La sencillez de esta película no estriba más que en la espontaneidad de nuestro paisaje, en los giros del lenguaje propios de nuestra cultura, en el vestuario tradicional del barrio o la cuadra, en el solo hecho de contar por contar.

Por: Miguel Ángel Rubio Ospina

Lo que podemos agradecer quienes de un modo u otro  hemos estado vinculados al teatro de Dosquebradas y Pereira al ver  Los asombrosos días de Guillermino, es recordar a viejos amigos y maestros. Ver al Rigo un instante casi fantasmal fue una alegría inmensa, como no acordarse de su característico Campero Willys al que le sonaba todo, “hasta la pintura”. Y Adrián, otro gestor que ya partió también, el flaco, teatrero de pura cepa, con quien se anduvo en las lides del teatro de calle,   deambula por una escena de la película. O encontrarse en un papel noble a un maestro del teatro no solo pereirano, sino nacional, como Ober Galvis, un homenaje a esa historia de la escena local, un Quijote solitario que aún sigue creyendo en el teatro como camino de la formación actoral.

La película Los asombrosos días de Guillermino, producción cinematográfica  risaraldense,  entra por la puerta grande del cine colombiano, logrando ser proyectada en una compañía de distribución masiva como Royal Films y manteniéndose (y esto para ser una película local es un record), por sus méritos, más de dos semanas en cartelera. 

Guillermino, un niño de un barrio popular de Santa Rosa, pierde el dinero del mandado (un encargo de su mamá) y comienza una odisea entre cafetales, travesuras infantiles, peleas en la escuela,  supersticiones religiosas, fantasmas y temores, que le harán encontrar un tesoro preciado, unas antiguas morrocotas acuñadas en oro en un viejo entierro de su abuelo. Como castigo por su travesura del mandado, es enviado a la finca de su tío Libardo a coger café, madrugar a las 4:30 y ordeñar la vaca. En toda esta peripecia de aventuras, Guillermino tiene un objetivo: encontrar el entierro; de este modo, lo que fue un castigo, se convierte en la mejor aventura para el niño.

Una historia sencilla, infantil,  pero también para  adultos pues son estos, quienes mediados por la conservación de las tradiciones, infunden y difunden mitos y leyendas de miedo, entre los niños de pueblo y del campo, construyendo unas narrativas propias repletas de imaginación y fantasía altamente sugestiva.

Poblada de fantasmas en la mente de Guillermino, la magia de la película consiste, como en mi caso,  en poblar nuestros recuerdos  de fantasmas reconocibles, revivir en imágenes viejos amigos que no están en su presencia física, que solo pueden habitar el ámbito de los recuerdos. Fue lo más enternecedor de ver los Asombrosos días de Guillermino.

La sencillez de esta película no estriba más que en la espontaneidad de nuestro paisaje, en los giros del lenguaje propios de nuestra cultura, en el vestuario tradicional del barrio o la cuadra, en el solo hecho de contar por contar.

@rubio_miguel