Como nuestra memoria es mala y nuestra vergüenza es poca, los muertos nunca son suficientes. Se nos van los días tabulando asesinatos, intentando justificar lo injustificable.

 

Por: Juan Alejandro Echeverri

Ilustración: Víctor Solís

La historia de Colombia –la que nos enseñaron a repetir– está escrita con sangre. Con sangre de inocentes que nunca se supo, ni se sabrá, por qué y para qué murieron; de milicianos que fueron, son y serán, las fichas del ajedrez de políticos y millonarios.

También con sangre de minorías obligadas a ser lo que nunca quisieron ni creyeron ser; de irreverentes y osados que pagaron con su vida el precio de llamar las cosas por su nombre. Y, sobre todo, con sangre de muertos que aún no sabemos cómo llamarlos ni cómo justificarlos.

No es casualidad que los hitos más recordados de nuestra doliente historia estén relacionados con un derramamiento de sangre, un asesinato, o el exterminio de un pensamiento.

La tercera franja de nuestra bandera, ese simbólico homenaje a todos lo que han contribuido con su sangre –la mayoría en contra de su voluntad– a forjar este país, está ahí para recordarnos que la muerte es la condición innata de uno de los países más felices del mundo.

Veneramos y premiamos a los que matan, por eso en los parques se erigen bustos y en los barrios marginales se pintan rostros de insignes personajes que obligaron a otros a morir por una causa ajena.

Como nuestra memoria es mala y nuestra vergüenza es poca, los muertos nunca son suficientes. Se nos van los días tabulando asesinatos, intentando justificar lo injustificable. Los miles del ayer se olvidan con los miles de hoy.

Edward Burke decía que “la sociedad es una asociación no solo entre quienes viven, sino entre quienes viven, quienes están muertos y quienes todavía no han nacido”. A juzgar por nuestras memorias, los vivos son cada vez más propensos a la muerte, y los que murieron les recuerdan a los que no han nacido que lo mejor sería que nunca nacieran.

Pasan los años –pasan los muertos- y la psiquis de nuestra Colombia desarrolla una tolerancia a vivir en la guerra, a vivir entre muertos. Cuando los vivos sienten más estupor por la vida que por la muerte, el asesino se ve obligado a agudizar su creatividad mortal.

Aparecen entonces los que violan y matan madres delante de sus hijas, los collares bomba, las minas antipersona, los que tiran personas desde una avioneta, los descuartizamientos, los soldados que juegan fútbol con la cabeza de sus víctimas, las fosas comunes… Y nada nos asombra… Y nada nos conmueve.

Y para el victimario nunca es suficiente porque, sospecho, con cada muerto muere también una parte de él. Carlos Fuentes, en La muerte de Artemio Cruz, intenta explicarnos la quintaesencia de la anestesia social: el asesino –y los espectadores del asesinato– solo conocerán el magro sabor de la muerte cuando los asesinados puedan hablar:

Tú solo has matado como yo, sin fijarte en nada. Por eso nadie sabe lo que se siente y nadie puede contarlo. Si se pudiera regresar, si se pudiera contar qué es eso de escuchar una descarga y sentirla sobre el pecho, en la cara. Si se pudiera contar la verdad de eso, puede que ya no nos atreveríamos a matar, nunca más; o puede que a nadie le importaría morir… Puede ser terrible… pero puede ser tan natural como nacer.

Aunque los muertos pudieran hablar no los escucharíamos –no creeríamos lo que dicen. Su rol es otro. Un rol, dice Martín Caparrós en Crecer a golpes, que ellos no escogieron:

La historia no los registró por lo que hicieron sino por lo que les hicieron: secuestrados asesinados escamoteados, desaparecidos. No fueron, para la historia, los sujetos de sus propias decisiones, sino objeto de las decisiones –violentas, criminales- de otros: sus verdugos. Aquellos muchachos y muchachas perdieron, con sus vidas, sus historias.

Ya que nuestro deporte nacional es hablar de los vivos cuando están muertos, prestémosles a nuestros muertos la atención que se le presta a un vivo.

Tal vez nos avergoncemos, llamemos las cosas por su nombre, pensemos en lo que pudieron ser si no fueran lo que son, experimentemos la inoperancia del arrepentimiento, o intentemos escribir el desenlace de la historia sin manchas de sangre. ¿Qué más podemos perder?

Arriesguémonos a comprobar que nuestros muertos dicen tanto de nosotros como nuestras telenovelas. Depositemos nuestra fe en la historia, tal vez sea el único juez imparcial.