Ahora bien, el sexo en todas sus manifestaciones, es agradable y saludable cuando es consentido y además placentero para quienes lo realizan. Cuando es producto de una decisión mutua. Condiciones que definitivamente no aplican para los niños. Estos no tienen ni la consciencia ni la capacidad para acceder a ningún tipo de expresión sexual. Solo mediante el engaño o la coacción los niños son involucrados en prácticas sexuales, prácticas por completo ajenas a su sentir, a su desarrollo cognitivo y físico.

 

Por: Gloria Inés Escobar

Toda violencia, psicológica o física, daña. La violencia intrafamiliar daña a todos los integrantes de la familia, sea que esta se ejerza contra la mujer o contra los hijos, de ahí la gravedad que socialmente reviste esta problemática.

La violencia es, además, como ya lo hemos dicho en muchos otros escritos, una manifestación de poder y en términos generales y tradicionales, el poder en el ámbito familiar ha sido detentado por el hombre.

Pues bien, a pesar de que la violencia intrafamiliar recae en la mayoría de los casos sobre los integrantes de la familia como ya se dijo, mujer e hijos, el daño más importante y más lesivo, lo reciben los niños por su condición de vulnerabilidad extrema.

Los niños, incluso los jóvenes, son los más vulnerables dentro del hogar por su dependencia psicofísica y económica de sus padres en el primer caso y, casi exclusivamente económica, en el segundo.

Los niños de ambos sexos son pues seres indefensos, necesitados de protección, afecto y guía. No son seres humanos completamente desarrollados y por lo tanto no pueden ni asimilar ni defenderse de la misma manera que los adultos. Esta total indefensión los convierte en víctimas fáciles de todo tipo de violencia y abusos, entre ellos, el sexual.

Ahora bien, el sexo en todas sus manifestaciones, es agradable y saludable cuando es consentido y además placentero para quienes lo realizan. Cuando es producto de una decisión mutua. Condiciones que definitivamente no aplican para los niños. Estos no tienen ni la consciencia ni la capacidad para acceder a ningún tipo de expresión sexual. Solo mediante el engaño o la coacción los niños son involucrados en prácticas sexuales, prácticas por completo ajenas a su sentir, a su desarrollo cognitivo y físico.

Los niños se encuentran así pues expuestos a los depredadores sexuales que se hallan en su entorno familiar en medio de una total impotencia y soledad porque en general o son amenazados por sus victimarios, o no se les cree, o, en el peor de los casos, no son objeto de atención por los demás miembros de la familia sencillamente porque no importan.

En verdad es muy doloroso saber, si nos atenemos a las cifras más recientes arrojadas por Medicina Legal, que en nuestro país se producen 48 abusos sexuales por día en niños de entre 0 y 17 años de edad. Cifras que solo son un pálido reflejo de la realidad puesto que son muchos los casos que no se denuncian. Son muchos los niños que viven la tragedia del abuso en completo silencio y soledad; niños a los que se les está destruyendo su vida sistemáticamente; niños inmersos en la más brutal indiferencia de la sociedad y del Estado.

Esta indiferencia que en la sociedad se debe también a la impotencia para actuar y en el Estado, muchas veces, a la inoperancia de las instituciones encargadas de vigilar estas situaciones, no hace más que facilitar al abusador su ejercicio depredatorio.

No soy especialista en el tema, pero estoy convencida de que la única solución para que un niño no siga siendo abusado es apartarlos del victimario. En este, como en otros casos, no es posible y no funciona aplicar terapias psicológicas para ayudar al niño si este tiene que seguir conviviendo con su victimario. Tampoco es posible ni lógico, como propuso un docente en medio de una búsqueda colectiva de acciones y soluciones para acabar con este flagelo en San Isidro (Puerto Caldas), “empoderar” a los niños para que superen la situación.

Si por cualquier razón (económica, política y social), el abusador no puede ser penalizado judicial y socialmente y el niño debe permanecer en el mismo lugar que este, no hay otra salida que apartar al niño, sacarlo de ese entorno malsano.

La solución resulta sin embargo, muy compleja, lo sé, sobre todo cuando el abuso se da en los sectores más pobres de la sociedad.  ¿Quién se haría cargo de esos niños? ¿Bienestar Familiar, una institución de dudoso desempeño en estos casos?

¿Qué podemos hacer nosotros? ¿Qué puede hacer la sociedad? No tengo la respuesta. Creo, sí, que el tema debería preocuparnos por encima de cualquier otro porque no podemos seguir tolerando una sociedad en la que los niños son dejados a su suerte.