Todavía me escuece el trasero al recordar la pela que me dio el viejo con un rejo de enlazar potros: esas eran las ayudas pedagógicas de los mayores en esos tiempos y no me quejo por eso.

 

“Capoteando el vendaval  se estremecía/ e impasible desafiaba la tormenta”

                              José Barros – La Piragua

Por Gustavo Colorado Grislales

A esta altura del camino siento que esos versos del juglar costeño  parecen hechos a la medida para definir el periplo vital de mis abuelos maternos Martiniano y Ana María. Dos campesinos colonizadores y sembradores de tierras, que después de fundar una prole bíblica padecieron un día la llegada de hordas que los desplazaron y despojaron de sus parcelas.

“Chusmeros”,  llamaban a mediados del siglo XX a esas bandas armadas  por los caciques liberales y conservadores, que casi siempre actuaban en concierto para expulsar campesinos hacia los crecientes centros urbanos, necesitados de mano de obra para  alimentar el proyecto industrializador.

El viejo Martiniano regentaba una pequeña tienda rural llamada El Tigre, en la que, además de víveres,  les vendía licor a los parroquianos y alentaba sus nostalgias con canciones de Los trovadores de Cuyo y Tito Cortés que sonaban en una  victrola RCA Víctor, admirada y envidiada por los jornaleros cerreros que frecuentaban el lugar.

Pero además, el viejo tenía tres libros a los que me asomé antes de cumplir seis años, con el aire de quien tropieza con una cueva encantada: Las mil y una noches, Genoveva de Brabante y la célebre edición de la Historia de Colombia, escrita por Henao y Arrubla.

Sobra decir que el acceso a esas páginas me fue prohibido “Hasta que tuviera uso de razón”, según una expresión de la época que nunca pude entender del todo.

En realidad, en Colombia nunca hemos tenido uso de razón. Ni entonces ni  ahora.

Por fortuna, nunca he sido proclive a la obediencia ciega, y en los viajes de Martiniano para surtir su tienda con mercancías y nuevos discos de vinilo, el niño que fui trepaba a los estantes más altos para esconderse después en un sótano polvoriento infestado de niguas  -un insecto terrible que pasó de moda para reaparecer después con más ímpetus- donde empezó una saga de revelaciones que todavía no termina.

Entre la lucha tenaz de Sherezada por salvar su vida a punta de cuentos, junto a las batallas de Carlomagno y sus caballeros surgían de repente un montón de hombres vestidos con elegantes trajes de charreteras, casi siempre a lomo de caballos de buena sangre: eran los Próceres de la Independencia, recreados por Henao y Arrubla en ese libro escrito por encargo del presidente Rafael Reyes, un  hombre brillante necesitado de darle elementos de identidad a un territorio hecho trizas por las guerras civiles y por esa brutal carnicería conocida con el nombre casi poético de “Guerra de los mil días”.

Un día, mi abuelo descubrió unas delatoras huellas infantiles en las páginas de su amada trilogía bibliográfica: luego de hartarse con dulces caseros, el niño no se cuidó de lavarse las manos y dejó la prueba de su osadía entre los tesoros de Ali Babá, los amores de Genoveva y las arengas de Simón Bolívar a sus soldados.

Todavía me escuece el trasero al recordar la pela que me dio el viejo con un rejo de enlazar potros: esas eran las ayudas pedagógicas de los mayores en esos tiempos y no me quejo por eso.

“La pela pasa y el culo queda”, recitaban los castigados a modo de desafío.

En mi caso, aparte del culo intacto, me quedó una devoción por la palabra escrita que no me abandonará hasta el último suspiro.

Por eso mismo, al cruzar la adolescencia, me arrojé en las páginas de libros que contaban la historia colombiana de otra manera, en contravía de un  discurso en el que el resplandor de los sables encandilaba al lector y le impedía ver la presencia y el papel de grupos sociales agrupados siempre en una abstracción llamada El Pueblo, que inspiró, entre otras obras, la célebre pintura de Delacroix, titulada La Libertad guiando al pueblo.

No sé dónde esté, si en  este mundo o el otro, pero un compañero de bachillerato mucho mayor que yo, Luis Eduardo Tabares, puso en mis manos unos títulos que me revelaron de golpe el rostro y la voz de los componentes de ese pueblo: La mala hora, de Gabriel García Márquez, una parábola en  ficción sobre la naturaleza de nuestros desastres; El día del odio, de José Antonio Osorio Lizarazo, un descarnado abordaje en tono de crónica sobre los hechos que rodearon  el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, y un libro del historiador Jaime Jaramillo Uribe que, sin descalificar el papel de los caudillos de la Independencia, los bajaba de sus pedestales de bronce y los ponía a caminar al lado de campesinos, esclavos, mujeres, indígenas y niños que también dejaron su tributo de sangre y huesos triturados en los campos de batalla.

Pálido como un bombillo, Luis Eduardo se ganaba la vida haciendo turnos de media noche en una estación radial de Pereira llamaba Radio Centinela. Temprano en la mañana, llegaba a clases casi sin dormir.

A menudo, instalado en la última fila, se echaba un breve sueño reparador del que siempre fui cómplice. Aparte de eso, le hice muchas tareas que lo salvaron del desastre académico y lo ayudaron  a obtener a trompicones su título de bachiller.

Ahora que en Colombia se festejan con un sinnúmero de actividades dos siglos de una independencia todavía trunca, quiero evocar a los abuelos duchos en capotear vendavales y desafiar tormentas, y a ese compañero de estudios de sólida formación marxista, que me enseñó a ver la historia como una urdimbre de fuerzas y matices distante a años luz de las pinturas que ilustraban los libros de texto de mi infancia.