Misoginia en la Calle de la Fundación

“El piropo en este caso es una de las tantas formas de ningunear. Afirmar la superioridad del hombre al asediar a la mujer que, en la mayoría de casos, calla.”

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea*

La Calle de la Fundación es un referente histórico de la ciudad de Pereira y al igual que muchas otras calles desconocidas es escenario de una misoginia rampante.

El lugar por donde transitó el sacerdote que ofició la primera misa a expensas de un pícaro que donó unas tierras que no eran suyas, también es lugar donde el odio ante la mujer se hace palmario.

“¡Yo no tengo por qué respetar a las mujeres!”, grita un hombre en esta calle del centro de la ciudad.

Aquel sujeto, minutos antes, había fustigado a una mujer que cruzaba mientras los autos estaban detenidos. “¡Uy! Cómo camina de rico” fue, según él, el halago que desencadenó la pelea.

La ira, la impotencia, el cansancio permanente de tener que salir a la calle y tener que soportar en silencio los “piropos”, no logró resistir más.

Después, lo que pocas veces sucede, el reclamo de la mujer y ante la indiferencia del hombre, la ira y el golpe, ¡los golpes!

A unos pasos del Bolívar Desnudo se dio este choque que duró pocos minutos pero que termina por ser revelador. ¿Qué buscan los hombres con aquellos “piropos”?

El lenguaje es la herramienta por la cual se apropian y dominan al otro, utilizando las palabras de Octavio Paz; lo ningunean.

En este caso, la mujer objeto de amores y odios, es vituperada con el piropo, ante la imposibilidad de acceder a ella, sólo queda hostigarla.

Nuestra sociedad, machista por tradición, alberga símbolos contradictorios que crean las condicionas para la violencia hacia el otro, en este caso, la mujer.

La Virgen funge como símbolo de protección y consuelo ante el abandono del Padre. La figura femenina opera desde pasividad, está ahí a la espera de ser violentada, ultrajada.

El hombre, el macho, camina con fuerza y propiedad en ese terreno y con violencia accede a la mujer para anularla.

El piropo en este caso es una de las tantas formas de ningunear. Afirmar la superioridad del hombre al asediar a la mujer que, en la mayoría de casos, calla.

Detrás de la picardía se esconde la voluntad de vaciar al otro, despojarlo, volverlo nada. De ahí la necesidad de rechazar aquellos piropos que buscan violentar a la mujer; sería bueno recordar los inicios del amor cortés.

Por esto, muchas mujeres se refugian en el silencio, prefieren ignorar, ser desde la nada, “porque los hombres siempre son así”.

Este modo de ser, milenario, ha condenado y sigue encerrado a las mujeres en un sentimiento de culpa y derrota. Tanto que, en muchas ocasiones, esas mujeres de carne y hueso ven con peligro el hecho de salir a las calles; la ciudad es un campo de batalla silencioso.

Esa es la traición, la historia, el curso del progreso en el camino de las relaciones entre la mujer y el hombre.

Con suerte, desde la mitad del siglo pasado la imagen de la mujer se ha fragmentado, ya Lacan reconoce que: “no existe la mujer, existen las mujeres”, es decir, la mujer se ha puesto de cara frente a sus deseos y aspiraciones en un mundo habitado por símbolos machista.

Al afirmar la singularidad, reconocerse por fuera de los paradigmas de belleza y de los roles tradicionales en las relaciones, las mujeres a paso lento reconfiguran su relación con el mundo.

El problema es que los hombres no se interrogan ante esta nueva situación, persiste, desde los círculos intelectuales, progresistas y de izquierda un machismo soterrado; el hombre está en la obligación de cuestionarse.

Y en medio de aquel barrullo unas cuantas mujeres se solidarizan con esa joven que ataca y se defiende como un animal herido.

La sororidad es una de las condiciones necesarias para que la mujer altere la forma en que se vive, ya que el machismo ha sabido implantar una rivalidad entre las mismas mujeres.

La paradoja del machismo radica en que logra crear las condiciones para que las mujeres se vean entre sí como rivales; lo más parecido a mí, es mi enemigo.

Se busca el medio para sobresalir en un mundo en el que los hombres ponen el estándar. Quizá por eso sea tan recurrente el comentario entre mujeres que, pese a lo difícil y complejo, es más fácil entablar amistad con un hombre.

Al final, desde la Calle de la Fundación un hombre se aleja, orgulloso de ser un “varón”, mientras que una mujer, un tanto abatida, camina y piensa que no puede callar ante la picardía y el acaso. Intuye, con cierta melancolía, que faltan otras batallas por librar.

*ccgaleano@utp.edu.co