Hay que apostarle a una educación para la vida, una educación centrada en el ser humano y en la naturaleza, que nos dé la oportunidad de vivir y convivir, de transformar y reconocer. Urge un pacto social por lo imprescindible, por lo fundamental: la vida.

 

Por Hernán Mallama Roux

La crisis educativa colombiana es mucho más delicada que los simples resultados obtenidos en pruebas de Estado, pues trasciende a aspectos sociales, económicos y culturales también involucrados en el aprendizaje y que impactan de forma directa dicho proceso. Un ejemplo de ello son la política, la ética, la convivencia social, el bienestar, la salud, el empleo, incluso, la sana recreación.

Hemos pasado del “país del sagrado corazón” al país del “dioselopague”. A punta de informalidad volvimos a un pueblo pujante en uno miserable, capaz de transgredir cualquier norma para llevar pan a la mesa ꟷvender el voto, para no ir más lejosꟷ.  Las tasas reales de desempleo en Colombia sobrepasan más de la mitad de la población, gracias a un TLC desventajoso y conveniente a los grandes capitales, a un sistema tributario desigual basado en las fórmulas monárquicas de la lejana Francia del siglo XVI y una justicia que no existe sino para crear un pánico sistemático que sirva para apalancar una “seguridad democrática” ꟷcomo instrumento de controlꟷ que se empeña en asesinar civiles con el falso pretexto de una guerra que ya cesó.

¿Y qué decir de la salud? Además, tenemos que vivir enfermos, con un sistema que sólo receta acetaminofén: un paliativo versátil y económico que acompañará al paciente hasta su lecho de muerte. Mientras enormes fortunas pagadas por los usuarios sumadas al erario obtenido por la camaradería del Estado ꟷpreguntémosle a Palacinoꟷ son invertidas en paraísos fiscales, canchas de golf, salarios desorbitantes y uno que otro “gustico que no aplazan”.

Todo esto deriva en una sociedad incapaz de convivir, donde la intolerancia campea en medio de una ignorancia a prueba de todo argumento. Ignorancia que perjudica certeramente al núcleo de una sociedad: la familia. Nuestros niños y jóvenes crecen en un abandono tan profundo que es improbable alcanzar un estado bio-sicológico y bio-afectivo propicio para el aprendizaje. En todos los estratos sociales se evidencia esta situación. La soledad, una autoimagen deformada, una comunicación familiar ausente aunada a un proceso de enseñanza anacrónico conllevan a bajos niveles de aprendizaje, a relaciones interpersonales conflictivas y a baja tolerancia a la frustración. La consecuencia inmediata a esta situación es una necesidad permanente de escape, que, por lo general, conduce al consumo de sustancias psicoactivas o a la búsqueda alternativas que reafirmen de una u otra forma una existencia baladí.

Pero ahí no termina. Los medios de comunicación olvidaron sus propósitos esenciales: informar, entretener y educar. En una economía basada en el capital se convirtieron en los serviles instrumentos de entretenimiento y desinformación que mantienen al statu quo. Vivimos en una sociedad distópica, dice Anna Burns, la autora de Milkman. No somos una sociedad perfecta, agrega.

Esta imperfección se ahonda cuando los medios de comunicación no cuestionan, no denuncian, no señalan, cuando reescriben la historia según la conveniencia del poder, tal como sucede en 1984, la novela de Orwell. Los medios alienan, diría Omar Rincón, y qué mejor forma de utilizarlos para instaurar la falsa creencia de que se gobierna bien sino mediante una “cercanía afectivotelevisiva”. Gobiernos de televisión, para ser más concretos. Fue así como llegó el actual presidente, mediante entrevistas frívolas donde se mostraba bonachón, cercano a las clases sociales bajas, recitando de memoria lo que todos querían escuchar.

Bajo estas condiciones, donde la familia como conjunto, núcleo, entramado socioafectivo, está fragmentado, convencido de una realidad desdibujada por la trivialidad de la moda, el cine, la música, el deporte ꟷdigamos los que mueven masas, como el fútbolꟷ jamás alcanzaremos la posibilidad de dar a la educación el lugar que merece, ni a los jóvenes un entorno positivo que favorezca procesos de aprendizaje significativos.

Mientras la clase política continúe nutriendo círculos de corrupción y nepotismo, y la violencia continúe imponiendo la verdad de los vencedores, nuestro futuro, que son los niños y los jóvenes, acrecentarán los cordones de marginalidad y pobreza multidimensional. No hay futuro. Así, crudamente.

Hay que apostarle a una educación para la vida, una educación centrada en el ser humano y en la naturaleza, que nos dé la oportunidad de vivir y convivir, de transformar y reconocer. Urge un pacto social por lo imprescindible, por lo fundamental: la vida. Sólo así nuestros niños y jóvenes tendrán ambientes saludables y propicios para crecer y aprender, donde la escuela sea un segundo hogar que acoge y orienta, que promueve el conocimiento y potencia el talento.

No nos digamos mentiras, si este pueblo sufrido, engañado y ahora esclavizado ꟷobviamente, esclavitud modernaꟷ no reacciona, si no fija su rumbo hacia una sociedad del conocimiento, si no fortalece sus valores culturales e instaura una tolerancia cero con el corrupto, gamonal, politiquero, o como quieran llamarlo, si la familia no recupera su rol dentro de la sociedad como primera formadora de niños, niñas y jóvenes resilientes, tolerantes, cívicos, solidarios, empáticos y, ante todo, conscientes de sus entornos, este país no va a salir de este profundo y desastroso estado de atraso en el que vivimos.

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