Por esto no basta con que las personas tengan un trabajo, es necesario que éste permita, por lo menos, generar un espacio de buenas relaciones con el otro y no anule el deseo del obrero. ¿Acaso estamos condenados a ser máquinas?

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

El ser humano se halla, en lo que parece, un estado de permanente malestar y conflicto. Ya Freud en ese notable texto del Malestar en la cultura describió cómo el ser humano debe poner freno a sus deseos más primitivos para integrarse a una comunidad.

Todo suena muy bien en teoría, dejar el egoísmo, el deseo de acabar con el otro y gestionar los conflictos de manera simbólica a través de la cultura, el arte, el trabajo y cuanto medio ofrezca la sociedad. Sin embargo, en pleno siglo XXI podría considerarse que las formas de malestar se agudizan.

Un ejemplo palmario es el trabajo, ya que desempeñar una labor debe permitir configurar una identidad en los sujetos y darles un sentido a sus vidas. No obstante, hoy el trabajo es un gran generador de malestar.

Los ejemplos pululan por doquier, una joven egresada de una universidad privada relata cómo consiguió un trabajo en un concesionario, allí debe lidiar con un ambiente laboral tenso, donde no hay espacio para el trabajo en equipo y, como si fuera poco, debe cumplir con unas metas cada vez más elevadas para que sus jefes estén satisfechos.

En este panorama, la joven egresada empieza a sobrellevar altas cargas de estrés que deterioran su salud física y mental. Ante la pregunta: “¿y por qué no deja ese trabajo?”  Su respuesta es perturbadora: “no puedo, por ahora es lo único que hay y la situación es cada vez más difícil”.

Ella ha decidido seguir integrada a un aparato productivo que toma al obrero por una cosa que debe producir y producir mientras se pierde cada vez más en la depresión y el malestar por un trabajo que la deshace lentamente.

Por otra parte, una joven maestra, entusiasta de la educación y del arte ingresa a trabajar en un colegio privado. El salario además de ser bajo para una profesional en la educación termina por revelar lo poco que vale la docencia en este país.

Además de tener que preparar las clases normales para los grupos y responder por las horas asignadas, esta profesora debe cumplir con una jornada extra un día a la semana para capacitar a los docentes, al final, la maestra no quiere saber de nada y sólo espera descansar para tomar fuerzas para el siguiente día.

Formatos, actividades extraclase, reuniones sin sentido, falta de apoyo frente a los estudiantes… toda esta serie de problemas van taladrando la moral y el sentido por la educación de esta joven docente.

En ese orden de ideas podría hacerse la pregunta, ¿cuál es la experiencia de un trabajador? Haciendo un ejercicio fenomenológico, podría iniciarse la descripción partiendo de un estado de entusiasmo y expectativa al hallar un puesto de trabajo en una sociedad donde falta de empleo es lo común.

La alegría y la posibilidad de salir adelante se abren como un horizonte ante los ojos del obrero. Después, viene el primer choque, las relaciones laborales, en muchas ocasiones basadas en la competencia, impiden al obrero establecer relaciones con sus pares; a su vez, las exigencias y las tareas que no conducen a ninguna parte, llevan al obrero a un estado de abatimiento paulatino; al final, la resignación es el sino del obrero.

El salario permite sobrevivir y la falta de garantías convierte al obrero en una máquina sin deseo, sin pensamiento, que cumple por cumplir su labor. Un verdadero triunfo del modo de producción actual, despojar al obrero de toda capacidad inventiva y crítica; el capitalismo logró transformar al hombre en máquina.

Pareciera que el mensaje de la sociedad actual es: “te integras a la máquina del trabajo, callas, sufres y soportas en silencio”. Resulta urgente re-pensar el trabajo (los problemas siempre se actualizan).

Si hace un siglo las ocho horas laborales fueron una conquista, hoy no basta con ese logro para la humanidad. Es necesario que el trabajo pueda generar espacios de bienestar al trabajador, para no llevar al obrero a frustraciones silenciosas.

Puede pensarse que la sociedad actual es una hipérbole de las descripciones kafkianas, a saber, un mar de tareas sin sentido, relaciones sociales destinadas al fracaso, falta de comunicación, ausencia del deseo ante la vida.

Las relaciones laborales actuales apagan el deseo del obrero de innovar, crear, sólo se necesita que repita una tarea una y otra vez.

Por esto no basta con que las personas tengan un trabajo, es necesario que éste permita, por lo menos, generar un espacio de buenas relaciones con el otro y no anule el deseo del obrero.

¿Acaso estamos condenados a ser máquinas?

ccgaleano@utp.edu.co