¿Hasta qué punto estamos acompañados por la imagen de aquellos que se fueron, arrancados por la violencia y el odio? ¿Son ellos los que no quieren partir o somos nosotros los que buscamos irnos con ellos?

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Las palabras fracasan con frecuencia cuando el dolor y la impotencia superan a las personas. Así llega Amparo, protagonista de la película Los silencios, a un pueblo fronterizo del Amazonas huyendo de un conflicto que se niega a acabar.  Un conflicto que le quitó a su esposo y a la hija, ese mismo conflicto que impide las palabras para decir el dolor de una pérdida y la amargura del destierro.

Al llegar a ese pueblo esta mujer se topa con un mundo sobrepoblado de palabras institucionales, palabras que no dicen nada. Las mismas palabras con las que se construyó la retórica del conflicto, de los buenos y los malos, las palabras que alientan la muerte y ahuyentan la paz.

Ante esta red de discursos que pueblan el territorio emerge la fuerza de la mujer, esa fuerza ancestral y creadora que se encarna en Amparo. La violencia la persigue y la sociedad pretende excluirla, pero ella camina, teje, trabaja y calla para darle una vida mejor a sus hijos. Todo, mientras soporta el dolor de la pérdida de sus seres queridos.

La mujer y el dolor parecen tener una conexión milenaria. Los cuerpos de las mujeres soportan mes a mes el dolor que impone la naturaleza; como si esto no bastara, la sociedad ignora la sabiduría que ellas portan en sí, excluyéndolas y aislándolas. Pero las mujeres, buenas herederas de la naturaleza, tejen y fusionan los lazos rotos de la sociedad.

Esto se hace patente en Los silencios, al ver cómo son las mujeres las que sienten mayor arraigo por el territorio, están en conexión con esas fuerzas sobrenaturales que nos acompañan y desean construir con los otros. Amparo es muestra de esa fuerza, al buscar la forma de sacar adelante a sus hijos y aceptar ese pasado doloroso; edificar aceptando la pérdida y vivir habitada por silencios.

En medio de la selva emerge la imagen de su esposo, ese recuerdo vivo la sigue en el exilio. ¿Hasta qué punto estamos acompañados por la imagen de aquellos que se fueron, arrancados por la violencia y el odio? ¿Son ellos los que no quieren partir o somos nosotros los que buscamos irnos con ellos? La violencia que rompe el tejido social, acaba con las palabras y los lazos que construimos con el otro.

Los silencios de Amparo no dan ninguna respuesta, terminan por ser un grito en medio de las selvas, un grito que nadie oye. Pese a ello, esos silencios pueden construir otro lenguaje, un decir sin palabras. Tal como señala Juan Manuel Ramirez Rave: “El lenguaje es continuo, el silencio no interrumpe el habla, la hace posible” Esos silencios que pueblan el mundo hacen posible que la palabra tenga algún sentido, en tanto que son la grieta y posibilidad de lo no dicho. En el caso de Amparo son la posibilidad de construir un duelo, de aceptar la muerte y la pérdida de lo amado.

En un mundo dominado por el monopolio de la palabra, donde todo debe ser dicho y expresado, el silencio puede ser también una forma de resistencia y construcción. Ya que, como afirma Ramírez: “…el silencio es camaleónico, polisémico y en sí mismo es la negación de lo absoluto”. Al ir en contra de los absolutos de la palabra se configura como el lugar donde se puede construir sobre la pérdida, edificar sobre lo destruido y donde se puede convivir con la muerte.

Sin embargo, habitar el silencio es riesgoso, allí se puede caer en la locura, nadie sabe hasta qué punto la ausencia de palabras construye, es preciso que el silencio baile con las palabras; que lo no dicho hable.

De ahí la carga poética de la escena de la reunión con los fantasmas. Allí, esos seres silenciosos que habitan el mundo, que nos acompañan, vigilan nuestros pasos y duermen con nosotros, toman la palabra y envían un mensaje a los que siguen vivos. Los silenciosos hablan mientras que nosotros callamos para comprender un mensaje sobre la guerra y la paz.

Al tiempo, Amparo recibe los restos de sus familiares y enmudece. No hay discurso, palabra, ni decir que permita describir la ausencia absoluta de lo amado. Solo queda guardar silencio y hacer el duelo. Un duelo que solo es posible construir en comunidad, con el otro, visible e invisible, para navegar por el río que avanza. Todos, vivos y muertos, ven arder los restos de un pasado violento.

Los silencios es una película que toca el misterio de la ausencia y lo no dicho, como forma para realizar un duelo que permita renacer a los individuos y la sociedad. Ante este tipo de obras de arte siempre es necesario cerrar la boca para simplemente observar.