Las Farc tienen que demostrar que si de verdad desean consagrarse y ganar un poco de confianza ante la opinión pública deben liberarlo sin condiciones y sin tanta excusa desgastante.

Por: Juan Manuel Toro Monsalve

No hay razón para creerle a las Farc. El secuestro del periodista francés Roméo Langlois se suma al prontuario de ese grupo; una contradicción más dentro de su verborrea a la que acostumbraron a los colombianos para justificar sus acciones. Hay que ser escéptico de sus anuncios y la muestra de buena voluntad de paz que profesan.

La retención del reportero galo es una prueba tanto para el gobierno como para la misma guerrilla. Sin embargo, las farc tienen que demostrar que si de verdad desean consagrarse y ganar un poco de confianza ante la opinión pública deben liberarlo sin condiciones y sin tanta excusa desgastante. No obstante, no alcanza todavía para tenerlos en una mesa de diálogo.

La famosa puerta de paz de la que tanto se habla por estos días debe seguir con candado, incluso reforzado. Todavía hay soñadores que creen en sus “gestos” de paz. Por fortuna, son pocos los que rechinan desde pasquines callejeros, redes sociales o en cuanta conferencia los invitan. Pero nada hará cambiar la percepción de esa nación “ciega” por el oficialismo estatal y los medios de comunicación. ¿44 millones de ignorantes?; y eso que se autodenominan el ejército del pueblo.

Ante el cinismo que las caracteriza justifican la retención del reportero galo como una captura en combate. Esa ignorancia ante el Derecho Internacional condena a este grupo guerrillero al repudio nacional. Por eso no se les debe dar tregua, el Estado debe seguir en la ofensiva con el fin de hacerles ver que la guerra para ellos está perdida. Aunque con el mandatario actual esa acometida habría que ponerla en remojo.

Si fueran inteligentes habrían seguido el camino de aquellos que hoy ocupan importantes cargos a nivel público. La guerra cambió sus matices y sus líderes se dejaron envenenar por el tráfico de drogas, la codicia y la riqueza ilícita. Ese es el combustible que los mantiene vivos. Por eso resulta increíble que salgan personajes a pedir que se les de tratamiento de fuerza política activa.

Es risible cuando se propone el diálogo y la salida política al conflicto. Un cabecilla de las farc jamás se someterá a la justicia. Lo indultos no serían aplicables y el deseo de aquellos por ver a un Timochenko o Iván Márquez haciendo política no se haría realidad, pese a que algunos han ocupado ya esos asientos. Por fortuna, el procurador Ordoñez alejó del Congreso a quien lidera hoy día la posible ala política de la insurgencia dentro de la democracia.

Si bien la guerrilla no es el único problema de una nación tan compleja como Colombia, es un dolor de cabeza que impide avizorar un mejor país. No obstante, es claro que la nación urge por el final de un conflicto que no deja ganadores, sino que por el contrario, el colombiano del común ha tenido que cargar con esa cruz en lo humano y en lo económico.

Algún día los hijos de este país despertarán con la satisfacción de vivir en la tranquilidad que un buen futuro pueda ofrecer. Difícil presente para un buen augurio del mañana; una nación sin guerrilla, sin paras, en completa paz.