El “simple” hecho de pensar diferente en este país desde hace mucho dejó de ser un hecho simple…

 

Por / Diana Marcela Brochero Sepúlveda

“El verdadero odio es el desinterés,

y el asesinato perfecto es el olvido”

Georges Bernanos

En esta publicación la reflexión será corta en forma, aunque espero cale profundamente con su contenido. Los crímenes ocurridos a lo largo y ancho del territorio nacional en los últimos años y que han dejado muertos de todas las edades, de todos los estratos y de todas las esferas sociales que componen el Estado colombiano merecen hoy una mención importante.

Luego de ser señalada por “fomentar odio” por compartir en redes sociales personales una imagen en la que se mostraba cómo algunos miembros del Ejército nacional estarían presuntamente involucrados en el asesinato de un líder social en el Catatumbo considero necesario y sobre todo urgente llamar a la sociedad civil colombiana a hacer una reflexión sobre lo que verdaderamente representan las muertes en este país, sobre lo que la violencia nos ha dejado, sobre los vicios políticos que hemos heredado, y sobre la conveniencia inquietante y elitista que hemos dado al dolor.

En Colombia se encuentran consagrados en la Constitución Política desde 1991 derechos de diferente orden que buscan proteger al ciudadano colombiano de cualquier tipo de violación, maltrato e injusticia; entre ellos, el derecho a la libre expresión, la libre circulación por el territorio nacional, la libertad de culto, el derecho a la huelga y la libre asociación política.

Sin embargo, el “simple” hecho de pensar diferente en este país desde hace mucho dejó de ser un hecho simple y ha pasado a convertirse casi en una condena mediante la cual los individuos que van en contravía de las elites políticas de turno se vuelven blancos de aniquilamiento por el aterrador sistema gobernante y por una sociedad civil que invirtió el orden que debe tener una democracia participativa, desconoce el valor de la unidad como pueblo y está inmersa en una lógica egoísta que condena muchas veces a sus pares y enaltece ciegamente a sus verdugos.

En un artículo publicado por el colectivo La Liga Contra el Silencio se expone: El mismo día en que el cantante y youtuber Fabio Andrés Legarda murió por una bala perdida, otras cuatro personas fueron asesinadas a tiros en las calles de Medellín.

Sin embargo, aunque las cinco personas fueron asesinadas con los tiros de la pistola nueve milímetros, legal, con salvoconducto, que portaba Jesús Alberto Alarcón, un escolta que esperaba el cambio de un semáforo y reaccionó a tiros cuando dos hombres en moto se acercaron a la ventana de su carro para robarle, la diferencia evidente radica en que solo Legarda, el único famoso entre las víctimas, mereció las condolencias del alcalde de Medellín y un masivo duelo con la utilización de recursos públicos.

Nada muy distante a lo ocurrido el 18 de enero de 2019 cuando un carro hizo explosión en la Escuela de Cadetes General Santander y dejo aproximadamente 21 muertos y 68 heridos, jóvenes en formación para defender su patria, noticia que obtuvo la atención directa del Presidente de la República y los medios de comunicación no solo nacionales sino de cadena internacional.

Ahora bien, no es que estas muertes no deban generar eco o no deban tener un reconocimiento, claro que sí, son seres humanos que han dejado un vacío en su familia, sus amigos y sus medios. El sinsabor que se genera –y me llena de impotencia y profunda tristeza– es que cuando se habla de la muerte de representantes sindicales, líderes sociales o excombatientes de la izquierda armada parecen muertos de segunda categoría, pérdidas invisibles y, peor aún, cuando se trata de un sicario, un pandillero, una trabajadora sexual o un grupo de saqueadores tanto el gobierno como la sociedad civil encuentran una justificación para señalar que son muertes justas, que se lo buscaron.

En este país se volvió fácil señalar. Por doquier surgen críticos que con profundo desconocimiento del contexto, de las necesidades y de las realidades de los “malos” celebran sus muertes como si no respondieran en gran parte al abandono del Estado, a la falta de oportunidades y a la condena clasista de este país que pareciera prolongar por generaciones la brecha de desigualdad.

Para concluir, quisiera invitar a dar respuesta a las preguntas: ¿Existe un prototipo del buen muerto? ¿Duele mas la pérdida de una madre de un cadete asesinado con un carro bomba que la de una madre de Soacha con su hijo ‘falso positivo’? Los hechos y más aún las reflexiones hablarán por sí solas y nos mostrarán si en este país morir es también un asunto de clase.

Facebook: Diana Marcela Brochero