las leyes de la lengua”. Sin embargo, las llevan a cabo, escapando a la hegemonía del buen decir.

Las personas van adaptando sus modos de decir a las circunstancias, de lo formal a lo informal, según lo demande la situación. En ocasiones, aunque el sujeto trate de adoptar un modo de hablar más aceptado, como una huella digital, su forma de decir y hacer deja ver la realidad de donde proviene.

“En consecuencia, todo interlocutor acomoda y ajusta su actividad discursiva a la importancia del establecimiento de una relación social y de la aspiración que se tenga con respecto a la creación de una imagen positiva de sí en el interlocutor”, afirman en su libro Areiza, Cisneros y Tabares.

Variedades en el discurso que se ajustan a lo que la misma necesidad exige. Un intento por pasar de un modo de hablar estigmatizado a uno de mayor prestigio, pretendiendo así agradar a la persona a la que se quiere dirigir la palabra. Intentar hablar bien para ocultar el bajo mundo de donde se viene, la falta de educación y oportunidades que a veces la vida niega a tantas personas. No obstante, esa lengua puesta en escena sabe exaltar el lugar donde ha nacido, las raíces inseparables que la envuelven.

Como no va a ser maravilloso observar, o más bien escuchar, las lenguas en acto. Lejos de lo artificial, lo arcaico, lo “correcto”, se enfrentan jornada tras jornada contra las inclemencias de la sociedad, el trajín de sobrevivir en la lucha diaria. Un habla por completo descuidada, desconocedora de los usos gramaticales y sintácticamente correctos.  Aun así, deslumbra por su ingenio, por su astucia.

Claro que es digno de admirar el tipo de lenguaje usado en las instituciones (las educativas, las políticas, las de alto prestigio y demás), tan meticuloso, tan sabio hasta donde puede observarse. Contextos que se prestan para la buena charla, desprovistos en su mayoría de preocupaciones.

Por otro lado, aquí, en la plaza, en las canchas, en el bar, prima la espontaneidad, el ahora o nunca, la flecha que se lanza y no regresa.  “Qué vulgar habla esa gente”, dicen algunos, pero “eso no importa”, o mejor, “vale güevo”.

Lo que muchos suelen llamar hablas informales, desde la comodidad de sus hogares, es el influjo de la fuerza social que afectará la forma como se habla hoy en día y, posiblemente, en el futuro. Personas que creen hablar la lengua, sin embargo, no hablan más que una variedad de la misma.