El brillante ejecutivo de una corporación global que incumple las metas de ventas tiene tantas probabilidades de engrosar la lista de desempleados como el cajero de banco que se equivoca en las cuentas. Al final de la cadena a ambos les espera una sociedad implacable con los perdedores.
GUSTAVO COLORADO IZQPor: Gustavo Colorado Grisales

El hiperbólico lenguaje del periodismo deportivo es pródigo en expresiones bastante útiles para comprender el talante impredecible del mundo. Por obvias razones, el tópico más socorrido de los analistas es el de las fronteras –siempre difusas– entre el éxito y el fracaso.

Lúcido como siempre, don Raúl Faín Binda abordó el asunto en su blog de BBC Mundo el lunes 9 de mayo. Invocando una célebre cita de Rudyard Kipling (Al éxito y el fracaso, esos dos impostores, trátalos siempre con la misma indiferencia), don Lalo enfoca la mirada hacia el sentido que en el mundo del fútbol moderno le damos al concepto de triunfo o derrota.

Por supuesto, hablamos de un negocio que, como el del fútbol de alta competencia, está envuelto en un tejido de intereses económicos y políticos en el que los niveles de exigencia trascienden los parámetros habituales. En esa medida, un futbolista del torneo inglés cuya transferencia costó cien millones de euros está obligado a un rendimiento por completo distinto al de un modesto jugador de la liga húngara, por poner un ejemplo. Al primero se le exigen títulos en correspondencia con la inversión. El segundo puede darse por bien servido si su club salva la categoría. En esa misma lógica, un entrenador como Pep Guardiola es considerado por muchos como un fracasado por no haber salido campeón de Europa con el Bayern Munich. Quizá esté pagando por el hecho de haber ganado todos los títulos disputados el año de su estreno con el Barcelona: en la mirada de empresarios y periodistas todo lo que no supere ese registro es pérdida. El trabajo de una temporada, o de toda una vida, puede irse por la borda en un sistema de valores en el que está prohibido perder.

Trasladadas a otros ámbitos de la vida, esas visiones simplificadas del mundo pueden tener graves consecuencias. En el cada vez más despiadado universo de la competencia laboral, profesional y comercial se pasa del éxito al fracaso en cuestión de segundos. El brillante ejecutivo de una corporación global que incumple las metas de ventas tiene tantas probabilidades de engrosar la lista de desempleados como el cajero de banco que se equivoca en las cuentas. Al final de la cadena a ambos les espera una sociedad implacable con los perdedores.

Vivimos unos tiempos que sobredimensionan el éxito, olvidando de paso que los aprendizajes para llegar a la cima están hechos de desastres. Es el síndrome de la tapa de revista: en la imagen del ganador que levanta su trofeo es imposible sospechar el largo y tortuoso camino de sangre, sudor y lágrimas recorrido por el héroe. Pero la gloria siempre es efímera.

En los estratos medios y altos se confina a los niños en burbujas para que como el Buda en su infancia no vean el dolor del mundo. “Quiero que mi hijo no sufra lo que yo sufrí”. “Quiero darle a los míos lo que yo no tuve”, son frases de uso cotidiano entre padres abnegados. El problema de esas prácticas reside en que el ineludible despertar al lado oscuro de la vida es siempre doloroso: descubrir que el fracaso existe deja a más de uno sumido en la postración.

Por ese camino se priva a las personas del conocimiento que solo puede ofrecer la derrota. Morder el polvo de vez en cuando siempre resulta saludable para el cuerpo y el alma: obliga a mirarse a sí mismo sin el lente de aumento de la alabanza ajena. Pero, sobre todo, nos recuerda que caminamos siempre sobre una cornisa en cuyo tránsito podemos desplomarnos si atendemos demasiado al destello de los reflectores.

“Soy un pobre diablo/ y de mí nunca sabrán/ malgasté todas mis fuerzas/ en montones de promesas/ que eran falsas”, cantan Paul Simon y   Art Garfunkel en unos versos desolados y sabios. Siempre resulta provechoso abrevar en fuentes como esa, sobre todo en unos tiempos que nos escamotean la dosis de aprendizaje implícita en toda derrota por goleada.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada