Les digo que, no contentos con las cifras devengadas, los tipos le roban el pago de los impuestos a la sociedad que los hizo millonarios. Pero eso sería meterse en las arenas movedizas de la ética. Y con ellos eso sí que no.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

“¿Cómo así? ¿Es que los futbolistas eran pobres?”

La perplejidad del joven estudiante de secundaria era sincera.

Para él, igual que para casi todos sus compañeros de generación, lo usual es que los deportistas sean ricos, tengan modelos tan famosas como ellos en su catálogo de amantes y conduzcan automóviles  solo permitidos a magnates y mafiosos hasta un par de décadas atrás.

La pregunta surgió cuando les compartí las anécdotas sobre mis encuentros mañaneros con Jairo Arboleda, Osvaldo Calero y Hernando García, tres viejas glorias del Deportivo Pereira de los años setenta del siglo anterior.

Los dos últimos ya están muertos. Les sobrevive El maestrico Arboleda, quien de vez en cuando aparece por ahí recibiendo un homenaje o dirigiendo algún equipo en apuros.

El cuento es que me los encontraba a las cinco y treinta de la  mañana en el paradero de buses. Yo esperaba el bus del colegio mientras ellos aguardaban la ruta urbana que los llevaba al lugar del entrenamiento.

“¿Y ninguno tenía auto?”

No. Ninguno  tenía auto. Es más: ni sumando los sueldos de los tres habrían podido reunir  para comprar un cacharro de segunda mano.

Estábamos en un taller de crónica, de modo que decidí rememorar unas cuantas historias tomadas de los tiempos cuando la práctica del deporte era un fin en sí misma o, en el más extremo de los casos, una manera de honrar el lugar de origen.

Ustedes ya saben: el amor a la camiseta, a la ciudad o al país. Esos valores románticos de los que casi nadie se acuerda.

Para empezar, les relaté las hazañas de Rubén Darío Gómez, “El tigrillo de Pereira”, un corajudo ciclista que hizo temblar a los legendarios Ramón Hoyos y Cochise Rodriguez, disputándoles las etapas por carreteras sin pavimentar, cruzando riachuelos sin puentes y escalando montañas imposibles a lomo de unas pesadas bicicletas que hoy harían sonreír a esos súper campeones habituados a la fibra de carbono, a las camisetas térmicas, al manubrio aerodinámico y otras sofisticaciones.

Pues bien, El tigrillo vino a tener casa propia cuando el padre Valencia, un cura idealista y fanático de los deportes, lideró una campaña cívica para recaudar dineros con ese fin, les dije.

Todos se miraron extrañados: crecieron viendo esos programas de televisión donde les muestran a los espectadores las mansiones de Lionel Messi o de Cristiano Ronaldo. Para ellos el deporte no es un asunto de sangre, sudor y lágrimas. Todo lo contario: es una suerte de ábrete sésamo con línea directa hacia la fama y el derroche sin límites.

Inútil hablarles de los millones de niños y jóvenes que no logran dar el salto y son abandonados todos los días a una deriva que casi siempre termina en las mafias de la trata de personas.

Entonces les tracé un mapa de la miseria donde los sueños de futbolistas y boxeadores se confunden: Tumaco, Buenaventura, Quibdó, Apartadó, Carepa, Turbo, Cartagena, Turbaco, Soledad, Barranquilla, Santa Marta, Pescadito, Riohacha.

En las márgenes de esos lugares generaciones enteras  intentan abrirse camino a patada o a puñetazo limpio en una batalla sin tregua que casi nunca tiene la recompensa soñada.

Entre esos miles, el futbolista Juan Guillermo Cuadrado ha conseguido hacerse a un lugar en las élites. Por eso se le ve tan alegre en la televisión.

Porque en la televisión reside la clave de todo. Los  deportistas multimillonarios aparecieron cuando los magnates de ese medio descubrieron el filón. Los fanáticos del deporte, y en especial del fútbol, son un mercado en constante crecimiento y siempre dispuesto a la seducción. Si usted transmite los juegos en directo, los anunciantes tendrán a su alcance una masa de consumidores a su entera disposición.

Y el  negocio se disparó. Por eso  los monopolios televisivos inventan torneos distintos todos los días.  Cada juego es una nueva factura por derechos de transmisión, por publicidad y por las transferencias internacionales de  los deportistas  expuestos en esa vitrina.

Y como  sin artistas no hay negocio,  es apenas natural que los triunfadores ganen duro y de paso hagan que los hinchas se olviden  de los perdedores.

Pero esa es la vida, dirá usted.

Y sí, tiene toda la razón.

Porque así es la vida, florecen esos sitios web donde le cuentan a la gente cuántos polvos se echó el deportista famoso durante la última temporada, incluyendo los nombres y las fotografías de las chicas invitadas a la juerga.

Y ese tipo de información también vende.

Pero por ahora intento explicarles a estos muchachos que no siempre fue así.

Es más: hoy los futbolistas pobres y desconocidos exceden en número a los ricos y célebres.

Entonces,  viene en mi ayuda la imagen de Omar Orestes Corbatta. Un argentino borrachito y genial que llegó al Deportivo Independiente Medellín en los años sesenta.

Cuentan que era una proeza obligarlo a usar botines: se acostumbró a jugar descalzo en los potreros de su país. Por eso sabía poner la pelota lejos del alcance de los rivales y pegarle con la potencia de un martillo.

Un día lo invitaron a jugar en Colombia y el hombre se embarcó en un avión.  Total, iba a seguir haciendo lo suyo: jugar fútbol, beber y marcar goles.

Ni siquiera preguntó cuánto se iba a ganar. Ni falta que le hacía: era analfabeto.

Solo sabía sumar goles y gambetas, les dije a los muchachos.

A esa altura del taller me miraron con aire de fastidio: a ellos les inquieta que la justicia “persiga” a sus ídolos Cristiano y Messi.

Les digo que, no contentos con las cifras devengadas, los tipos le roban el pago de los impuestos a la sociedad que los hizo millonarios.

Pero eso sería meterse en las arenas movedizas de la ética.

Y con ellos eso sí que no.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

 https://www.youtube.com/watch?v=l3LFML_pxlY