Los amigos de la paz

milu-1La paz es un líquido que se escurre en nuestras manos. Cuando la sentimos, al instante se nos ha resbalado. No obstante podemos hacer de un río de guerra un mar de paz, aunque no será fácil.

 

Por: María Laura Idárraga

Independientemente del proceso de paz al que actualmente le apuesta el gobierno Santos, debemos replantearnos qué tan amigos somos de esa idea de la convivencia pacífica y del sentir colectivo de la paz.

Es muy fácil salir a defenderla, levantar el índice y el corazón en memoria de nuestros hippies mientras posamos para sacarnos una selfie. También es muy fácil decir que somos pacíficos, que toleramos las diferencias y respetamos las múltiples formas de pensar; sin embargo, salimos en nuestros carros a pitar e insultar cuando a alguien se le apaga el carro, o nos burlamos descaradamente cuando algo le sale mal a los demás.

Promulgamos la idea de generar territorios de paz incluso en nuestros hogares, pero hay niños que todos los días soportan abusos o tienen que ver cómo sus padres se pelean, llegando incluso a la agresión física.

A diario escuchamos las intervenciones de políticos que abogan por la paz y quienes se sienten fervientes en sus deseos de seguir en guerra. Aquellos que despistan a la opinión pública hablando de justicia para no permitir la impunidad, pero no se atreven a ser judicializados por los cientos de actos atroces cometidos contra la población civil.

También se visten de verde y sacan banderas blancas para marchar sobre calles de asfalto y hierba, pero intentan a toda costa echarle tierra (o escombros) a sus delitos todavía impunes.

Los amigos de la paz no necesitan estar en contra o a favor de los diálogos que actualmente se viven en La Habana. Tampoco están obligados a aprenderse la historia de la guerra de pi a pa en el país, ni tienen que hacer obras de caridad para sentirse más humanos. Basta con respetar los espacios del otro, tolerar las diferencias, convencerse de que hay métodos más sabios y constructivos que las armas.

Basta con que enseñen a sus hijos los buenos hábitos del pacifista, esas personas que andan por ahí regalando una sonrisa, saludando o hablando pausadamente. O simplemente basta con que enseñen, cualquier cosa, maneras de salir adelante, de encontrar oportunidades donde solo se ven fracasos, de ver y reconocer al otro.

Hoy todos los columnistas (la mayoría) escriben sobre los diálogos de paz. Algunos hablan de lo mismo, de todo un poco, de los últimos avances, del cese bilateral del fuego, de los muertos, de los vivos, de los desaparecidos. Pero pocos hablan de mecanismos para vivir y contagiar paz; pocos hablan de los métodos simples como sonreír, saludar, dar las gracias o despedirse.

La paz es un líquido que se escurre en nuestras manos. Cuando la sentimos, al instante se nos ha resbalado. No obstante podemos hacer de un río de guerra un mar de paz, aunque no será fácil. Todavía hay que acabar con esa sed de justicia que a veces tomamos por mano propia, pero también hay que acabar con esa burocracia y lentitud del sistema judicial. Primero hay que reconocer quiénes seremos los amigos de la paz, luego será nuestro deber contagiarla.