Así que no, mi deseo de mantener mi independencia ideológica no nace del desconocimiento, sino todo lo contrario. Después de cruzar caminos con derechistas e izquierdistas, e incluso acercarme con mucho interés a estos últimos, terminé por reconocer lo obvio: que la izquierda y la derecha componen los extremos opuestos de una misma vara.

 

Por / Valeria Castillo León

Desde hace un par años, cuando decidí volver a expresar abiertamente mi punto de vista sobre cuestiones políticas, empecé a notar un patrón argumentativo interesante. Conocidos y también buenos amigos míos, esgrimían ante mí, con mayor o menor cariño, el argumento de que mi tendencia a alejarme de un polo u otro, se debía únicamente a no haber estado “correctamente expuesta”. En otras palabras, a vivir en una burbuja.

Y digo un polo u otro, porque lo cierto es que me resisto a ponerme la camisa de fuerza tanto en nombre de la derecha como de la izquierda. No obstante, teniendo la edad que tengo, mi red de amigos y contactos es una en la que predominan los veinteañeros y treintañeros, generalmente atraídos hacia movimientos y partidos izquierdistas. De ahí que suela escuchar ese argumento de personas que se identifican abiertamente como afiliados de ese sector, y para quienes mi resistencia o postura crítica se traduce inmediatamente como una alianza con el “enemigo”, es decir, con la derecha.

Ese es el panorama para la mayoría de personas que habitamos esa zona gris del espectro político. En mi caso es una situación hasta graciosa, porque, contrario a lo que se ha querido asegurar, ni me crie en una familia de derecha, ni provengo de un estrato económico particularmente elevado. De hecho, crecí acompañando las marchas de docentes y estudiantes, como hija de una actual directiva sindical. Los sábados de mi infancia sabían a las discusiones políticas entre familiares, y los domingos en la tarde al repertorio de Mercedes Sosa y Pablo Milanés.

Un interlocutor espabilado podría argumentar entonces que mi carácter reacio se debe a lo opuesto: quizá mi madre, en un esfuerzo por moldearme a su imagen y semejanza, haya terminado saturándome hasta el punto de la repulsión. Pero tampoco. La cosa es que hasta los dieciséis años estuve muy interesada en la izquierda colombiana. Quizá demasiado, pensaron mis papás, cuando hacia el final del colegio afirmé querer una vida en la política, empezando con mi decisión de estudiar derecho.

Nada de eso duró mucho después de iniciar la carrera, a la que renuncié antes de finalizar el primer semestre. Además, fue decisiva mi experiencia personal al acercarme a organizaciones estudiantiles y partidos como el Polo.

En ambos casos, ya fuese escuchando a veinteañeros o cincuentañeros, se hacían evidentes ciertas tendencias reprochables, idénticas a las que había visto entre partidarios de individuos como Uribe: la idealización sistemática de los líderes del colectivo, una visión utilitarista de los miembros o simpatizantes, la aplicación indiscriminada de sus postulados teóricos, y la satanización o ridiculización implícita de cualquier pregunta o comentario que pudiera comprometer la cosmovisión del partido.

La unión y sacralización de esas conductas deriva entonces en un fenómeno de dos caras: por un lado, el éxtasis colectivo, nacido de la secreta convicción de que se ha trascendido todo aspecto mezquino de la humanidad, lejos de la inmundicia moral e intelectual, personificada por los otros, es decir, los del bando equivocado. Por el otro, la presión e incluso el miedo que surge frente al exceso de poder de la clase directiva y el estricto protocolo tácito de conducta que ha de mantenerse, bajo el precepto del infame “quien no esté conmigo, está contra mí”; también está el temor a perder toda fuente de orientación y propósito vital que experimentan las personas más vulnerables, al imaginarse expulsados o caídos de la gracia del colectivo.

Todas, emociones que refuerzan la unión y la obediencia ciega necesarias para mantener las estructuras casi religiosas que hoy conocemos como partidos. Es en ellas, al fuego de la ritualidad, el ego y las máximas universales, que nace el prototipo aún celebrado de militante. No es ninguna coincidencia que el término provenga del latín militans, que significa “el que se adiestra para la guerra”.

Ah, pero ante un micrófono, o de puertas hacia afuera, el asunto es muy distinto. Ahí se debe usar el traje de la diplomacia, la sonrisa despreocupada y el fingido respeto por la diferencia. No obstante, tan pronto como se apagan las luces y se está de vuelta en el círculo de confianza, los insultos, prejuicios, cacerías y menosprecios vuelven a la orden del día.

No digo que ese siempre sea el caso, porque no conozco a todos y cada uno de los afiliados de uno u otro partido; pero tampoco puedo negar que las excepciones de lado y lado han sido decepcionantemente escasas.

Así que no, mi deseo de mantener mi independencia ideológica no nace del desconocimiento, sino todo lo contrario. Después de cruzar caminos con derechistas e izquierdistas, e incluso acercarme con mucho interés a estos últimos, terminé por reconocer lo obvio: que la izquierda y la derecha componen los extremos opuestos de una misma vara. Una compuesta de un material consistentemente endeble, propenso a la corrupción, la malicia, el servilismo, la conveniencia y la estrechez mental: humanidad pura.

Sin embargo, esta vara de la que hablo yace incluso debajo del promedio, ya que en lugar de combatir sus propensiones y debilidades como mejor pueda, se entrega a las mismas, convirtiéndolas en los pilares básicos de su dinámica y supervivencia. Una en la que se renuncia al análisis honesto de diversos puntos de vista; en la que se sacrifican los imprescindibles hábitos del escepticismo y la autocrítica; y en la que se resiste a muerte la siempre existente posibilidad de estar equivocados y ser capaces de aceptarlo. Una en la que, como bien dijo Spinoza, no deseamos algo porque lo juzguemos bueno, sino que lo juzgamos bueno porque lo deseamos.

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