El primero, irreverente con su tiempo, por medio de la pintura ejerció una crítica a los postulados de la sociedad y retomó las experiencias primitivas –el sexo, el vino, la tristeza, la guerra– para fragmentar el mundo y así poder fungir como un espejo roto que podía –puede– representar al mundo moderno.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

En medio del barullo de las elecciones presidenciales, el fanatismo y los insultos, se hace necesario ir a algún museo para hallar un espacio donde el silencio y la reflexión puedan tener cabida. Los  museos tienen una labor importante: fomentar el arte y  promover que las personas puedan acceder a las creaciones de diferentes artistas. Sin embargo, hay momentos en que estas creaciones no impactan al espectador ni invitan a  la reflexión, por el contrario, solo generan  confusión.

El arte moderno, tal como lo expresa el ensayista Carlos Granés en el texto Octavio Paz y el arte, tuvo un momento de quiebre en el siglo XX  que puede ser ejemplificado en dos figuras, Picasso y Duchamp. El primero, irreverente con su tiempo, por medio de la pintura ejerció una crítica a los postulados de la sociedad y retomó las experiencias primitivas el sexo, el vino, la tristeza, la guerra– para fragmentar el mundo y así poder fungir como un espejo roto que podía –puede– representar al mundo moderno.

El segundo, Duchamp, un artista rebelde, su arte no apunta a realizar una crítica de los valores de la sociedad. Por el contrario, sus obras operan como un chiste, una risotada sobre los ideales capitalista. No hay reflexión, solo una exaltación de los objeto cotidianos que inundan la vida de las personas; el imperio de lo anodino. El arte pasó de ser un contenedor donde se podían hallar las representaciones de los problemas que aquejan al ser humano a convertirse en un problema en sí mismo.

Al caminar por las diferentes salas y ver las “obras de arte” y no lograr comprender su objetivo, busco el texto del curador para tener una vaga comprensión de la obra. Puede pensarse que una parte del arte moderno se halla en el discurso que lo precede, ya no se basta a sí mismo para ser; la obra debe ser antecedida por la palabra (en ocasiones ampulosa) para poder crear un puente endeble con el espectador. Arte y retórica pueden ser un curso que se dicte en las escuelas de arte de las universidades.

La paradoja reside en que ni la palabra logra rescatar a algunas de las obras. Resulta desconcertante que los herederos de Duchamp no logren ni con discursos darle un significado comprensible al público. Las obras que son muestras de una subjetividad rota, a su vez son representaciones de un monólogo que pocos elegidos logran entender. Como consecuencia, el arte pierde su carácter universal y pasa ser objeto de alabanza de pequeños grupos que “entienden” a esta nueva ola de artistas.

En el renacimiento, por ejemplo, los artistas eran formados en talleres y debían aprender una técnica, dominarla, estar sujetos a unas leyes para, al final, si era el caso, saliera a luz la genialidad. Hoy por hoy, en un mundo sin referentes, pareciera que los artistas se forman a sí mismos en un paisaje brumoso que no permite definir con exactitud qué puede ser considerado como arte.

La peor parte es que la crítica es complaciente con la retórica artística. Bajo el escudo de que todo es arte y que toda posición es válida y representa una verdad, se niega el espacio a debatir, se niega al otro.

Al final, las obras de esta galería no parecen estar abiertas al mundo, son obras cerradas sobre sí mismas que impiden la llegada de un observador. Al abandonar el museo una desazón me inunda y solo puedo pensar que la soledad es una marca indeleble del arte moderno.

ccgaleano@utp.edu.co