Jhonattan ArredondoGEs absurdo nuestro letargo, esa pasividad de nuestro pueblo para reaccionar ante su deplorable gobierno, ese distanciamiento de los llamados de apoyo de nuestros campesinos para protestar en pro de sus derechos, de esos derechos que también son nuestros.

Por: Jhonattan Arredondo Grisales

Durante muchos años los sueños de nuestro país se han ido deshilachando con el paso de la lluvia. Son muchas las lágrimas derramadas por este pueblo desposeído, descontrolado y subyugado a las comedias del poder. Y debería de ser motivo de vergüenza que un territorio tan rico, tan hermoso y tan lleno de gente pujante, haya sido sumergido en tanta violencia, en tanta pobreza, en tanta corrupción…Y en tanto, pero tanto abandono.

Cada vez más el futuro de la Colombia soñada se encuentra más distante, cubierto de niebla e irremediablemente mucho más cerca del abismo. Es una sensación de tener siempre a la muerte encima, una verdad que no es para nada lejana; pues bien sabemos que ya son muchos los que han sido caídos. Es lamentable nuestra realidad: esa manera tan olímpica para olvidar, para ser ajenos ante la otredad; ese falso sentido patriótico que sustentamos en una camiseta de fútbol o en los tantos monumentos del libertador “Simón Bolívar” que se encuentran solitarios en casi todas las plazas y los parques de la nación.

Entonces, es preciso preguntarnos: ¿De qué sirve llevar puesta con orgullo la camiseta de la selección, si el país ya ha olvidado su sentido de pertenencia?, ¿Para qué tantos monumentos del libertador, si el país ya olvidó sus ideales? Y podría seguir haciendo preguntas a las cuales no encontraría razones justas y pertinentes que me ayuden a explicar este extraño fenómeno.

Es absurdo nuestro letargo, esa pasividad de nuestro pueblo para reaccionar ante su deplorable gobierno, ese distanciamiento de los llamados de apoyo de nuestros campesinos para protestar en pro de sus derechos, de esos derechos que también son nuestros. Pero, al parecer, no nos importa el campesino, el desplazado, ni los millones de desaparecidos, ni la educación, ni nada. Nos limitamos a dar un simple comentario después de ver las noticias, que por cierto, apenas nos muestran un esbozo de lo que realmente está pasando.

Para nadie es extraño saber que nuestro país ha padecido un sinnúmero de naufragios, que ha navegado sobre el silencio y la insensibilidad de nuestros dirigentes y que ha sido permeado por la corrupción por todas partes. Sin embargo, como dice un poema de Mario Benedetti: “creo que hay decirte la verdad para que no la olvides”. Además, debemos reconocer a los pocos que no soportan la inhumanidad y luchan, la guerrean, gritan y sangran hasta que sus voces son calladas y sus cuerpos sepultados en camisetas blancas que llevan sus rostros por las calles de la protesta, de la denuncia y de la melancolía.

Antes de finalizar, es puntual que recalque que estas humildes reflexiones están cubiertas profundamente por un escepticismo casi devastador, pero cómo no ser escéptico es un país con tantos contornos difusos, con tanta desolación, con tanto olvido y con esa farsa política que nos gobierna y que atenta contra su propio pueblo, ¿cómo no serlo?

Por mi parte, seguiré caminando sobre este desierto en el que también caminan miles de sombras que reclaman justicia. Seguiré caminando y escribiendo en este barco pintado de colores que lucha en contra de las inmensas olas de los hombres sombríos. Sí, seguiré caminando en el país de los despojados.