Álvaro Uribe Vélez, dos veces presidente de Colombia no podía soportar ver a otro como gobernador de la nación. El caudillo de caudillos no podría tolerar ver a otro sucediéndolo en el trono.

SIMON BLAIR (IZQ)Por: Simón Blair

El presidente Juan Manuel Santos se posesionó de nuevo como presidente de Colombia en un acto soberano en el que además de asistir el ex rey de España, una bandada de aviones militares surcaron los cielos y se vieron en escena los trajes más brillantes de la élite colombiana. Pero faltaron algunos: el senador Álvaro Uribe (o su Majestad Louis XVI, como lo dije en la pasada columna) y su cohorte de sabuesos.

Es ley que absolutamente todos los congresistas asistan a la posesión del presidente. No importa cuál.  Ejerce un principio de la democracia: aceptar la derrota, reconocer al ganador; seguirlo si es oficialista, discutir y argumentar en la bancada si es de la oposición. Uribe sostuvo argumentos falaces para no asistir: que la victoria de Santos fue un fraude y que Nicolás Maduro estaría allí. Cabe anotar que hace cuatro años cuando Santos fue el candidato del “Uribismo”, Uribe nunca dijo que su victoria fue un fraude (y con razón: millones de votos de diferencia sobre el opositor Antanas Mockus) ahora tampoco podría hablarse de tal cosa: cuando hay una diferencia de más de quinientos mil votos no puede hablarse de un mal manejo en el conteo de los votos, menos aún cuando han sido las votaciones más vigiladas por organismos nacionales e internacionales de la historia.

Y no tenía mucho sentido argüir que allí estaría Maduro –que no estuvo, por cierto-, ya que lo mismo podría haber dicho de Rafael Correa. Además él era un simple invitado que no tenía porqué mediar palabra con ellos. Creo que allí está la respuesta: un simple invitado. Álvaro Uribe Vélez, dos veces presidente de Colombia no podía soportar ver a otro como gobernador de la nación. El caudillo de caudillos no podría tolerar ver a otro sucediéndolo en el trono.

De todas maneras, el argumento de la oposición sigue sin tener soporte, pues allí, en medio de la multitud, se encontraba la bancada del centro y la izquierda colombiana: Iván Cepeda, Claudia López y Antonio Navarro Wolf. Y sería contraproducente decir que éstos son aliados del gobierno. Sus opiniones son, además de férreas, sensatas y coherentes. Apoyaron a Santos porque era más fácil hacer oposición en medio de la paz que en medio de la guerra de un caudillo que no respeta la institucionalidad y tilda a los opositores de “terroristas”.

Uribe no asistió porque su figura de líder redentor lo lleva a despreciar todo lo que huela a institución (recordemos su embolada de zapatos en la Fiscalía), ya que él mismo es quien decide hacer la ley.

Claudia López es una mujer tan contundente que se atrevió a decir que la inasistencia de Uribe y su cohorte de ovejas era un ejercicio pleno de la democracia. Pero yo no estoy de acuerdo: 1). Si tal fuera el caso, ni ella misma podría haber asistido–menos aún Cepeda-. 2) Reconocer al ganador en una contienda electoral es sagrado para la democracia. 3) Asistir a la posesión presidencial no significa por ningún motivo que todos los allí congregados son oficialistas: la oposición no se ve anulada, sino que se fortalece en el ejercicio pleno de sus derechos.

Uribe, el mesías, no ha podido darse cuenta de que los tiempos de la monarquía ya pasaron. Ahora la sociedad moderna reclama a gritos respeto, mesura y que todos los debates que manifiesten oposición sean arreglados por las vías más democráticas, sin insultos, sin odios, sin quebrantos a la ley.