Freddy-Alan-Gonzalez-SalazarLa naturaleza satírica del arte varía según la materia que trata, el equilibrio de afirmaciones y negaciones de los temas eternos, de los laberintos de las pasiones humanas, los cuales deberían ser impulsados por la prudencia.

Por: Alan González Salazar

Qué distancia hay entre ser un mafioso de la información y llegar a ser un escritor, y digo llegar a ser como si todo dependiera de publicar una obra, lamentablemente se trata de otro estado. A lo largo del camino he venido relacionándome con diferentes jóvenes que anhelan consagrar su producción literaria, pero lo que más se destaca en su personalidad es la ansiedad y un notable desequilibrio de la percepción, aclaro que no se trata del arrogante mutismo racional sino, por el contrario, de sus contenidos, ya que la obra se ve gobernada por cánones inconscientes, donde vierten sus miedos, su desesperanza; imágenes recurrentes como la noche, el silencio, la lluvia, una mujer muerta, algunos delirios nerviosos que hacen la prosa vertiginosa y dolorida…

El resentimiento justificado a través de una catarsis conceptual le resta sentido estético y lo convierte en terapia ocupacional, diálogo personal con los deseos y los ideales, cuestionamiento exhaustivo del grave misterio de la muerte y la eternidad…  la ansiedad que despiertan algunos destellos de belleza en la particular disposición de las palabras, no es excusa para pedir que sean escuchados, se hunden en las mismas horas fugitivas en las que fueron creadas. Han cambiado las formas; leer lo que nos rodea, paradójicamente, es lo que genera mayor dificultad; comparar e integrar la tradición literaria.

Antes podía inclinarme por los estados letárgicos de la imaginación, ahora es la caverna de lo real, el equilibrio indisoluble de lo ambiguo, la confrontación de los miedos, el destino, la justicia, etc.… Ahora la respuesta no está en someter a los personajes a sufrimientos extravagantes, o ser sentencioso y pedagógico, se trata, en últimas, de vivir en la palabra, nuestro nido de tinta que abriga los ensueños… resistir el indolente tiempo, llevar un registro detallado del comportamiento de la sociedad, armarse de estética, de memoria, para reconstruir, desde estos residuos, desde estas ruinas de la historia, el mundo, se puede decir, hermético, de la ficción.

Lo dirá la constancia, entonces, los grandes asaltos deliberados de la energía, el vigor y la disciplina casi cruel, para que la tinta llegue a ser el agujero negro que lo absorba todo, esa suerte de pancalismo que le es inherente. Porque, como lo decía antes, nuestra época arrastra un sentido tácito, inconcluso, que es lo que la literatura trata de develar, pero sin prisa ni esperanza, puesto que la obra tiene una vida autónoma y ella misma domina su destino. Es pues necesario volcarnos en lo particular de ciertos signos y convencionalizarlos, no ser simplemente universalistas.

Por otra parte, habría que destronar la aparente prolijidad de una obra, escribir mucho no significa integrar el pensamiento. Ya que el tema predominante: la desgracia, la comedia humana, contienen matices y fibras tan sutiles que requieren un pulso experto para que no caigan en lo melodramático o en la simple influencia. La naturaleza satírica del arte varía según la materia que trata, el equilibrio de afirmaciones y negaciones de los temas eternos, de los laberintos de las pasiones humanas, los cuales deberían ser impulsados por la prudencia.

La necesaria tormenta de imágenes y sensaciones logra armonía y estructura cuando hay preocupación por no exagerar las dimensiones de lo sucedido. El espíritu del devenir entre las manos. Cristalizarlo es una ambición de locos. El escritor contemporáneo cree abanderar los ideales de su cultura, pero ¿tiene alguna idea del vacío, de la incertidumbre? ¿Los apologistas quiénes son para decir cómo debe guiarse la sociedad? Mustio, apartado, tejerá un manto de aforismos para envolver las desgracias, cuando debería consolar, nombrar lo que es digno de ser recordado… ser la forma es el sino ¿En qué sentido la “forma”? En una suerte de erudición contemplativa. Por ello la niñez inclaudicable es una herida. Ahora hemos llegado al punto sutil, la niñez y su libertad con base en el juego. Existir sin deber ni propósito, considerar el ser como un hecho arbitrario y dependiente de sí mismo. Esto, para Anaxágoras, es el Nous, es decir, la inteligencia. He aquí un templo donde se puede orar.