El Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia ha servido de catarsis colectiva para desterrar de la sociedad argentina el militarismo y sus prácticas ante el disenso y la legitima protesta, aunque las secuelas y herencias no han desaparecido.

Por: Carlos Victoria

El 24 de marzo, se conmemoró el Día Nacional de la Memoria en Argentina.  Nunca más, ha sido la consigna para que  jamás se repita la barbarie contra seres humanos bajo el prejuicio de subversión, como sucedió durante los años aciagos de la dictadura. Hoy la nación austral es ejemplo de lo que pueda la memoria, desde el punto de vista político, en los procesos de democratización, reparación y justicia. En 1976 se instaura la junta militar y con ella el asesinato oficial, la tortura y la desaparición de miles de argentin@s., que se han levantado, desde diversas orillas políticas, exigiendo justicia contra los crímenes de Estado  bajo la dictadura. 

El Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia ha servido de catarsis colectiva para desterrar de la sociedad argentina el militarismo y sus prácticas ante el disenso y la legitima protesta, aunque las secuelas y herencias no han desaparecido, como lo señala el historiador Juan Gelman: “Lo que a mí más me preocupa de la situación actual en la Argentina es el hecho de que hay una suerte de continuidad del pensamiento militar por medios civiles. En primer lugar está el tema de la impunidad, que todos los militares hayan sido perdonados”.  Como aquí en Colombia, la red de intereses ligados a la impunidad lo que  interesa, en definitiva, es el olvido.

De hecho en las concentraciones públicas de ayer en distintas ciudades de la Argentina, a los 36 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la consigna principal fue por las complicidades de los grandes grupos económicos con el terrorismo de Estado. Hubo pedidos para que se aceleren los juicios y se abran archivos. “Los grupos económicos también fueron la dictadura”, decía la bandera que encabezó la marcha convocada por Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, Hermanos de Desaparecidos por la Verdad y la Justicia e Hijos (Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio).  En Colombia las acusaciones de la Fiscalía contra el ex presidente de Fedegan Jorge Visbal es la punta del iceberg que daría cuenta del papel de las élites en la expansión paramilitar en la última década.

Para nosotros los colombianos no es una conmemoración más. Algún día aquí, también, deberemos incluir una fecha nacional de la memoria para reparar integralmente a las víctimas, especialmente aquellas que  ha sido sacrificadas bajo políticas de tierra arrasada. Las víctimas de los llamados falsos positivos, por ejemplo deberían encabezar este pabellón del horror.  Hoy la memoria nos debe importar más que la historia. Es una urgencia ética y manifiesta frente a la impunidad, el olvido y la injusticia. Es un deber de la razón pública. No es cualquier memoria. Es una memoria con mayúscula, con M., en proporción al genocidio que ha vaciado los campos de millones de colombianos que sin tierra y techo sufren el destierro en su propio país, tras horrendas masacres.

¿Y para qué la memoria? Andreas Huyssen (2002)  lo ha dicho con toda claridad, en el caso argentino: “Tanto el olvido como la memoria han sido cruciales en la transición de la dictadura a la democracia”. En el caso nuestro, el profesor Gonzalo Sánchez advierte que “La memoria de los procesos sociales no se hace urgente por un simple afán de congelar el pasado, por una curiosidad de anticuario, sino para reconstruir  el futuro”. Y es aquí, justamente, donde el lugar de la memoria cobra una dimensión fundamental. En esa perspectiva recojo las notas de clase de la profesora María Emma Wills: “La memoria histórica reconoce que la historia es una disciplina viva”.

Los casos emblemáticos documentados por el Grupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, encabezado por Gonzalo Sánchez y María Emma Wills, son un paso trascendental contra el cerco de silencio y miedo, en la medida en que  comienza a concretarse el proyecto comunicativo de las voces de las víctimas en el contexto de una dimensión participativa, y con base en una metodología que logra sistematizar los componentes de un ejercicio que permite ir más allá del dato o el archivo. La reconstrucción de la memoria histórica, en clave de relaciones de género –por ejemplo-, visibiliza los patrones del orden local que instauraron los paramilitares en la regulación de la vida cotidiana mediante el disciplinamiento y castigo en cuerpos, espacios y prácticas sociales. “El camino recto” de los paramilitares no toleraba animales sueltos, hombre flojos ni mujeres chismosas.

A nivel regional las noticias son más que alentadoras, no solo porque  están en curso  la Maestría de Historia en la Universidad Tecnológica de Pereira, sino que  comienzan a aparecer publicaciones que trascienden el campo internacional. Bajo la coordinación editorial del profesor Alberto Verón Ospina, en 2011, la revista Antrophos No. 230, incluye varios trabajos bajo el título “Colombia: memoria y significación política de la violencia”, en la que Verón reconoce que tenemos una deuda pendiente de saldar con esos hombres y mujeres concretos borrados de la historia, junto con sus experiencias concretas de vida y de dolor. En su nuevo texto del grupo de investigación filosofía y memoria, “Victimas y memorias: relato testimonial en Colombia”, admite que el silencio nos hace cómplices y clama por una academia más comprometida con las victimas, lo que exige  un nuevo tipo de historiador. Un historiador que salga de la zona de confort.

Sin embargo la tarea no resulta del todo fácil. Hay talanqueras estructurales que bloquean el camino de un país que todavía  no se une en torno a la memoria, la verdad y la justicia. El profesor Fabio Zambrano lo ha dicho con toda claridad en la revista Semana: “No hay una amenaza más grave para un país que el Alzheimer en el que hemos caído”. Un país donde importa más la “memoria del balón” que la memoria de la Nación. Un país desmemoriado es un riesgo absoluto para las generaciones venideras. Las bases de esta conspiración fueron echadas por los refundadores de la patria: “Colombia es uno de los países del mundo que menos atención y esfuerzo le pone a la enseñanza y al estudio de la Historia”, como se lee en el lead del articulo de la revista. ¿Por qué? Por lo pronto Colombia requiere una esfera pública de la memoria como recurso de la historia. Ese es el reto de quienes están comprometidos con una democracia auténtica.

Jorge Rafael Videla, ex-militar y dictador argentino.