Mujeres y hombres debilitados por diferentes causas: enfermedades, accidentes, golpes, puñaladas, enfermedades crónicas… se enfrentan al triage, al vigilante, a la enfermera, a la secretaria que dice que tiene que esperar mientras se confirma que sí haya pagado la salud el último mes.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

La idea de ir a una cita médica es, en la mayoría de casos, la última opción de una larga lista de paliativos que pasan por la automedicación, diagnósticos ligeros, consultar en la web y, al final, cuando no hay mayor remedio, ir a una clínica. A su vez, el hecho de pedir una consulta con un médico general, tras largas horas de espera, es una tortura. Pareciera que buscar el bienestar físico implica poner en riesgo la salud mental del enfermo.

Como si no fuera suficiente con que la medicina sea un negocio que factura miles de millones de pesos, se ha convertido, infortunadamente, en un espacio donde las buenas relaciones entre el médico y el paciente han desaparecido. La frivolidad con la que muchos galenos realizan los chequeos es alarmante, debido a la premura por atender una larga lista de espera que reclama ser atendida en beneficio, claro está, del bienestar monetario de las EPS. Los consultorios son una parte de la cadena productiva del negocio de la salud.

Al ver este panorama y revisar los orígenes de la medicina en la antigua Grecia, se genera un malestar. Para los griegos, los médicos eran hombres de gran estima, servidores públicos, que cumplían una importante labor en la sociedad. No es extraño encontrar en la Ilíada elogios para Macaón y Podalirio, hijos de Asclepio (dios de la medicina), hombres que prestaban sus servicios en la guerra contra los troyanos. O qué decir de Hipócrates y sus tratados, que, con una racionalidad sorprendente para la época, servían para diagnosticar los problemas de salud que aquejaban a los griegos.

Un aspecto llamativo dentro de los postulados hipocráticos es el vínculo entre el paciente y el médico. La buena disposición anímica del paciente posibilita una pronta recuperación y el galeno influye en dicho estado de ánimo.

Ahora bien, al ver las salas de espera de urgencias en las clínicas u hospitales se hace palmario un panorama desolador. Mujeres y hombres debilitados por diferentes causas: enfermedades, accidentes, golpes, puñaladas, enfermedades crónicas… se enfrentan al triage, al vigilante, a la enfermera, a la secretaria que dice que tiene que esperar mientras se confirma que sí haya pagado la salud el último mes.

En esta clínica no lo podemos atender porque su EPS canceló el contrato, dice la enfermera, mientras un hombre de avanzada edad hace un esfuerzo por mantenerse en pie. Su acompañante, iracunda, explota: ¡entonces lo van a dejar morir!, ¡para qué putas se paga una EPS si no sirve para nada! Los demás pacientes observan en silencio y ven marcharse al hombre y a la mujer. La escena se repite innumerables veces y es el síntoma de una sociedad enferma que, pareciera, agoniza.

La paradoja radica en buscar los centros médicos para acabar con la enfermedad y terminar encontrándose con trabas burocráticas, malos diagnósticos, la premura y, en el peor de los casos, la muerte. De esta manera, la enfermedad resulta ser un mal menor, cuando muchos pacientes deben toparse con la frialdad de funcionarios entrenados en negar órdenes, demorar citas de control y legar su responsabilidad a un sistema que nadie puede increpar.

Al ver como las EPS alargan los procedimientos y convierten a los trabajadores de la salud en máquinas que diagnostican, pienso en aquel diálogo de Platón,  el Fedón. En este hermoso texto filosófico y literario, Platón describe los últimos momentos de la vida Sócrates que ha sido condenado a morir por ser un peligro para la polis.

Una de las grandes reflexiones que expresa Sócrates, antes de beber la cicuta y perecer, es que filosofar es aprender a morir. La paradoja reside en que el veneno que ha sido utilizado para apagar la vida del filósofo también puede servir como recurso curativo para ciertas enfermedades. La diferencia entre la vida y la muerte está en la dosis.

Parodiando al filósofo ateniense, se puede decir entonces que al utilizar las EPS se aprende a morir.