MASACRES EN COLOMBIA, UN ACTO DE SERVICIO

En Colombia no asesinan personas, se producen cadáveres en masa, este territorio es una fábrica donde las masacres son un producto más del mercado.

 

Por / Christian Camilo Galeano Benjumea

Jóvenes baleados y degollados, unos en cañaduzales, otros cadáveres dejados cerca de sus escuelas y los últimos cuerpos marcados por la violencia encontrados en zona rural de Samaniego. ¡En Colombia impera una cultura de la violencia! No se puede extraer otra conclusión de las más recientes masacres de jóvenes, sumadas a la lista interminable de asesinatos de líderes sociales y excombatientes de las Farc.

Pero estos hechos no son movidos por impulsos irracionales y saltos coléricos del ánimo; por el contrario, han sido pensados y ejecutados con un cálculo racional que busca obtener fines estratégicos en los diferentes territorios. En Colombia no asesinan personas, se producen cadáveres en masa, este territorio es una fábrica donde las masacres son un producto más del mercado.

Toda la racionalidad del proceso productivo y de la generación de capital se pone al servicio de la barbarie. No existen ciudadanos, solo cuerpos que son materia prima para esta línea de producción ofrezca al final: cadáveres atravesados por la violencia.

Este producto de la racionalización es igualmente desechado cuando ha sido consumido por los medios de comunicación y los individuos. El terror es el efecto final de esta cadena mercantil que desplaza personas, anula las relaciones del Estado con la sociedad y condena al sufrimiento a los familiares de los jóvenes asesinados.

La cadena productiva parte de los cálculos estratégicos (actos de una racionalidad instrumental) por afianzar el poder en los territorios. Toma la materia prima: habitantes de regiones salpicadas por la violencia, personas sujetas a la pobreza, la exclusión o líderes que buscan cambiar estas condiciones. Después, la materia prima llega a las manos de los obreros de la violencia que trabajan con armas de fuego y sevicia. El producto final: cadáveres tallados por la violencia que generan terror, indignación y silencio.

Como toda mercancía, cada masacre es desechada por una nueva y más elaborada, la brutalidad de El Salado es presentada en un empaque más pequeño y disuasivo, imágenes de jóvenes degollados o acribillados circulan por redes y llegan a un número mayor de público. Las nuevas tecnologías del mercado permiten que el efecto generado por la masacre se afiance a pesar del número reducido de cadáveres.

¿Cómo operan los obreros de esta fábrica de violencia? Es poco probable que puedan llegar a tener algún arrepentimiento por su trabajo, al fin de cuentas, ellos son solo un pequeño engranaje que cumplen una función repetitiva, torturar, golpear y asesinar. Observarán las noticias, tomarán un café mientras escuchan los comentarios de algún familiar de uno de los jóvenes asesinados y guardarán silencio.

Pasarán fotografías de los jóvenes sonriendo en el noticiero y los obreros solo podrán evocar las miradas de terror que tenían minutos antes de ser asesinados aquellos cuerpos, no sentirán arrepentimiento porque matar es una acción cotidiana, un acto del servicio. Estos obreros se sentirán tranquilos porque su trabajo sirve para tener el pueblo en calma, la vereda en silencio y el cañaduzal vacío. No hay arrepentimiento, solo repetición y muerte.

Operarios al servicio de la anulación del otro y del aniquilamiento. Esta parece ser la instrucción de estos obreros de la violencia; aun así, este lema se filtra a través de todas las relaciones con los otros en Colombia. La muerte violenta es la respuesta a lo largo de los años ante las contradicciones y el conflicto. La gran fábrica de masacres nace en el seno mismo de una sociedad en la que prima el disparo y la amenaza por sobre la vida.

Ante esta producción en masa de barbarie, el efecto sobre el público resulta llamativo: una indignación fugaz, la aceptación y de nuevo el silencio. Cada masacre y acto de barbarie incendia las redes con fuegos fatuos que no exceden los límites de las redes sociales.

Este efecto incandescente de generar una indignación que no se traduce en hechos termina por ser benéfico a los productores de masacres que calculan la próxima manifestación de violencia para adquirir mayor poder. A su vez, fieles hijos del consumismo, los colombianos devoramos noticia tras noticia de violencia, para aceptar lo inevitable de cada masacre y continuar como si nada.

Como toda mercancía, las masacres se han convertido en un fetiche, un producto más del mercado insuflado de valor y sufrimiento. ¿De qué manera se puede romper esta línea de producción?

Urge derrumbar el cerco de exclusión de las poblaciones marginadas, acompañar a los líderes en sus luchas por los territorios y, fundamentalmente, trasladar las discusiones políticas de los televisores a las comunidades; más hechos y menos palabras.

Sin embargo, la única certeza hasta el momento es que las masacres seguirán sucediendo, una tras otra, y solo queda preguntar: ¿habrá posibilidad en este país de que los cuerpos sean expresión de vida y no productos de la violencia?

@ccamilo1090

ccgaleano@utp.edu.co