Llegados a este punto, nada como una guerra para impulsar el patrioterismo hacia confines que pueden alcanzar la demencia que hoy captamos en el lenguaje utilizado en las redes sociales…

 

Por Gustavo Colorado Grisales

Eso es lo que han sostenido los economistas a lo largo de los años: nada como una guerra para revivir una economía maltrecha.

Y  lo respaldan con datos: la industria de las armas, los suministros de alimentos y vestuario a los ejércitos en contienda, el negocio de los medicamentos. Todo adquiere un dinamismo difícil de ver en tiempos de paz

Mejor aún: el vencedor puede hacer grandes negocios con la rehabilitación de los derrotados.

En ese sentido, El Plan Marshall sigue siendo el ejemplo más socorrido para los expertos. Después de la  Segunda Guerra Mundial sectores enteros de la economía vieron multiplicar sus ganancias gracias a la intervención en la Europa destrozada.

De hecho,  durante la guerra la General Motors le vendía motores a Hitler para sus tanques, mientras la ITT lo proveía de equipos de telecomunicaciones. Mientras eso sucedía, los aliados sembraban la muerte a su paso en nombre de la democracia y la libertad.

Nada de que extrañarse, en todo caso: business is  business.

Desde luego,  a los expertos sólo les interesan los números: los muertos, los heridos, los desplazados, los mutilados, las viudas, los huérfanos son apenas “Daños colaterales”, según  la fría burocracia de la muerte.

Supongo que los áulicos del gobierno Duque también piensan en esas cosas cuando claman por una guerra en dos frentes: contra el demonio del terrorismo, reencauchado esta vez gracias a la torpeza del Eln y contra la otrora “Hermana república de Venezuela” aquí nada más, al otro lado de la frontera.

En uno y otro caso el botín es grande: presupuestos para las fuerzas armadas, comisiones en compra de armas, dotaciones, grandes contratos.

En ambas circunstancias las justificaciones son tan abstractas como altruistas: la defensa de la democracia en territorio propio y ajeno, la seguridad, la vida, la libertad.

Y sobre todo un concepto que ayuda  bastante a confundir: “La defensa de los valores supremos de la patria”, según reza la retórica al uso entre los sectores más conservadores. Los mismos que exacerban por igual los regionalismos y los nacionalismos como una manera de propagar el miedo y las pasiones.

El miedo y las pasiones: los combustibles de toda cruzada contra enemigos reales o inventados.

Llegados a este punto, nada como una guerra para impulsar el patrioterismo hacia confines que pueden alcanzar la demencia que hoy captamos en  el lenguaje utilizado en las redes sociales y en las marchas organizadas para defender los tan promocionados “Altos intereses de la patria”.

O, lo que es lo mismo: los insaciables apetitos de quienes han controlado estos territorios desde los días de  las guerras  de independencia, con su desfile de caudillos terratenientes, los antepasados de quienes hoy se niegan a devolver las tierras  robadas a los  viejos colonos y campesinos.

Y nada como una guerra para devolverle la popularidad a un presidente en caída libre.

Eso lo saben muy bien los asesores de imagen, versión moderna de los viejos consejeros de príncipes y dictadores.

No por casualidad, al desplome de la popularidad de Iván Duque le siguió una rápida estrategia enfocada a capitalizar tanto los yerros del Eln como el desbarajuste de la situación en Venezuela.

Aparecer como un líder fuerte ante los enemigos de aquí y allá fue la fórmula para el rápido repunte en las encuestas.

Algo así como los beneficios colaterales de dos incendios atizados mitad en la realidad y mitad en los medios de comunicación: hay que ver, escuchar y leer a presentadores de noticias y editorialistas cerrando filas ante la patria amenazada por las fuerzas del mal.

¿Y la gente capaz de generar grandes transformaciones en la sociedad de la que forma parte?

Pues está sentada leyendo periódicos, opinando en las redes sociales, escuchando noticias y viendo noticieros de televisión.

Por eso no puede pensar ni ejercer el derecho inalienable de la duda.

Y  por eso mismo puede captar sólo una minúscula parte de lo que acontece detrás del vertiginoso y difuso  flujo de una información filtrada y manipulada por los centros de poder.

Con el mundo reducido a partículas es imposible percibir el rol del Eln y sus acciones demenciales como parte de una estrategia oficial para reactivar la guerra interna y con ella el discurso de la violencia como política de estado.

Mucho menos podemos aproximarnos al drama de Venezuela como una ficha en el ajedrez de los intereses geopolíticos de las grandes  potencias. Un ajedrez en el que tienen un peso enorme las riquezas representadas en el oro, el petróleo, el coltán.

Los mismos agentes que han desatado la codicia humana a través de los tiempos.

Por esas razones no debe sorprendernos el tono cada vez más pendenciero de los discursos: nada como una guerra para revivir una economía maltrecha, o para devolverle el aliento a un presidente en caída libre.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.